5. El renacimiento inmaculado de Nicki Duran #4
La bruja señala un cuarto trasero. Dudo, sujetándome el vientre por los costados.
Me siento tan pesada que podría hundirme en el suelo.
¿Qué va a hacer esta mujer que los científicos y pseudocientíficos no hayan intentado ya?
Pero creo que anoche me comí a un hombre, o más bien lo hizo mi agujero negro, así que no tengo nada que perder.
La habitación trasera es un invernadero exuberante. Hay hileras de flores y plantas brillantes. Un pequeño ratón corre tras las bolsas de tierra. Las mariposas revolotean de capullo en capullo, libando néctar. Eso me recuerda a Vin anoche y un dolor sordo se extiende en mi interior.
—Aquí atrás —dice Santana alzando la mano al final de las hileras de flores.
Hay una tumbona, como las de la consulta del dentista o un spa.
No parece haber más opción que sentarse o marcharse, de modo que me siento.
Ella me pone unas pegatinas en el pecho, las muñecas y el vientre.
No puedo evitar la sensación de que al menos una de las teorías conspirativas era cierta: la de que los extraterrestres nos están cosechando como repuestos.
Nos usan como incubadoras. Y ahí estoy yo, metida de lleno en el asunto.
—¿Y eso para qué es? —logro preguntar.
—Para leer los corazones —aclara Santana, afanándose en sus quehaceres—. Hierve agua, prepara un té maloliente.
Me lo bebo. No está tan mal. Es como beber el agua sucia de un jarrón olvidado.
Me pregunto si Mila tendrá un corazón que se pueda medir.
No hay ninguna máquina de ultrasonido diseñada por la NASA que haya sido capaz de ver el interior de los vientres de las Inmaculadas.
En cierto modo, quiero que Mila tenga corazón, pero no quiero decirlo en voz alta por si resulta ser otro fracaso.
Sé que el té hace efecto cuando se me hincha la lengua y pierdo el control de los brazos.
Antes de intentar ponerme de pie, oigo el caótico ritmo de los latidos de mi corazón.
Está en todas partes. En la garganta, bajo las uñas, al borde de los puntos negros y en ese grano rebelde.
Y justo detrás, como uno de esos oseznos que tratan de alcanzar a su mamá osa, hay un segundo pulso.
El latido del corazón de Mila. Ella está ahí.
Mi pequeño agujero negro. Mi pequeño milagro. Mi grito perpetuo.
Cuando Santana, la bruja, me dijo que este ritual me ayudaría a ver, no sé si le creí. Ahora sí.
El llanto de un bebé resuena en el laberinto de la selva tropical.
Mis rizos húmedos se me pegan a las sienes y al cuello.
Mi propio latido parece lejano, como si estuviera bajo el agua.
Hay cuatro caminos, dos delante y dos detrás.
El cielo está gris. Y, por primera vez en meses, no estoy embarazada.
—¿Mila?
Pongo una mano sobre mi vientre, plano pero suave. ¿Es raro que la eche de menos? Ya sé que dije que era una persona solitaria, pero ahora la echo de menos.
Atraída por el llanto, elijo una dirección. El suelo cruje bajo mis botas. He tenido pesadillas en las que miro hacia abajo y voy vestida con la misma ropa que llevaba en el instituto, y ahí están, mis Timbs de imitación compradas en Payless pisoteando el mantillo.
Hay un bebé en una cuna hecha de raíces entrelazadas. Por un momento, cierro los ojos. Dios mío, ¿qué eres? ¿Qué es ella? ¿Qué es esa cosa escondida bajo esa suave mantita azul de nomeolvides?
Cuando nací, mi abuela fue al hospital para inspeccionar mis manos, para asegurarse de que fuera rubia como mi padre, no como mi madre. Ojalá mi tío nunca me hubiera contado esa historia, porque es lo primero en lo que pienso cuando me permito mirar a Mila por primera vez.
Los hijos de Leti son calcos de ella, y al parecer yo he hecho lo mismo. Ella es yo. Diez dedos en las manos y diez en los pies. La sostengo en mis brazos. Hace esos dulces ruiditos de bebé y yo le digo:
—Pensé que ibas a tener tentáculos o joroba.
No sé por qué estoy llorando. Ni quería ni pedí a esta niña, esta extraña criatura con mi cara de bebé.
Respiro profundamente y ella desaparece.
La selva tropical se convierte en un aeropuerto.
Es como mirar el mundo a través de un cristal empañado.
Entrecierro los ojos para ver a la niña que baja del avión.
Es Mila. Tiene unos nueve años. Lleva la misma ropa que yo cuando llegué a este país.
También es el mismo avión. Los mismos pantalones acampanados y los mismos zuecos con calcetines blancos bordados con pequeñas flores amarillas.
Sostiene la mano de alguien, una sombra.
La sombra la lleva a la pista, lejos de mí.
—¡Alto!
Corro tras ellas y es como hacerlo a través de una nube. Mantengo la mirada fija en la sombra, tragándome la luz que la rodea.
Consigo agarrar a Mila por la muñeca y atraerla hacia mí.
Tropezamos y caemos hacia atrás. Ojalá las nubes fueran sólidas, grandes almohadas de espuma viscoelástica que adoptaran formas caprichosas.
Pero en lugar de eso, las atravesamos hasta que chocamos con algo firme.
Debajo de nosotras hay una pila de chaquetas negras de North Face.
Me levanto primero y luego ayudo a Mila.
Estamos en mi antigua casa tras la reforma.
En el espejo, soy más joven. Unos diecisiete años.
Mila también. Cuando abre el mueble-bar, me doy cuenta de que no solo se parece a mí, sino que es exactamente igual que yo.
Sabe dónde el marido de Mamá guarda sus mejores licores y nos sirve dos vasos grandes.
—No puedo creer que pensaras que era un extraterrestre —dice, mirando hacia arriba y ofreciéndome una bebida.
—Yo no. Los conspiranoicos. Pero, Dios, ¿qué eres? En serio, en serio.
—Soy tuya, como Atenea era de Zeus. ¿Me querrías entonces? ¿Tendrías menos miedo?
—No tengo miedo. Siempre me he sentido absurdamente tranquila.
—Me comí a tu amante.
Frunzo el ceño.
—Vin era un tipo sencillo.
—La gente es todo menos sencilla.
Parpadeo y ahora Mila es mayor. Tiene más o menos la edad que yo tenía cuando pensaba que mi vida iba a ser algo, cualquier cosa, pero en algún momento me metí en un agujero negro.
Cada día es una versión diferente del anterior.
Hay un hombre sin rostro que me roza el muslo mientras le sirvo una bebida.
Hay un piloto que cree que, solo porque me acuesto con Vin, también me acostaré con él.
Me hice azafata porque pensaba que trabajaría en una ruta a Francia o al Caribe.
Cuando subí a mi primer vuelo, para visitar a mi padre en Ecuador y tenía diez años, las azafatas de KLM eran altas, guapas y sonrientes, y puede que sea estúpido basar una decisión vital en una suposición infantil, pero eso me llevó al aire y me alejó de todo lo permanente, aunque mi ruta acabara siendo de LaGuardia a Rochester tres veces al día.
Vivo mi vida en movimiento, sin raíces, porque mi madre huyó de su pasado y yo estoy preñada de un agujero negro y daré a luz a un agujero negro que lo consumirá todo.
Soy otra historia; un ejemplo más de la chica que no tomó las decisiones correctas, que estaba siempre insatisfecha, que nunca quiso sentar cabeza.
—Contigo siempre es el fin del mundo —dice Mila—. Pero me gusta cuando me lees.
Me agarra de la mano. Las líneas se difuminan en su rostro, en el mío.
Tengo la sensación de hundirme al atravesar el tiempo.
Tengo cinco años. El agua fresca del Pacífico baña mis pies.
Grito. La zona que me rodea está cubierta de medusas muertas arrastradas por la marea.
El sol brilla tanto que solo veo destellos de color contra el cielo blanquecino.
La sal y la arena me abrasan los dientes de leche.
—¿Lo sientes? —pregunta mi pequeño grito.
Sí, lo siento. Podemos sentir a las otras Inmaculadas preparándose para dar a luz a sus milagros.
—Quiero irme a casa —digo, pero sé que quiero algo más que eso. Quiero hacer un agujero en el útero del universo y volver a meterme dentro, donde soy materia estelar, una extensión de la criatura que llevaba dentro. Una salida. Tras todos estos años, he encontrado la manera de salir.
—Entonces vamos.
Mila me levanta y me acurruco a su lado, observando el mundo por encima de su hombro mientras caminamos hacia las olas, ingrávidas, hasta que por fin nos envuelve el océano.