Lo que nos siguió a casa 4. Mi novio #4
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4. Mi novio #4

Felipe se sienta a horcajadas sobre el hombre y levanta el cuchillo con ambas manos. Es todo un espectáculo verlo desnudo y empuñando el cuchillo. El hombre se agita, chilla y chorrea sudor. Llora, se retuerce. Le salen mocos y lágrimas.

Se mea encima.

—Oh, no.

Felipe deja caer el cuchillo, se sube a la cama y se tapa la cara con uno de los cojines rosas. Sacrificar a un ser humano es realmente una tarea angustiosa. Los fluidos, los temblores, los sollozos, el colapso.

—¡Ay!

Los ojos de Felipe se vuelven negros como el ónix, el demonio ruge y por un instante pienso que acabará saltando a cuatro patas, y terminará el trabajo, que se apoderará de nosotros, gallinas torpes, pero es Felipe quien vence al demonio y se retira hacia el interior de la cama.

—Hazlo tú —dice Felipe, y me lanza el cuchillo.

—¿Eso te ha dicho el demonio?

—Al demonio no le importa quién lo mate, siempre y cuando lo matemos en su honor.

—¿Estás seguro? —pregunto—. Ni siquiera entendemos lo que dice. ¿Y si mato a este tipo y el demonio muere de todos modos?

—Isi, estoy seguro.

Agarro el cuchillo, le corto uno de los muslos al hombre, rápido, para ver si de verdad soy capaz de hacerle daño.

Puedo.

Sangra.

Toco su sangre para saber que es real, cálida y espesa y asombrosamente carmesí, para saber que no estoy delirando, que realmente estoy a punto de asesinar a alguien. Un sacrificio necesario, me digo a mí mismo. Puedo hacerlo. Estoy listo. ¡Estoy emocionado!

Alzo el cuchillo. Los gemidos del director del banco cesan, como si se rindiera, como si supiera que esto es lo que debo hacer y se ofreciera a nuestro demonio para que florezca nuestra relación, Felipe, el demonio y yo.

Apunto. Felipe me derriba. El cuchillo cae al suelo.

¿He matado al director del banco? No. Sigue vivo en un charco de sangre, orina y sudor.

Podría recoger el cuchillo. Terminar el trabajo.

Pero Felipe se sienta en el suelo desnudo y sus delgadas piernas son largas y peludas y no llora.

Me mira como Felipe, un Felipe sin posesión.

Es guapo, no apabullantemente guapo, pero sí adorable, y sus ojos son los suyos, amables y leves y aburridos, y me doy cuenta de que realmente no quiere que mate a ese hombre.

Puede que nunca haya querido hacerlo; solo quería aferrarse a mí.

—¿Me odias? —pregunta.

Me acerco y lo abrazo. Esta será la última vez que le bese la cabeza y huela su champú, el delicioso sebo de su cuero cabelludo, la última vez que le toque los lunares, le tire del pelo de la espalda, disfrute de la aspereza de su barba de cinco días.

Un año después, veo a Felipe en un brunch en un patio de Coyoacán, lejos de sus lugares habituales.

Está con otro hombre, guapo en todos los sentidos, como Felipe, mi exnovio.

Yo estoy con un libro. Me siento aliviado por estar cerca de una planta, semioculto.

Por un momento consideré mudarme a Querétaro, comprar una casita cerca de mi amiga, pero la llamada de Ciudad de México es demasiado fuerte.

Cuando Felipe se fue del hotel, le corté el otro muslo al hombre, por simetría y para asegurarme de que se acordara de no delatarnos.

Obviamente, accedió a mantener la boca cerrada.

Tenía suerte de estar vivo. Había visto al demonio, lo había sentido, maldita sea, había sido seducido por él.

Se llevaría esta noche a la tumba si eso significaba que el demonio nunca volviera a visitarlo.

Además, le dije que tenía un video de su encuentro (no era cierto).

Un camarero le sirve enfrijoladas a Felipe.

Una concha reposa en un plato pequeño, Felipe la guardará para el final, para mojarla en su último café.

Imaginaba que Felipe habría dejado su trabajo.

Quizás lo haya hecho y se haya trasladado a otro banco, tal vez no y lo han ascendido gracias al único vestigio de poder que le dejó el demonio.

Pido la cuenta. Quiero escabullirme y evitar una escena: ¡Dios mío, hola!

…¡Dios! Hola… ¿Qué es de tu vida?… Déjame presentarte a bla bla bla y todo lo demás .

Estoy firmando la cuenta cuando Felipe levanta mi libro y curiosea la contraportada.

—¿Está bien? —pregunta.

—Excelente.

—Iba a pedirte que te unieras a nosotros, pero ya habías terminado de comer.

—¿Lo dices de veras?

—No. —Me guiña un ojo.

No entiendo ese guiño. Trato de captar algún indicio del demonio. Una esperanza descabellada. No hay ninguna.

—¿Sabes eso que dice la gente de que mataría por alguien, pero en realidad nunca lo dice en serio? —pregunta—. Tú lo decías en serio. Tú habrías matado por mí.

—Por ti y por el demonio.

—Exacto. Aun así, seguiré pensando que todo fue por mí.

—¿Incluso si te equivocas?

—Incluso si me equivoco.

—Bueno.

Vuelve con su novio. Probablemente el chico le esté preguntando por mí. Felipe dice… ¿Qué dice? Un exnovio… uf, demasiado banal. Un antiguo amante… un poco mejor.

En realidad dice: Un demonio con el que salí . Y el novio dice: De modo que sales con demonios (intentando ser sexi). Y Felipe responde: Ya no .

Yo me voy. He tomado demasiado café. Estoy nervioso y me pica la nariz, pero el sol brilla en el cielo y la plaza es agradable, y hay un banco solitario bajo un árbol donde puedo sentarme a terminar mi libro.