Lo que nos siguió a casa 5. El renacimiento inmaculado de Nicki Duran #3
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5. El renacimiento inmaculado de Nicki Duran #3

—¿Y qué se supone que debería hacer? —pregunto mientras le arrebato el cigarrillo de marihuana de sus uñas con forma de ataúd y veo cómo su bonito rostro se retuerce de asco cuando lo enciendo.

Doy una calada—. ¿Matarme? ¿Ponerme a pegar tiros en un hospital como esa banda de «Gods Warriors» que cree que llevo dentro la semilla del diablo y que ni siquiera sabe poner el apóstrofo?

Trato de devolverle el cigarrillo de marihuana, pero Leti alza la mano.

—Quédatelo —responde sacando otro que no haya tocado mi saliva. Lo enciende—. Ah, te he traído algunas cosas.

Señala una de las muchas bolsas que ha llevado a mi apartamento. De entre las cremalleras sobresale la manga de un mono rosa.

—Son solo algunas cosas que guardé de cuando nacieron los niños.

Me pregunto qué aspecto tendrá un agujero negro vestido de tul y lacitos.

Siento que algo se agita dentro de mí y pienso que Mila está contenta.

A veces me pregunto si podrá ver a través de mis ojos o leer mis pensamientos.

He indagado mucho en foros sobre el embarazo y toda la experiencia parece sacada de un libro de texto.

Molestias. Sofocos. Hinchazón. Apetito. Cambios de humor.

Me como toda la caja de lo mein y cuando voy a por más Leti se ríe.

—Maldita sea, chica.

—No me avergüences. Como por dos.

—La verdad es que estás estupenda. Eso es lo más raro de todo. Por no hablar de lo increíblemente normal que actúas. ¿Has oído lo de que hay una monja embarazada de ochenta y cinco años en Alemania? Y una niña de once…

—Tenemos un chat grupal —contesto. En realidad, no tenemos ningún chat grupal.

—¿En serio?

—No, pero me han invitado a varios grupos de apoyo.

—¿Por qué no vas?

No sé cómo explicarle que lo último que necesito es estar rodeada de un montón de personas desconocidas solo porque están pasando por la misma anomalía científica.

¿Qué vamos a compartir? ¿El miedo a nuestros cuerpos alienígenas?

¿El pánico a lo que pasará cuando todas nos abramos o eclosionemos o reventemos o nos partamos en dos en menos de tres meses?

No necesito apoyo. Necesito comida y dinero para el alquiler y tal vez un abrazo.

—Puedo manejarlo, igual que todo lo demás. Algo se me ocurrirá.

Leti suspira, echa la cabeza hacia atrás y sonríe como cuando está muy colocada.

—Sí, como siempre, ¿no?

Pero como Leti es Leti, no puede dejarlo pasar. Antes de marcharse y volver a Hampton Bay, me deja un papel con una dirección.

—Sabes que no creo en esas cosas de brujas —le digo, pero ella no acepta un «no» por respuesta—. Me deja allí sus bolsas de ropa usada de bebé y una comida para llevar, que no durará mucho.

Nunca había tenido tanta hambre. Tiro el papelito de Leti a la basura y luego me inclino sobre mi portátil para husmear en los foros.

Estoy escribiendo «¿Qué es un apetito normal?» cuando recibo un mensaje de texto de un piloto con el que solía salir.

Vin pregunta: ¿ Despieta ?

Hago una mueca al ver su ortografía y luego sonrío.

Reconozco un mensaje para tener sexo en cuanto lo veo.

Le envío una selfie en el espejo. Leti tenía razón.

Estoy radiante. Mi pelo está más largo y oscuro que nunca.

Mi piel bronceada y resplandeciente. Mi vientre está firme y redondeado y sobresale de mi top favorito y mis pantalones cortos de felpa.

Es ridículo, pero quiero ver su reacción.

Le digo: Inmaculada n.° 7 .

En realidad, no sé qué número soy, pero utilizo el que me dieron en la consulta del médico ese día.

Vin responde: Preciosa .

Poco más tarde: Sexi .

Y al final: ¿Puedo ir?

Yo contesto: No vengas con las manos vacías .

Una hora más tarde, recién salida de la ducha, lo dejo entrar en mi apartamento. He instalado una tercera cadena de seguridad. No supone una gran diferencia, pero me agrada saber que, a no ser que quiera compañía o espere una entrega, las cerraduras estarán echadas.

—Bienvenido a bordo, capitán Cordero —lo saludo.

Vin tiene una sonrisa achispada y aún lleva el uniforme.

Me pone la gorra de piloto en la cabeza y yo inhalo su dulce sudor, ámbar gris y humo de leña.

Deja su anémica bolsa de viaje junto al montón de zapatos y entra, sosteniendo su grasienta ofrenda de comida rápida.

Le doy un beso en la mejilla y lo acompaño al pequeño salón.

La razón por la que siempre me ha agradado Vincent Cordero es porque le gusta la soledad tanto como a mí, solo sale para comer, tener sexo y volar. Todo lo que su trabajo le permite, a veces las tres cosas a la vez.

—Mierda. Es de verdad —dice, desabrochándose la corbata y los botones superiores.

Me arrodillo junto a la mesa de centro y empiezo a preparar nuestro bufé.

—¿Por qué tengo la sensación de haber pedido un stripper ?

—¿Quién dice que no lo has hecho?

Se quita la chaqueta, el cinturón y los pantalones. Cada uno de sus movimientos me hace olvidar la comida, a pesar del hambre que siento cuando Vin me tumba en el sofá y hunde la cara entre mis muslos.

En uno de los foros que leí anoche, había un hilo sobre la nueva moda sexual en boga.

Gente a la que le excitaban esas Inmaculadas tan diferentes de las embarazadas normales.

Cuanto más leía, más entendía que se trataba de algo relacionado con estar dentro de una mujer que está creando algo desconocido.

Un cabrón dijo que se lo imaginaba como un pavo relleno de pato relleno de pollo.

No quiero ser la perversión de nadie, pero llevo meses sin tener contacto físico y todo mi cuerpo está hambriento.

Algo caliente se retuerce en lo más profundo de mí y lo único que puedo hacer es desearlo.

Vin se clava en la tierna carne de mis caderas y me devora, llenándome primero con sus dedos.

Me siento abierta como una ostra, con mi carne rosada al descubierto.

Vin empuja su pene dentro de mí y gime:

—Dios, ¿qué eres? —pregunta, pero no me lo pregunta a mí.

Tiene los ojos cerrados, el ceño fruncido como si estuviera jugando a ese juego, sí, ese en el que te vendan los ojos y tienes que meter la mano en un cuenco de fideos fríos y adivinar qué es.

Saca la lengua, jadeando, como si tratara de adivinar hasta dónde tiene que llegar para sentirlo.

Soy una muñeca sexual embarazada retorcida y aplastada contra los cojines.

Me mete el pulgar en la boca y yo lo muerdo con fuerza, cada vez más fuerte.

Él retira la mano y me agarra la barbilla, desliza su otra mano hacia abajo para agarrar la base de su pene mientras se corre, gritando y frotando el deslizante desastre que ha provocado.

—Dios, qué…

Su voz se detiene y a continuación se desvanece como alguien que cae por un acantilado, dejando atrás una nube de polvo y un silbido de aire que llena el vacío a su paso.

El placer se extiende por mi cuerpo y tengo que agarrarme a los cojines para no caer temblando al suelo. Por primera vez en días, en meses quizás, o tal vez para siempre, me siento plena. Jadeando, me llevo la mano entre mis muslos. Estoy dolorida y húmeda. Parpadeo lentamente.

—¿Vin?

El ruido de mi vecino caminando en sandalias (lo más probable) hace que cruja el techo. El salón está vacío.

—¿Vinny? —pregunto. Merece la pena intentarlo, porque no le gusta que le recuerden que es un niño.

Estoy sola y me pregunto si he vuelto a perder la noción del tiempo. Si me han drogado y abandonado. Si me desmayé por la forma en que me abrazó, aunque no estaba preparada para usar mi palabra de seguridad y nunca he tenido que hacerlo con él.

—Vincent —lo llamo de nuevo, aunque sé que no está aquí.

Y no se ha ido. Su maleta sigue junto a mi puerta. Sus zapatos y su corbata. Todo lo que llevaba puesto cuando desapareció se ha ido con él. Me froto la panza. Siento un fuerte dolor. Mi pequeño grito se alarga. Crece.

Se llena .

Cuando mi corazón se apacigua, me limpio y me acurruco en la cama. Por la mañana, decido visitar a la bruja de Leti.

Botánica Santana está a un corto trayecto en metro del Lower East Side.

La ciudad parece muerta, peor que durante el covid.

En esa época, la gente se contagiaba sin cubrirse la boca.

Ahora se ven mascarillas por todas partes, hasta los hombres las llevan.

Hay grupos de policías en las esquinas, más que nunca.

Algunos de ellos asienten con la cabeza a un hombre de mediana edad que predica sobre el fin de los tiempos, mientras un tarado belicoso vomita tonterías ininteligibles.

La única palabra que se entiende cuando paso por delante es «Puta. Puta. ¡PUTA!».

Entro rápidamente en la herboristería y la campana suena con fuerza.

Está llena de gente que compra velas, salvia, palo santo y Agua de Florida.

Un par de adolescentes llenan sus carritos con sales de baño que prometen dinero, protección y una piel suave como la de un bebé.

La única empleada, supongo que Santana, me hace un gesto para indicarme que enseguida me atenderá.

Espero a que se vayan las otras clientas. Me entretengo eligiendo bonitos cristales de mi color favorito. La propietaria vuelve de la trastienda con una botella pulverizadora para regar las docenas de plantas que cubren todas las superficies.

Pulveriza un poco en mi dirección.

—¿Inmaculada?

Yo asiento con la cabeza. Le entrego el papel que me dio Leti y explico:

—No me dijo exactamente a qué se dedica.

—Te lo voy a mostrar.

Santana se toca la frente y luego el abdomen.

Tiene unos cincuenta y tantos años, piel morena y rizos encrespados salpicados de canas.

Lleva una camisa abotonada, vaqueros y una docena de collares finos, santos y diosas cuyo nombre ignoro y cuentas de cristal pulidas y talladas que brillan bajo cualquier luz.