5. El renacimiento inmaculado de Nicki Duran
El renacimiento inmaculado de Nicki Duran
Zoraida Córdova
Cierto día, en noveno grado, mis amigas y yo faltamos al colegio sin ningún motivo en particular, salvo que estábamos inquietas y éramos jóvenes y queríamos ir a un lugar donde ser nosotras mismas.
Era pleno invierno y mi familia acababa de comprar una casa en Queens Village, Nueva York.
No había calefacción. Habían preparado las paredes para una reforma.
Pusimos a prueba nuestra fuerza golpeando con los puños las frágiles placas de yeso y el descolorido papel pintado en busca de un agujero negro y una puerta que nos llevara a cualquier lugar menos aquel, como si realmente existiera un sitio para unas chicas perdidas, salvajes, enfadadas y quietas, problemáticas y ruidosas, rebeldes y sin remedio.
Cuando nos cansamos, nos refugiamos bajo nuestras chaquetas North Face y compartimos una delgada botella de vodka, un cigarrillo de marihuana y un libro de cuentos de hadas que había sacado de la Jamaica Public Library.
—Las historias de verdad —dije yo, sin comprender aún que todas las historias son más antiguas de lo que parecen—. No esas mierdas brillantes de los dibujos animados.
Y entonces mis amigas me dejaron leerles esos finales tristes: princesas violadas mientras dormían, miembros descuartizados, brujas caníbales, sirenas convertidas en espuma por culpa de chicos vulgares…
—¿Qué verga? —dijo Leticia, y luego pasó el cigarrillo de marihuana barato que le había robado a su hermano—. Eso es una locura.
—Creo que prefiero las de Disney —dijo Chrissy, antes de vomitar un granizado de vodka morado y trozos de pizza.
Meses más tarde, descubrió que estaba embarazada y sus padres la sacaron del colegio.
La enviaron de vuelta a Guyana sin siquiera una llamada o una carta de despedida.
Eso fue antes de que tuviéramos acceso a todo el mundo.
Antes de los delgados teléfonos móviles y las notificaciones sin leer y los mensajes directos de compañeros de clase de los que nunca fuiste amiga y que intentaban conectar desesperadamente con recuerdos que se desvanecían a toda velocidad.
La mañana en que me desperté embarazada de tres meses sin recuerdo alguno de cómo había ocurrido o cuál había sido la causa de mi situación, me descubrí pensando en aquel día frío, gélido, de hace más de dos décadas, en el que, al menos por un instante, lo más aterrador del mundo era leer un libro de cuentos de hadas.
La enfermera de admisión de la consulta está más demacrada cada vez que regresa a la sala de espera.
Cuando llegué a la clínica, había una cola que salía por la puerta, pero era la temporada de la gripe, así que no le di mucha importancia.
Todo lo que pasó cuando me desperté y sentí el…
el… No puedo decirlo, y mucho menos pensarlo.
Todo lo que pasó tras la barriguita de embarazada es una pura nebulosa.
Había ido a ver a la enfermera Kayla hacía unas semanas para hacerme una citología y una revisión, y estaba claro que no estaba embarazada.
Ella repasa la lista de preguntas obligatoria, secándose la frente con el dorso de la mano cada pocos minutos.
Hace preguntas tipo: ¿Qué le trae por aquí hoy?
¿Cuándo empezó a notar los síntomas? ¿Cuándo fue su último ciclo menstrual?
¿Antecedentes médicos familiares? ¿Antecedentes sexuales?
¿Está segura, completamente segura, de que no estaba embarazada antes de hoy?
—No es algo que se pueda olvidar —digo, y mientras lo digo, sé que no siempre es cierto.
Hay historias —cuentos de hadas y pesadillas por igual— de chicas dormidas, chicas elegidas, chicas desafortunadas que se ven en situaciones comprometedoras.
Pero esto no es una mierda tipo inmaculada concepción, y yo no estoy en una comedia romántica en la que un médico insemina a la paciente equivocada.
La enfermera se saca un colgante de la bata.
No logro ver los detalles, pero sé que es un santo o la Virgen María.
Tengo uno parecido en casa. La enfermera Kayla frota el colgante de oro una y otra vez, con sus ojos marrones fijos en el bulto que hay bajo mis manos entrelazadas.
No me había dado cuenta de que estaba sujetándome el vientre hasta que su mirada penetrante me hizo sentir incómoda, y me dan ganas de preguntarle si me mira de ese modo porque sabe lo que estoy gestando, tal vez por eso su rostro parece tan lleno de lástima, miedo y asombro.
De pronto sale de su ensimismamiento y esboza una sonrisa que le agrieta el labio inferior mordido.
Una gota de sangre cuelga allí antes de que ella la lama y me entregue un recipiente para orinar.
Luego, espero. La habitación huele a estéril.
Intento no moverme, aunque algo se agita dentro de mí.
Me lo imagino como un renacuajo que nada en un estanque.
Una mosca atrapada en la bombilla de la lámpara de mi cuarto.
Un gusano gordo que se abre paso a través de la tierra arcillosa.
Cuando la doctora entra para confirmar que, efectivamente, estoy embarazada, no le creo.
—No es posible —digo, y repito—: No hay modo.
La doctora Zaynab se acomoda en su asiento, con la boca abierta y la lengua rosa pegada al interior de su labio inferior. No estoy segura de si su pausa se alarga a causa de un caramelo o si me lo imagino.
—El test tiene una precisión del noventa y nueve por ciento —dice al final con un tono casi desafiante y el ceño fruncido ante mi incredulidad—. No toma anticonceptivos.
—No salgo con nadie. Ni tengo relaciones sexuales. —Del pecho me brota una risa desesperada—. A no ser que cuente a mis juguetes.
Ella no se ríe conmigo. Chrissy dijo una vez que su prima se quedó embarazada por masturbar a su novio en un jacuzzi y que otra chica se quedó embarazada por limpiarse con la misma camiseta que su chico había usado para limpiarle el semen de la espalda.
Y recuerdo a otra, cuyos padres se habían negado a firmar el permiso para que viera un video sobre educación sexual, que creía que los bebés se hacían besándose con lengua.
Cuando eres joven y estúpida y no sabes nada del mundo, encuentras respuestas en los chismes.
¿Qué son los chismes sino advertencias comunitarias?
¿Y qué es un cuento de hadas sino una advertencia con vestido de tul?
Estoy lejos de ser ingenua, pero hasta yo me veo buscando ese tipo de inocentes explicaciones cuando me resulta imposible creer lo contrario.
—Hágame otro test.
—Señora Durán, ¿recuerda algún incidente en el que pueda haber…?
—¿En el que qué? —Me inclino hacia delante, a la defensiva—. ¿En el que me pueda haber olvidado usar protección y me haya quedado embarazada?
—Es muy raro, pero se sabe que ocurre. Hay adolescentes que dan a luz sin saber que no han tenido la menstruación.
—Tuve la regla hace dos semanas.
Ella niega con la cabeza, me repite mis valores hormonales y añade, una vez más:
—Es muy raro, pero se sabe que ocurre. Aunque —añade frotándose la cara con una mano temblorosa, como si pudiera convertir su preocupación en indiferencia médica— cada vez es menos común hoy en día.
No entiendo lo que quiere decir con eso, así que lo dejo pasar.
—Tengo treinta y nueve años. Durante todo este tiempo se me ha dado bien no quedarme embarazada. ¿Qué es entonces? ¿Un tumor? ¿Una inmaculada concepción? ¿Me violó un fantasma? ¿Unos malditos extraterrestres? ¿Qué mierda es esto?
A los veinte años, me fui de acampada con un chico que me tenía obsesionada.
Odiaba acampar, pero lo deseaba con esa intensidad con la que se desea antes de que madure el lóbulo frontal.
Quería que pensara que era cool y sexi. Dejé que me cogiera en una tienda de campaña, en una canoa, en una hamaca.
Dejé que me hiciera de todo, excepto pensar que podía tener un movimiento intestinal, por lo que me taponé con Imodium.
Cuando volví a casa, tuvieron que limpiarme las tripas en el hospital.
Por un instante, me pregunto si esto es una repetición de aquello, pero ahora estoy desesperada.
La doctora se revuelve en su asiento antes de preguntar:
—¿Es posible que estuviera inconsciente?
—No. —digo, presionando con la palma de la mano mi acelerado corazón—. No creo. ¿Cómo puedo saber si he perdido la conciencia?
—Necesitaríamos más pruebas.
—Hágalo ahora. Por favor —dije intentando tragar saliva, pero tenía la boca seca—. Por favor.
—Cuénteme qué hace habitualmente —me pide la doctora Zaynab, fría y distante, incluso para ser una doctora que está harta del mundo—. Cualquier cosa que le parezca fuera de lo normal.
Mis pensamientos se disparan, recordando todo lo que hice ayer, anteayer, hace una semana, dos semanas, un mes.
Me despidieron cuando NovAmerica Airlines quebró hace seis meses.
Mis lugares más frecuentados eran el cine, el gimnasio y la biblioteca, todos a tiro de piedra de mi apartamento.
Había tenido tres citas, ninguna de las cuales había terminado en besos, y solo una en sexo conciliatorio porque era Navidad, y yo siempre me pongo sentimental en esas fechas, lamentando todas las vidas que nunca llegué a vivir.
Luego estaba Vinny, el último piloto con el que me había acostado antes de los despidos.
Pero no recordaba bien la última vez que lo vi.
Fue hace seis meses, y no existía eso de los embarazos tardíos.
¿No había leído una noticia sobre un hombre que había dejado embarazadas intencionadamente a mil mujeres en aventuras de una noche?
Había otras historias: cuentos de hadas oscuros.
Advertencias. Noticias de última hora vistas durante la cena: unas horribles pastillas con las que dormían a las mujeres.
Puños. Armas. Monstruos que solo se sentían poderosos cuando su presa estaba inconsciente.
¿Tan diferente era de aquella versión de La bella durmiente en la que el príncipe la viola mientras duerme?
Llegamos a la conclusión de que no me saltaba nada.