Lo que nos siguió a casa 6. Ángel de la guarda #2
27%

6. Ángel de la guarda #2

Hubo peleas las primeras semanas, eso sí, pero sobre todo porque Inés quería escuchar Metallica, y a Marisa le gustaba Ricky Martin.

Papá, riéndose, dijo que iba a comprar otro equipo de música: Haya paz, señoritas .

Tres días después, Papá la fue a buscar a la facultad, y le dijo que tenía una sorpresa.

En el asiento de atrás había una caja de cartón y, adentro, el equipo prometido.

Pero la sorpresa fue otra: tenía los ojos de muñeco.

Marisa se contuvo: no tenía que llorar, ni pegar; no tenían que darse cuenta.

A ella le tocaba actuar. Por algo el diablo no la buscaba.

Era pura. Nunca había tenido un novio. Nadie la había tocado.

Tenía que salvar a su familia, aunque no había podido salvar a su mamá.

Se lo debía a ella, pobrecita, que se había muerto con un clavo en el corazón.

Inés se mudó a la habitación de su papá porque, decía, en la suya se escuchaban ruidos.

Marisa también los escuchaba. Corridas en la escalera, los martillazos otra vez.

Y los gemidos de Papá por la noche: «Pendeja, sos tan divina», y después Inés: «Papito comeme toda, comeme la conchita, así».

Aunque Marisa se tapara los oídos, los seguía escuchando.

Hasta distinguía el chapotear de los besos y las lenguas, los rugidos de Papá un rato después de que decía, en voz baja, «Chupámela, hijita, chupámela».

¿Qué podía hacer? Sugerir, a lo mejor. Durante el desayuno, por ejemplo.

«Papá, ¿vos escuchás los ruidos que dice Inés?».

«Sí, andá a saber. Hay muchos departamentos acá. Viste cómo es la gente…».

«Pero ¿escuchás los pasos en la escalera?».

«Ah, bueno, ese es el Rocky. Pobre perro, descubrió la escalera y juega de noche».

No era el Rocky. Hasta Inés lo sabía. Su hermana ya no tenía el diablo adentro todo el tiempo. Marisa lo notaba. Papá le pasaba el muñeco cuando se le metía en la pieza. De día estaba normal.

«Maru, vamos a preguntarle al dueño a ver qué onda».

Fueron las dos. Papá se hacía el divertido, pero estaba un poco incómodo. Ya te voy a ayudar, papito querido , pensó Marisa.

Le preguntaron al dueño, que vivía en el departamento de adelante, si se había muerto alguien en la casa.

Él les dijo que, por lo menos desde que él la había comprado, no.

Inés se quedó tranquila hasta que, una semana después, se empezó a pudrir la comida.

Hasta la que estaba guardada en el freezer .

No podían cocinar. Tenían que comprar comida hecha en el supermercado, y comer rápido, porque hasta en el plato empezaba a apestar.

Papá insistía con que era la heladera de mierda, pero sin convicción, tímidamente, por decir algo.

Cuando no tenía al muñeco en los ojos, parecía asustado.

Marisa lo convenció de rezar. «Dale, Papi, recemos.

Pasan cosas raras a veces, y también podemos rezar por Mamá».

Los tres arrodillados en la habitación, con el rosario de Marisa, todas las noches.

Pero los ruidos seguían. Y a veces, incluso después de rezar, Papá se volvía a meter en la cama de Inés.

Ayudarlos, ayudarlos. A la mañana, Papá miraba a Marisa con los ojos verdaderos, que parecían rogarle.

Lo había visto llorar en un rincón del living, diciendo en voz baja «¿Qué nos pasa, Dios mío?

». Para ayudarlos, Marisa se tomó un colectivo hasta el centro.

Buscaba la dirección de un Centro de Angelología.

El folleto, que había encontrado pegado en una pared de la facultad, decía que ahí ayudaban a expulsar demonios, a encontrar el Ángel de la Guarda, a cortar daños y encontrarse con La Luz Divina.

Se inscribió sin pensarlo cuando vio el lugar, lleno de velas blancas, silencioso, lleno de paz.

También anotó a Inés, pero no le dijo nada.

Más adelante lo iba a hacer, si el curso servía.

En la primera clase, el profesor dijo que cada persona era un ser de luz, y que todos eran capaces de expulsar la oscuridad.

Marisa tomó apuntes. Era posible ayudar a quienes transitaban las tinieblas, sea por un daño o maleficio, porque el diablo acechaba en todas partes, pero no era invisible.

Escuchó historias maravillosas de gente que había sufrido tanto tanto, y ahora era libre, por la gracia de Dios.

Pero era fundamental invocar y encontrar al ángel.

Todos tenemos uno que nos acompaña en silencio, pero se puede aprender a hablarle.

El profesor dijo que incluso podía ver a unos cuantos, flotando sobre los hombros de los alumnos.

Marisa le preguntó si veía al de ella. El profesor le dijo que todavía no, pero que con unas indicaciones que él iba a darle, pronto lo conocería.

También quiso saber cómo se hacía para llegar a la luz.

El profesor le entregó personalmente, en mano, un librito, apenas fotocopias dobladas, pero que contenía el método de purificación.

«Con fe y la ayuda del Ángel, siempre funciona», y le apretó el hombro con verdadero afecto.

Marisa volvió a casa con su libro y sus instrucciones apretadas contra el pecho; no se atrevía a leerlas en el colectivo.

Subió corriendo las escaleras y se puso a leer sentada sobre la cama.

¡Había tantos ángeles para contactar! Eso no se lo esperaba.

Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Chamuel, Jofiel, Zadkiel.

Tenía que elegir uno. Pero primero tomó nota del rito de purificación.

Lo copió entero en su anotador, para recordarlo, como hacía con los textos de la facultad.

Así los memorizaba mejor. Le llamó la atención que, al final, la explicación del rito dijera: «A veces da miedo».

Ella tenía mucho miedo. Pero tenía que ayudarlos, ayudarlos.

Antes de dormir, invocó a Zadkiel.

Que el espíritu maligno sea definitivamente aniquilado

y que el amor reine entre nosotros

así como Tu amor se nos manifiesta pleno e inagotable .

Amén .

Se lo encontró a la mañana, a los pies de la cama. No tenía el aspecto que esperaba. Ni manto ni alas ni juventud. Parecía de unos cuarenta años, con el cabello oscuro y engominado, traje azul oscuro y camisa blanca.

«¿Zadkiel?», dijo Marisa, y se dejó caer de la cama al piso. Ahí, arrodillada, rezó.

«Pero, querida, hace años que esperaba tu llamado. De pie, por favor. O sentate en la cama, da igual».

«¿Zadkiel?».

«No, él está ocupado. Yo soy Nicolás».

«Que tu amor…».

«Gracias, querida, pero no hace falta tanta ceremonia».

El ángel resopló. Tenía ojos verdes y la frente amplia. Miró alrededor mientras esperaba que Marisa dejara de llorar y se sentara en la cama.

«Ay, Lucifer, Estrella de la Mañana, estás obsesionado con este barrio, ¿no es verdad?

¡Sos tan obvio! Es claro que tu pecado fue la soberbia.

“Existe una región fronteriza donde la urbe y el desierto se juntan en un abrazo combativo, tal dos gigantes empeñados en singular batalla. Saavedra es el nombre que los cartógrafos asignan a esa región misteriosa, tal vez para eludir su nombre verdadero, que no debe ser proferido”.

La geografía ha cambiado un poco, la verdad. No es que te importe, lo sé».

Marisa lo miraba embelesada, aterrada.

«Perdón por la digresión, querida mía. Pero a quién se le ocurre vivir en Saavedra, me pregunto. En fin, al trabajo. ¿Cuántos años tenés?».

«Veintiuno».

«La vida por delante. Bien. Lucifer, Estrella de la Mañana, se ha encarnizado con tu familia, ¿verdad?».

«Necesitamos tu ayuda, amado Zadkiel…».

«Nicolás. Claro que la necesitan, y a mí no me queda otra ».

El ángel se paró. Era muy alto, y delgado. No irradiaba luz.

«Va a ser duro , Marisa. Muy difícil. Lamentablemente, han quedado en medio de la batalla de los ángeles y los demonios que se disputan el alma…

Bien, al trabajo . Soy Nicolás, el Purificador.

Y debemos actuar juntos hasta el final. Atención: tu padre y tu hermana están poblando la ciudad de íncubos y súcubos con su lujuria.

Desde hace mucho tiempo . Ni siquiera lo saben. Yo voy a guiarte, en cada paso».

Marisa lloraba a gritos, de miedo y agradecimiento. Tanto lloraba que pronto comenzaron los golpes en la puerta.

«Hija, estás bien, qué pasa hija», decía Papá.

Marisa miró al ángel, que se encogió de hombros.

«Que pase», le dijo. «No puede verme. Soy tu ángel de la guarda. Invisible para los demás».

Marisa abrió y, temblando, comprobó que el ángel decía la verdad. Allí estaba todavía, sentado en la cama; su padre se sentó a su lado, y no notó su presencia en absoluto.

«¿Qué pasa, hija?».

Tenía los ojos del muñeco. Marisa miró al ángel, que asintió.

«Papito, tenemos que rezar».

«Hija, basta con eso. ¡Basta!», y se levantó enojado, con los párpados rígidos.

Marisa lo siguió. «Dejame en paz, hija, voy al baño», y Marisa lo siguió.

Cuando entró, vio reflejado en el espejo al muñeco verdadero, al que antes solo había visto en la cara del padre, sonriendo.

«Ahí está, ahí está el diablo», gritó, y Papá, enojado, le dio un puñetazo al espejo, que se rompió.

Entonces apareció Inés, semidesnuda, y Marisa empezó a gritar y llamar a Nicolás.

Papá hablaba de psicólogos y tranquilizantes; Inés murmuró «loca de mierda», y se fue.

El ángel flotó sobre Marisa, que gritaba acostada en el piso del baño.

«A la cama», le dijo, y por primera vez su voz sonó poderosa, llenó el mundo, hizo temblar el espejo roto en el piso y aullar a Rocky, que subía y bajaba la escalera. «A la cama. Mañana será el día».