6. Ángel de la guarda
Ángel de la guarda
Mariana Enriquez
(Versión original)
La estaban matando entre los dos.
Marisa se quedaba despierta toda la noche, esperando, hasta que los escuchaba.
Inés abría la puerta de su cuarto y lo dejaba pasar, cuando pensaban que Mamá ya estaba dormida.
Pero Mamá dormía menos que Marisa, porque no podía descansar: tenía los pulmones cargados de fluidos, el corazón pesado, la pierna que le quedaba deformada por la hinchazón, la que le habían amputado todavía presente con su dolor fantasma.
Obesa, Mamá se sentaba en la cama y los escuchaba coger toda la noche, aunque ellos se esforzaban por ser silenciosos.
Cuando Marisa le llevaba el desayuno a la cama todas las mañanas y la veía llorar, sabía que su mamá había escuchado todo, cada gemido y cada gruñido, las corridas en puntas de pie, las risas ahogadas.
Y que se callaba porque estaba demasiado horrorizada y enferma y asqueada.
A lo mejor también sabía, como Marisa, que no tenían la culpa.
Era ese diablo del techo, pensaba Marisa.
Había brotado de una mancha del revoque.
Papá siempre estaba por terminar de arreglar las grietas del cielorraso, y subido a una escalera las iba tapando con mezcla.
Uno de los arreglos quedaba justo sobre la cama de Marisa, y ella había visto clarísimo cómo se transformaba.
Primero parecía un pájaro con las alas extendidas, pero después fue cambiando hasta que las alas se transformaron en cuernos y las patitas se unieron en una nariz, y el cuerpo formó la cara del diablo.
Hacía mucho de eso; y cuanto más se parecía la mancha al diablo, más gorda se ponía su mamá.
Tanto que hubo que dejarla sola en la cama: Papá ya no podía dormir con ella, porque ocupaba todo el colchón; además la molestaba.
Se mudó a la habitación al lado de la de Inés, la de los cachivaches.
Y cuando a la mancha le salieron cuernos, Papá empezó a ir todas las noches a la pieza de Inés.
Pero no son malos, se decía Marisa y rezaba debajo de las sábanas porque el diablo la miraba desde el revoque. Mi hermana no es mala; mi papá no es malo. Es el diablo.
Empezó a trabar la puerta, por si a Papá se le ocurría visitarla a ella también.
Sabía que, si la tocaba, le iba a pasar el diablo.
Ella ya se daba cuenta cuando su papá no era su papá.
Los ojos se volvían de muñeco, como si fueran de plástico, con los párpados rígidos que se cerraban con un «clic» cuando movía la cabeza; hasta las pestañas parecían artificiales.
Ella no le hablaba cuando tenía al muñeco adentro.
Pero lo abrazaba y lo besaba cuando era normal, para ver si con todo su amor lograba que el diablo se fuera.
Con Inés no se atrevía. Ella estaba demasiado atacada.
Se peinaba el pelo con Coca-Cola y se iba al centro todos los fines de semana en el autobús 45.
Los vecinos decían que se quedaba toda la noche allá, levantando tipos.
Eran órdenes del diablo, Marisa estaba segura, y empezó a rezar sobre la cama de su hermana, arrodillada.
Pero ella se le burlaba, le gritaba «chupacirios», y tomaba cocaína sobre la mesa de luz.
Una noche empezaron los martillazos en la pieza de Mamá.
Siempre eran tres, y sonaban cuando Papá entraba a la habitación de Inés.
«Yo no sé por qué a los vecinos se les da por clavar cosas a esta hora», se quejaba Mamá, aunque no insistía, porque después de todo eran nada más que tres golpes.
Marisa quiso averiguar, pero cuando le preguntó amablemente al vecino, él le aseguró que a esa hora en su casa ya estaban todos durmiendo.
Marisa le creyó. Pero se calló la boca. Ay, si ella supiera cómo ayudarlos, pero solamente podía rezarle a Dios.
Y su mamá estaba peor desde los martillazos.
La pierna fantasma le dolía más que nunca.
Hubo que llamar a la ambulancia varias noches, porque el corazón le fallaba.
Cuando la internaban y no estaba en casa, los golpes paraban.
Desaparecieron del todo cuando murió en el hospital, después de dos semanas de martillazos.
Marisa supo que Mamá había muerto antes que los demás.
Papá estaba en la Capital, trabajando en la bulonería: no podía tomarse días libres ni siquiera para cuidar a su mujer, porque la plata no sobraba.
Inés atendía el kiosco del que se había ocupado Mamá antes de quedar postrada.
Marisa había vuelto a la casa para buscar ropa limpia.
Y cuando estaba armando el bolso, escuchó ruidos en el living; primero solo un batir de alas, después un rumor y después un estruendo que la obligó a taparse los oídos y gritar.
Tuvo tanto miedo que salió corriendo de la habitación.
Y en el living vio cientos de gorriones, una nube marrón y negra, los pájaros que se estrellaban contra los vidrios de las ventanas y las paredes y el televisor, algunos caían muertos sobre el sillón, y gritaban.
El diablo con alas; el diablo que había sido pájaro.
Marisa se arrodilló y cruzó las manos en cruz: Padre nuestro que estás en los cielos , y de pronto, como si nunca hubieran estado allí, los gorriones desaparecieron.
No huyeron, porque no había ninguna ventana abierta, era pleno invierno.
Desaparecieron como si jamás hubieran estado ahí.
Pero no estoy loca, para nada , pensó Marisa, y temblando buscó debajo de las sillas y de la biblioteca hasta que encontró un gorrión muerto, esta es la prueba, y lo escondió en el cajón de su mesa de luz.
Después deshizo el bolso: ya no le iba a hacer falta a su mamá.
Papá trató de contenerla, pero no pudo. Decía cosas como «Mamita, ya no sufre más», pero Marisa no lo escuchaba.
Le rasguñó la cara de muñeco, y después se tiró sobre Inés.
«Bruja, bruja, vos la mataste, los dos la mataron».
Papá le dio una pastilla y la mandó a dormir.
Cuando se despertó, Inés se había ido. Papá le prometió que ahora todo iba a ser distinto.
Y le anunció que se mudaban a la Capital, para empezar una nueva vida.
La casa tenía demasiados recuerdos, le dijo llorando.
Marisa se puso contenta y lo besó en la cara, en el cuello.
El muñeco se había ido: Papá estaba igual que antes, igual que cuando ella era chica y la iba a buscar a la escuela o hacía leche chocolatada para sus amigas. Gordito y hermoso papito.
Lo peor fue desarmar la pieza de Mamá, que apestaba a remedios y orín, el colchón hundido por el peso del cuerpo enorme, la pierna ortopédica que no había alcanzado a usar.
Los vecinos ayudaron en la mudanza: todos los querían mucho en el barrio, y nadie quería que se fueran, especialmente don Kiselevsky, el polaco que le alquilaba el kiosco a su mamá.
«Una mujer tan buena, la pucha», decía. Él ayudó a sacar el ropero de la pieza de la enferma.
Y detrás del mueble, en la pared, Marisa lo vio.
Una figura de mujer gorda, una silueta trazada con carbón, que tenía un clavo hundido a la altura del corazón.
Abrió la boca y gritó; don Kiselevsky fue a buscar a su padre, «Qué pasa, qué pasa, esta chica está muy mal, pobrecita, no puede hacerse a la idea de lo de la mamá», y Marisa señalaba la pared, pero el polaco no entendía, no veía nada.
Papá le sacó las manos de la cara, porque Marisa se arañaba, se clavaba las uñas en las mejillas.
Pero ya no era Papá: tenía los ojos de plástico del muñeco.
«Ahí, ahí, la mataron», gritaba Marisa, y los párpados rígidos de Papá se abrían y se cerraban y le decían: Hijita, es una mancha de humedad.
No hay nada. No hay nada , pero ese no era Papá.
La casa nueva quedaba en Saavedra, tan lejos de Lomas de Zamora.
Pero a Marisa le gustó. Tenía dos pisos, y aunque quedaba en el fondo de un pasillo, el sol daba en el patio y en las habitaciones de arriba.
Sobre todo le gustó porque no había diablos en el techo, ni siluetas pintadas en las paredes.
Además, Inés no iba a vivir con ellos. A lo mejor Inés se había llevado al muñeco, o a lo mejor todo eso se había quedado en la casa vieja.
Su papá parecía otra vez el de siempre. Ella lo vigilaba.
Lo iba a buscar todos los días al trabajo, y él le presentaba a sus compañeros, orgulloso porque Marisa se había anotado en Derecho.
Cuando rindió con ocho las primeras dos materias, Papá la llevó a comer a un restaurant muy caro de Barrio Norte.
Todas las noches Marisa le rezaba a Dios y le agradecía, aunque a veces también se enojaba: ¿Por qué Mamá había tenido que sufrir así?
¿Por qué el diablo la había elegido para castigarlos?
A lo mejor era una prueba. Se compró un rosario, y decidió que nunca iba a sacárselo del cuello, por si volvían los pájaros.
Nunca volvieron. La que volvió fue Inés.
Papá se lo avisó antes, mientras cenaban.
Le dijo que tenían que recomponer la familia.
Que Inés también había sufrido mucho, pero que era rebelde, y tenía que entenderla.
Que por fin Inés tenía un trabajo y además estudiaba, pero no le alcanzaba para el alquiler, y él no pensaba dejar a su hija en la calle.
Que ellas tenían que perdonarse y quererse, porque eran hermanas, y que así lo hubiera querido Mamá.
Marisa vomitó toda la noche, y rezó. Cuando su hermana llegó al día siguiente con las valijas, igual la recibió con un abrazo.
A lo mejor Papá tenía razón. No le había hablado con ojos de muñeco.