Lo que nos siguió a casa 5. El renacimiento inmaculado de Nicki Duran #2
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5. El renacimiento inmaculado de Nicki Duran #2

Realmente estoy embarazada. O, al menos, algo crece dentro de mí. Tengo todo el cuerpo entumecido. No puedo seguir en esta habitación tan luminosa mucho más tiempo sin ponerme a gritar.

—Entonces, ¿qué soy? —pregunto—. ¿Una rareza médica?

La doctora Zaynab suelta una risa entrecortada. Pensaba que era distante y fría, pero ahora veo la verdad en sus ojos marrones, en su ceño fruncido y sus labios entrecerrados. Está asustada. ¿De mí? ¿De lo que hay dentro de mí? ¿De cómo llegó hasta allí?

Empieza a hablar muy despacio:

—Un caso podría ser una rareza, pero no es la primera paciente que llega hoy con esta afección.

No estoy segura de haberla oído bien. Busco el teléfono, pero olvido que sigo con la bata del hospital y que solo he agarrado las llaves y el pequeño bolso al salir.

—¿Cuántas hay?

—Seis —responde. Y a continuación nos repetimos la palabra la una a la otra.

—¿Seis?

—Seis.

Seis. ¿Cómo es posible que seis personas se despierten de repente con tres meses de embarazo?

—Usted es la número siete, pero por la información que tenemos siguen aumentando.

—¿Aumentando? ¿Cuántas hay en total?

—Trescientas —dice la doctora, y entonces recuerdo la fila de pacientes ansiosas que abarrotaban las puertas de la clínica y rodeaban la manzana—. Y siguen aumentando.

Diez horas después, me habían pinchado y palpado por todas partes.

Me habían extraído sangre. Me habían untado con gel frío para hacerme una ecografía en la que no se veía absolutamente nada.

¿Sabes lo que se siente al tener un agujero negro dentro de ti?

Y no me refiero a la angustia gótica de las adolescentes, sino a una ausencia total de luz y vida que confirmaba que lo que había dentro de mí era real.

No había sonido alguno. Solo había visto las ecografías en la televisión y en las películas.

La mayoría de mis amigas habían optado por sus carreras o por ellas mismas en lugar de por la maternidad.

No siempre estuve ahí para Leti cuando encontró a su príncipe azul suburbano, y Chrissy se había convertido hacía tiempo en una advertencia de cuento de hadas y en la razón por la que me dio miedo el sexo hasta los veinte años.

Algunas de mis primas tenían hijos, pero no éramos tan cercanas como para que las hubiese acompañado a sus revisiones médicas y clases de preparación para el parto.

No sabía qué esperar cuando alguien trata de ver a través de ti, dentro de ti, y no encuentra nada.

De camino a casa, me aferro a mis recuerdos: una factura de cuatro mil dólares que no cubre el seguro, una paleta de fresa y una foto del espacio vacío de mi útero. Me recuerda a cuando trataba de hacer fotocopias aquel verano que trabajé en el departamento de inglés de mi universidad.

Cuando entro en mi apartamento, me quito la chamarra acolchada.

Dejo las botas de nieve empapadas en un rincón.

Compruebo si están todas las ventanas cerradas.

Aparto mi ropa en el armario y golpeo las paredes.

Quizás siempre he buscado una salida, un camino hacia otro lugar, pero esta vez busco cómo ha podido entrar un monstruo.

Cada vez que golpeo, espero un instante.

Mi corazón se encoge cada segundo que anticipo que alguien, algo, podría responder.

Solo después de asegurarme de que estoy a salvo, me quito la ropa y me meto en la ducha.

Necesito seis chorros de jabón para sentir que ya no tengo la gelatina de la ecografía sobre mí.

Pongo las manos alrededor de mi vientre abultado.

Puedo sentir algo en mi interior. Me pregunto si eso es lo que se siente al ser un astronauta que flota en la inmensidad del espacio.

Me pregunto si es por eso que me pasa esto, si por ese motivo siento mi vida desde hace tanto tiempo como un gran vacío, como si estuviera a la deriva en una gran nada. Nihil. Nihilnauta.

Más tarde, caliento algo de cena en el microondas, me pongo un pijama cómodo y me acurruco en la cama.

Lo mejor de vivir sola es que no tienes que dar explicaciones a nadie de por qué te vas a dormir a las cinco de la tarde después de comer pizza.

Enciendo las noticias solo para oír a los expertos de fondo mientras analizo mi situación en profundidad.

Dicen que más de 1634 mujeres afirman que se han despertado embarazadas de doce semanas.

En otros países, la Organización Mundial de la Salud ha enviado equipos para gestionar la crisis.

En Estados Unidos, los gurús de la salud se han vuelto virales con tónicos de setas y las iglesias están montando tiendas de campaña para albergar y alejar a estas «Inmaculadas» de los temidos test del gobierno y, Dios no lo quiera, de los abortos.

No tendría sentido. Los abortos no funcionan, según mi doctora.

Una mujer que se sometió a un procedimiento inmediato afirmó que le dilataron el útero, le insertaron el aspirador y le sacaron todo, pero no había nada allí.

Y, sin embargo, todos los test indicaban que seguía embarazada.

Una mancha de Rorschach flotaba en su útero.

Dejo el teléfono boca abajo en la mesita de noche, junto a un vaso de agua.

Me quedo acurrucada en posición fetal, con las piernas enrolladas entre las sábanas limpias, mientras el teléfono vibra en la repisa.

Mi vecina de arriba da vueltas en círculos, y ni siquiera tengo fuerzas para odiar sus pesados pasos como de costumbre.

La escuela que está frente a mi casa termina las clases antes de lo habitual.

Los helicópteros vuelan demasiado bajo y el soliloquio de Nueva York se transforma en un estridente grito de confusión.

Apoyo las manos sobre mi panza, recorro el nudo de mi ombligo como si fuera lo que me mantiene unida.

—¿Qué eres? —susurro.

Y siento un tirón, como si quisiera responderme.

En el transcurso de cuatro semanas, se reportan 756.332 personas inmaculadas, al menos las que se dejan ver. Así es como nos llaman: Inmaculadas, un término acuñado por el maldito Papa. Lo odio.

Mi madre, que ha utilizado nuestros escasos ahorros para mi supuesta boda y mi bebé, para comprarse un apartamento de jubilada en un lugar perdido de Florida, me llama llorando.

Solo sabe llorar en español, así que la pongo en el altavoz y la dejo desahogarse.

Veinte minutos más tarde, sigue hablando de «el milagrito» y no puedo evitar pensar que transformar un milagro en diminutivo lo convierte en un grito.

Al menos, en parte. Milagrito. Mila. Grito.

Milagrito . Pero solo me centro en el final de la palabra, con un significado diferente. Grito. Un grito .

¿Acaso gritó una parte de mí? ¿Gritó al universo pidiendo un bebé? Me gustaría decir que no. No soy una de esas mujeres que prefieren una carrera a un marido e hijos. Simplemente me gusta demasiado estar sola. Pero ahora no estoy sola. Tengo mi milagro. Mi pequeño grito.

Llamo Mila al vacío negro que hay dentro de mí.

Bromeando, digo que no tengo que hacer una fiesta para anunciar el sexo del bebé porque ya sé que daré a luz a un abismo.

Eso hace que mi madre llore durante otros veinte minutos, en los que me recuerda que soy una hija horrible y que ha venido desde Ecuador para sufrir a manos de una hija fría y distante.

—Lo siento —le digo, porque no sé qué más decir.

No sé cómo hablar con ella. No sé cómo desentrañar las teorías conspirativas que han carcomido la empatía de su cerebro.

Sé que todavía la quiero, aunque a veces no me guste, y creo que por eso nunca quise tener hijos.

No podría soportar decepcionar a alguien a quien quiero.

Ahora hay algo inexplicable dentro de mí, y quiero odiarlo.

Quiero sentir repulsión. Quiero tener miedo, como las mujeres de las noticias, como Heather Bishop, que dijo que se iba a trabajar y subió a la azotea del edificio para saltar desde allí, o como el grupo de Inmaculadas que alquilaron un yate, navegaron hasta aguas internacionales y se zambulleron en el Atlántico con pesos atados a los tobillos.

Pero no lo tengo.

Cuando Leticia me visita, trae tanta comida china que en la bolsa hay seis juegos de tenedores y palillos. Al principio, duda en abrazarme, como si se pudiera contagiar.

—Tú hacías lo mismo cuando Chrissy se quedó embarazada.

—Esta mierda es viral, Nicki. He leído que están reuniendo a las Inmaculadas para estudiarlas.

—Por eso llevo tres meses sin salir de mi apartamento.

Siento cómo me cruje la espalda al sentarme, pero de forma agradable. Tengo todo el cuerpo hinchado y dolorido. Me siento en mi cuerpo, pero ya no es mío.

—¿Qué haces con la basura? ¿Y con el correo?

Me encojo de hombros.

—Se encarga mi casero, está enamorado de mí.

—Ten cuidado. A veces los hombres les piden matrimonio a las mujeres embarazadas.

—¿Qué hombres? —exclamo, riéndome tan fuerte que salen volando las palomas de la escalera de incendios—. Gracias, necesitaba reírme.

Pero Leti no sonríe. Mira fijamente mi cómico vientre esférico.

Cuando estábamos en el colegio, solíamos ponernos pelotas de básquet bajo la falda y mirarnos en el espejo para imaginar cómo sería estar embarazadas.

Ahora el embarazo me resulta tan ajeno como entonces.

La única diferencia es que tampoco tengo las respuestas que creí que me daría crecer.

Leti y yo nos atiborramos de fideos y arroz y vemos videos musicales en YouTube.

—Das miedo, ¿sabes? —dice apartando a un lado la caja de comida y sacando un cigarrillo de marihuana de una pitillera de diseño.

—¿Por qué? —pregunto acariciándome la panza.

—Porque actúas con total normalidad. Ni siquiera sabes cómo te ha pasado esto. Nadie lo sabe.