4. Mi novio #3
Voy solo a la Cineteca. Antes de conocer a Felipe solía hacerlo todo el tiempo.
Cuanto más artística era la película, mejor.
Me creía por encima de los placeres basura del cine comercial y la compañía.
La película es india y tierna y al final quiero llorar, pero no puedo.
El cine se vacía, quedamos solo una mujer y yo.
Los créditos siguen apareciendo con una música de piano minimalista, cada una de las notas austera y punzante como un pellizco en el alma.
Envidio a esa mujer… llorando sola, usando un pañuelo tras otro, como habría hecho yo sin Felipe.
Echo de menos esa soledad, tan íntima, tan imposible de compartir…
pero es pura nostalgia, ese lujoso anhelo de uno mismo.
Felipe está agotado, tiene ojeras, los labios agrietados; la piel, antes vibrante y sensual, ahora es cenicienta y flácida.
Está a una palabra cruel de derrumbarse.
Toda su energía está siendo absorbida por el demonio y almacenada para la seducción demoníaca.
Lo dejo descansar. Le acaricio la cabeza en mi regazo. Tenemos una misión, los tres.
Mi novio me envía un mensaje: el director del banco y él están en la habitación 203.
Elegimos el hotel con más neones del viaducto.
Hay un revuelo en la recepción, tres personas se gritan entre sí; han atrapado a alguien poniendo los cuernos.
Me escabullo fácilmente sin que me vean y lo tomo como una señal de que nuestro plan está bendecido…
o lo que sea el equivalente a «bendecido» cuando se trata de sacrificios demoníacos.
«¿Maldito?». No suena bien.
Según el plan, Felipe ha bloqueado la puerta con un trozo de cartón en la cerradura. Cuanto más básico es el plan, mejor funciona. El director del banco y Felipe se besan desnudos en la cama. Me pregunto si debería estar celoso en vez de excitado. No importa. Disfruto de mi excitación.
Me escondo en el baño. De mi mochila saco un rollo de plástico, un cuchillo de carnicero, bridas y un paquete de velas.
Salto arriba y abajo, como los boxeadores.
«Tú puedes», les digo a los tres espejos.
Mis saltos se convierten en una danza autosugestiva.
Por una vez, soy ágil, mis movimientos son elegantes, mi rostro es hermoso.
Tengo un gran poder. Puedo hacerlo. Vamos, carajo .
La habitación es verde pistacho (alfombra, papel pintado) con un sillón rosa, cojines rosas y borlas rosas en las cortinas de brocado pistacho, tan maravillosamente llamativas que deberían cobrar el triple.
Mi novio y el jefe de su jefa se retuercen y gimen entrelazados.
Deberíamos haber pensado una señal… No sé qué gritar: ¿Estoy aquí? ¿Hola? ¿Disculpen?
—Manos arriba.
No parecen oírme.
—Manos arriba.
Recurro al poder que acabo de descubrir bailando en el baño.
—¡Manos arriba!
Se separan. El director del banco tiene los labios rojos de tanto besarse. Mira a Felipe en busca de ayuda. ¿Acaso soy parte de esta aventura sexi?
—Sujétalo —le digo a Felipe.
Felipe está desconcertado. Hace un segundo estaba amasando la carne de este hombre, y ahora…
¡Exacto! Se sienta a horcajadas sobre él y lo inmoviliza.
El hombre se queja: «¿Qué es esto?», «Sal de ahí», etc.
Le pido a Felipe que le dé la vuelta; necesito atarle las manos con bridas.
Es muy difícil con un hombre que se retuerce.
Da patadas. Puñetazos. Me rompe la nariz.
Tropiezo. Estoy tan concentrado que apenas noto el dolor, pero la sangre brota a borbotones.
Al ver mi cara magullada, el demonio de Felipe sale a la superficie: sus ojos se vuelven negros como el ónix y gruñe.
El director del banco grita. Felipe, ahora demoníaco, da la vuelta al hombre con facilidad, como si fuera una tortita.
Le ato las manos con bridas. Los pies. Lo amordazo con cinta adhesiva.
Cubro una parte del suelo con plástico, enciendo velas de té en un óvalo tan amplio como lo permite el espacio.
Felipe, con la fuerza de un demonio, lleva al hombre y lo coloca en el centro.
—¿Cómo hacemos? —pregunta Felipe—. ¿Hay algún canto?
Me aprieto la nariz para detener la sangre y mi voz suena como la de un muñeco.
—Lo matamos y listo.
—Pero ¿y si lo matamos y no seguimos la receta y no funciona?
—¿Qué receta? ¿Hay alguna receta?
El demonio balbucea en su idioma.
—¿Qué significa eso? —le pregunto a Felipe.
—¿Cómo voy a saberlo?
El demonio gruñe y apuñala el aire. Imagino que quiere que sigamos adelante.
Le paso el cuchillo a Felipe. El director del banco se retuerce.
Sus gritos suenan como chillidos ahogados.
Antes de amordazarlo, suplica: «Tengo esposa e hijos.
Les daré dinero, ¿cuánto quieren? Nunca hago estas cosas…
», como si yo fuera un ángel vengativo o un fanático moralista.
—¿Y si se vuelve más fuerte? —pregunta Felipe—. Con un sacrificio humano, podría apoderarse de mí.
—Ya te he dicho que no permitiré que eso ocurra. Confía en mí. —Agito el cuchillo—.
—Toma.
Mi novio agarra el cuchillo.
—¿Cómo lo hago?
—Clávalo en el corazón, supongo.
—¿Aquí?
Felipe apunta con la hoja del cuchillo al esternón del director del banco.
—Más a la izquierda… a la izquierda de él. Un poco más abajo. Tiene que ser fuerte, Felipe. Un golpe potente, ¿sí?