Lo que nos siguió a casa 4. Mi novio #2
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4. Mi novio #2

—No se puede, a menos que preguntes. Pero, ¿de verdad quieres preguntarle a la gente por qué no quiere hablar contigo en un momento dado? Solo eso ya es motivo suficiente para dejar de hablar contigo.

—Sí… debe de ser molesto. Por cierto, Felipe está poseído.

—Ya te gustaría.

—Lo digo en serio.

—¿Desde cuándo?

—Lo conocí poseído.

—¿Y me lo cuentas ahora?

—No quiere que nadie lo sepa. Me estaba portando como un buen novio.

—¿Y por qué ya no estás siendo un buen novio?

—Parece que el demonio ya no está enamorado. O quizás se le acabó la lujuria. No creo que los demonios amen.

—Entonces, ¿no hay sexo?

—No, nada. Solo bla, bla, bla. Me odia.

—¿Ves cómo eres, Isi? Todo es por tu culpa, ¿no? Pues, no. Quizás el demonio tiene problemas en el infierno. Quizás no está haciendo su trabajo como debe. Quizás lo van a despedir. Quizás está enfermo. ¿Por qué crees que todo el mundo debe odiarte? Tampoco eres tan odiable. Por Dios.

—Supongo que no.

—El demonio debe estar hambriento. ¿No necesitan los demonios sacrificios para mantenerse con vida?

—¡Por supuesto que hacemos sacrificios! Un pollo cada luna nueva. Cuando la noche es más oscura.

—Encantador.

—En realidad es un ritual lleno de encanto. Encendemos velas, hacemos cánticos, bailamos desnudos, bebemos sangre de pollo, nos untamos con ella.

—¡Qué asco! ¿Tú también lo haces? ¿Qué sabor tiene?

—Calentito.

La única vez que no hicimos el sacrificio (por simple curiosidad, para ver qué pasaba), mi novio se puso furioso, gritó, destrozó la mitad del apartamento y se arañó toda la piel.

Yo lo observé todo al principio desde un rincón, pero luego me interpuse.

Quería ver si me destrozaba como había destrozado la silla del comedor, la batidora y todos los platos.

Me ofrecí en sacrificio. Rómpeme a mí también .

Sus ojos negros como el mármol me escudriñaron.

Gruñó y me apartó de un empujón. Yo me marché, no porque empleara mucha fuerza, sino porque necesitaba saber qué se sentía si me hería, quería ver si se acababa el encanto. No fue capaz.

Al día siguiente se sintió tan mal con el destrozo que llamó al trabajo y dijo que estaba enfermo y lloró mientras yo le curaba la piel desgarrada.

Mi fascinación se basa en su dualidad: la aterradora emoción del salvajismo que pasa a la suavidad, la forma en que me abraza, con la oreja pegada a mi pecho; el latido de mi corazón como un bálsamo que lo arrulla hasta dormirlo.

Brunch con los amigos de Felipe en una terraza soleada de La Roma.

La gente lleva gafas de sol, vaqueros de moda, está recostada como si no hubiera nada mejor en la vida que este sábado en esta terraza de Ciudad de México.

Sus amigos, una pareja que fabrica cerveza en su patio trasero, me abrazan como si me conocieran de toda la vida.

Hay algo muy especial en mi novio cuando se divierte: es más ruidoso, más rotundo, saborea sus enfrijoladas como si no hubiera nada más sabroso, sorbe su café, disfruta mordisqueando su concha, tiene un placer contagioso.

Me pregunto qué parte de esa pasión es demoníaca.

El hambre es un demonio, igual que saborear a Felipe.

Me toma de la mano. Sus amigos murmuran «qué adorable», y yo disfruto de su envidia.

Tal vez se trate de auténtica ternura. Sea como sea, me sudan las manos.

Ellos conocen a Felipe, no conocen al demonio. Solo yo puedo amar al demonio.

A la mañana siguiente, estamos en la cama.

Aunque nos falte la iluminación de cine y el sonido ambiente esté sin editar (podría prescindir del rugido de las motos), es el tipo de escena que pensaba que solo ocurría en las películas: nuestros susurros íntimos, las pausas románticas, su aliento con esa dulzura apestosa, esos ojos tan maravillosamente oscuros que dan ganas de lamerlos.

—Isi, ¿a quién amas, a mí o al demonio?

Amo a los dos. No creo que pueda amar a uno sin el otro, es como un helado de dos sabores: no se puede lamer solo un sabor. Hay que disfrutar los dos.

—A ti —digo.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta, y yo abro la boca para poder saborear sus palabras—. No me conoces sin el demonio. Ni yo mismo me conozco. ¿Y si soy un aburrido? Probablemente lo sea. ¿Seguirías conmigo?

(¿Quizás? Seguramente no. No lo sé).

—Me veo frente a la tele durante horas y mi demonio grita: «¡Basta!

», pero no me importa. Llevo años haciendo el mismo trabajo, pero ¿por qué iba a dejarlo?

Cualquier otro trabajo sería lo mismo. Tengo solo un puñado de habilidades.

Puedo visualizar mi vida dentro de cinco o diez años con mucha claridad, todo igual, contigo, pero sin el demonio.

¿Tan malo es? Suena predecible, pero no me parece tan malo.

—Creo que deberíamos dejar de ir a la curandera. Está matando al demonio.

—¿No era esa la idea?

—Lo era. Pero ¿y si resulta que lo necesitas?

Veo a Felipe en sus ojos: vetas de un tono marrón más claro, brillantes solo gracias a la oscuridad que las rodea.

Mi novio accede a suspender las sesiones, pero un mes después, su demonio sigue debilitándose.

Sus vómitos nocturnos se han convertido en meros chorritos, apenas gira el cuello más allá de los hombros, sus ojos negros de ónix han perdido su brillo de condenado.

Felipe también se debilita. Está deprimido.

Pedimos comida a domicilio más a menudo, renunciamos a los brunchs .

Ve los reality shows sin su entusiasmo habitual: no se emociona con la actuación de un aspirante a cantante ni protesta por chismes de la gente guapa.

Obviamente, no tenemos sexo. Realmente la curandera hizo bien su trabajo, cinco estrellas, ahora debemos revertirlo.

Felipe propone que nos saltemos el sacrificio mensual del pollo, que provoquemos al demonio, que lo enfademos.

Apoyo la moción. Escondemos nuestros objetos de valor y los muebles que caben en el baño; no nos podemos permitir que el apartamento quede medio destruido.

Pasada la medianoche, el demonio se despierta, se revuelve, gruñe.

Yo tengo esperanzas. Agarra una silla (barata y prescindible) y la lanza.

Queremos que el demonio recuerde la emoción de destrozar.

La silla se rompe, pero no se hace añicos como debería.

El demonio se revuelve un poco más, gruñe algunas groserías, más como una obligación que como algo sincero, y se desploma en el suelo.

Habla en su idioma, pero su voz, aunque bastante grave, no sacude los cimientos de nuestro edificio.

Habla y habla, con sus ojos de ónix negro irritados, como si yo fuera tan ignorante que no pudiera entenderlo. Sugiero hacer mímica. Charadas. El demonio sostiene un cuchillo imaginario y simula clavármelo en el estómago. Le pregunto si quiere matarme. El demonio agita los brazos como un pollo.

—¿Quieres un pollo?

El demonio niega con el dedo. No más pollos. Señala la ventana, la calle vacía, la ciudad. Un hombre corre por la calle, un corredor nocturno. El demonio lo señala.

—¿Lo quieres? No puedo atraparlo.

Señala distintos lugares donde habría gente si no fuera tan tarde. Quiere que sacrifiquemos a alguien… no un pollo… un humano.

Propongo que sacrifiquemos al jefe de Felipe.

No a su jefa inmediata, que es una divorciada encantadoramente soez, sino al jefe de su jefa, el director del banco.

Las veces que Felipe ha visto a ese hombre, ha sido excepcionalmente amable…

¿No podemos elegir a alguien desagradable, mezquino, grosero?

Pero yo saco a relucir a Chucho el Roto, la conciencia de clase y esas cosas.

Quizás lideremos una revolución, aunque para eso tendríamos que dejarnos atrapar, ¿no?

, para reivindicar nuestro papel de rebeldes, y yo no pienso dejarme atrapar.

La cárcel no nos sentaría bien ni a Felipe ni a mí. Tal vez al demonio sí.

Sugiero que la forma más fácil de sacrificar al director del banco es que Felipe lo seduzca y lo traiga a uno de los hoteles de citas de la ciudad. Yo estaré allí, lo sacrificaremos juntos.

—Pero es heterosexual.

—¿Y qué? Estás poseído, usa tus artimañas demoníacas.

Felipe ensaya sus artimañas demoníacas frente al espejo del baño. Yo me quedo a su lado.

—Ábrete —le aconsejo.

No es tanto una invocación como un «deja que el demonio haga su magia».

Felipe es tímido. Se ha pasado toda su posesión preocupándose por no dejar que el demonio juegue demasiado ni muy intensamente, por miedo a que acabe dominándolo por completo.

Le aseguro que no dejaré que eso suceda.

Me encanta la mezcla de Felipe y el demonio, no quiero a uno sin el otro.

No tengo ni idea de cómo puedo evitar que el demonio se imponga, pero imagino que llamando a Felipe por su nombre: Felipe, Felipe.

Vuelve a mí. Te quiero . El amor es infalible, ¿no?

—¡Tú puedes! —le digo.

Felipe sonríe a su propia sonrisa en el espejo, una forma de autoseducción. Vacila. Se agarra al lavabo del baño y respira. El demonio y él están agotados.

—¡Hazlo por tu propia supervivencia! —lo animo.

Felipe se endereza y se humedece los labios.

El espejo responde con una sonrisa seductora.

Un guiño. Más humedecimiento de labios. Todo muy porno.

Me excito. La piel de Felipe irradia calor feromónico; sus ojos brillan como si solo importara este momento; sus músculos se contraen.

Se besa con su reflejo en el espejo. Le recuerdo que estoy ahí.

Tenemos sexo. Sexo como en Sodoma y Gomorra, sexo como para maldecir a todo un pueblo, sexo como para romper el lavabo del baño.

Tendremos que llamar a un fontanero. Más tarde.

Esta noche tenemos sexo como si fuera una maldición.