Lo que nos siguió a casa 4. Mi novio
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4. Mi novio

Mi novio

Gerardo Sámano Córdova

Sé que mi novio está poseído. Lo estaba mucho antes de que nos conociéramos.

Tal vez por eso se empeñó en salir conmigo.

Es muy atractivo (de esos que te quitan el sueño con las fantasías), con ese brillo demoníaco…

Uf… esa violenta nitidez de los huesos, esa vellosidad cercana al pelaje, esa voracidad bestial…

¿Sería igual de sexi si no estuviera poseído?

No. (Aunque seguiría siendo guapo). La parte que no es demoníaca también es agradable, tipo bollo de canela: pegajoso, dulce y muy reconfortante por las mañanas.

Se acuerda mejor que yo de mis palabras, ha enmarcado tres dibujos míos y se ha llevado uno a la oficina (para mirarlo, supongo, como una especie de talismán).

A veces me mira fijamente, tan feliz de que yo exista como si fuera un verdadero regalo del cielo.

Eso me incomoda. No soy ningún regalo del cielo.

Yo lo acepté poseído y él me aceptó a mí sin carácter (ni siquiera diría «feo», hasta lo feo tiene su encanto).

Mi novio no mata a la gente. Tampoco la incita a hacer el mal (ni a engañar, ni a robar, ni a asesinar, ni a nada por el estilo).

Cada tanto manda a alguien al infierno, pero todos hacemos eso, «¡Vete al infierno!

», cuando nos cortan el paso en el tráfico, con la diferencia de que cuando lo hace él su voz cambia de tono, y yo siento que realmente los condena, que sus almas están perdidas para siempre.

Lo mejor que hace como demonio es tener sexo como si se tratara de una competición y el premio fuera el paraíso.

Al menos, eso es lo que hacía antes. Ha perdido su energía.

Ahora mi novio parece haberse habituado a la rutina: trabajar, volver a casa, preparar un refrigerio saludable y ver concursos de cocina en shorts y calcetines.

La curandera echó un vistazo a mi novio y dijo: «Pues sí.

Está poseído». Eso fue hace unos meses, dos años después de comenzar nuestra relación.

Estaba cansado de despertarse por la noche hablando en tonos grotescos e ininteligibles, del persistente dolor de cuello al girarlo 360 grados, de los proyectiles de sangre que salían por todos sus orificios (un asunto desagradable, mucho fregado, las sábanas como un Kleenex hasta que decidimos que no nos importaba dejarlas manchadas de sangre).

Pero sobre todo, me dijo, quería que yo lo aceptara a él y solo a él.

Nada de demonios, se acabó. Mi Felipe me quiere solo para él, qué bonito.

Pero a mí no me importaba el demonio: eran dos novios por el precio de uno.

La curandera encendió sus velas, recitó sus conjuros, hizo la limpieza con hierbas y la limpieza con huevo (la yema salió como alquitrán).

—Un demonio muy oscuro —anunció.

Mi novio palideció y yo oculté mi orgullo. Si estaba de novio con un demonio (¿medio de novio?, ¿de novio indirecto?), mejor que fuera el más oscuro y repugnante.

Mi abuela solía decir: «Escúchame, Isidro, mejor solo que mal acompañado».

Tenía razón (cómo no tenerla, su marido murió veinte años antes que ella y jamás la vi tan animada), pero cuando eres como yo, un tipo que lleva solo una temporada, tienes cuarenta y pocos años, y de pronto un hombre increíblemente guapo te ofrece una copa en ese mismo bar al que juraste no volver porque siempre sales más deprimido que cuando entras, pero al que sigues yendo porque, en fin, qué vas a hacer el viernes por la noche, entonces dices que sí a la copa y también a ir a su apartamento, y cuando, en medio de un beso apasionado, desnudos y tocándote el culo, los muslos, la verga, como si agarrarse fuera respirar y la carne fuera oxígeno, sientes que su cuerpo se estremece y es como si unas anguilas se arrastraran bajo su piel y su voz bajara a un tono cavernoso y dice quién sabe qué en un idioma que parece primitivo y sus ojos se oscurecen como canicas negras y estás seguro de que se acabó, que así es como vas a morir, y lo único que se te ocurre es que te olvidaste la ropa en la secadora…

entonces te rindes; renuncias a tu vida y esperas que al menos el demonio haga su parte mejor que tú la tuya.

No podemos organizar cenas. Aunque las manifestaciones demoníacas de mi novio se producen tras la medianoche, prefiere no arriesgarse a asustar a nuestros amigos.

Sus amigos, más bien. Mi única amiga se mudó a Querétaro, a tres horas de distancia: marido, dos hijos, todoterreno, urbanización cerrada…

el sueño de la clase media. Antes era divertida.

Fue la primera en hacerse un tatuaje, la que conseguía cocaína, la que se quedaba a dormir los domingos para evitar la tristeza del comienzo de la semana.

Ahora se aburre y me llama para decirme que su marido la engaña (no es cierto), y cuando se aburre aún más, me llama para confesarme que es ella la que lo engaña a él (tampoco es cierto, pero es solo cuestión de tiempo).

Cuando les digo a los amigos de Felipe que soy caricaturista político, abren mucho los ojos y dicen algo trillado pero sincero, tipo «Qué cool », yo respondo: «Me paga las facturas».

¿Tan difícil es decir «Sí, supercool » e hincharse como un pez globo?

Mi terapeuta dice que no creo que lo que hago sea supercool y por eso no puedo presumir.

Puede que tenga razón. Por otra parte, él se queda dormido en mis sesiones y me mira fingiendo atención cuando se despierta sobresaltado.

Debería cambiar de terapeuta, pero me agota la idea de empezar de nuevo, de borrar todas las horas invertidas en este tipo (aunque solo recuerde una parte de mis tonterías).

Mi novio trabaja en un banco, en algo de finanzas.

Yo bromeo y le digo que por eso está poseído.

Banquero: demonio, la analogía encaja. Él odia esa broma.

No ocupa un puesto lo bastante alto en la jerarquía como para merecer que el mal se haya apoderado de él…

Su cargo ni siquiera tiene el poder de arruinar la vida de las personas.

Yo voy a trabajar a cafeterías cerca de la Nápoles; a veces voy andando hasta Escandón o agarro el metrobús hasta Coyoacán.

La gente me lanza miradas furtivas, curiosa por saber si los dibujo a ellos.

Rara vez aciertan, pero me divierten sus miradas.

Me gusta imaginar su envidia si supieran que estoy en pareja con un demonio.

A veces, tras un episodio demoníaco, tras limpiar la sangre, lavar las sábanas y sustituirlas por otras igual de manchadas pero secas, mi novio llora y yo lo abrazo.

Le dan unos temblores profundos, como si le golpearan en la médula con un martillo neumático.

Yo lo envuelvo lo mejor que puedo, como si yo fuera un tupperware , y no quisiera que se derramara nada.

Mi novio acude una vez a la semana a las sesiones con la curandera. Tiene una casa fascinante. Una de esas viejas casonas de Coyoacán con un patio lleno de macetas con plantas y buganvillas que trepan por las paredes. Yo lo acompaño a todas las citas y leo en el patio mientras él se purifica.

No se ha limpiado aún. El demonio, como advirtió la curandera desde el principio, es demasiado poderoso.

Aun así, la curandera no pierde la esperanza.

Felipe no pierde la esperanza. Yo tampoco pierdo la esperanza de que Felipe aprenda a disfrutar de su demonio, a dejarlo salir de vez en cuando sin remordimientos.

Hoy estuve leyendo una novela preciosa sobre el divorcio.

Había olvidado el placer de un buen libro y sus sesiones se han convertido en mi momento especial de lectura.

A solas en el patio de la curandera, es como si no necesitara nada más que mi libro y los latidos de mi corazón.

Es como si alguna vez hubiera sabido estar solo…

un antiguo arte (previo a los cuarenta, cuando la soledad aún era una elección y no una condición).

El sol de la tarde calentaba el suelo de terracota, las plantas se mecían, el sonido de los pájaros y la cómoda silla Acapulco me envolvían como un útero.

Hoy Felipe salió más animado que nunca.

—¡El demonio se debilita! —anunció la curandera.

Me encanta el sonido de sus collares y pulseras apilados, su diente perdido, la forma en que su cabello entrecano se eriza salvajemente. Me creo todo lo que dice.

—¡El demonio pierde su poder!

Yo podría haberles dicho lo mismo. El demonio lleva ya un rato perdiendo su fuerza.

Espero desnudo a Felipe. Nuestro apartamento consta de un dormitorio, un baño y un espacio abierto compuesto por la sala de estar con televisión, cocina y mesa de comedor.

Me tumbo en el sofá de la sala de estar.

La maja desnuda justo cuando él entra. No sé si estoy sexi…

pero al menos el mensaje está claro. El viento de la puerta abierta se precipita sobre mi piel desnuda, tanteándola, como si él también quisiera participar en la sensualidad.

Felipe me mira con el mismo esfuerzo que pone al contemplar el arte, un rompecabezas que resolver.

Me inclino, con el culo al aire. No soy arte.

No soy un rompecabezas. No soy un experimento formal con un mensaje sociopolítico oculto. Solo quiero que me cojan.

—Qué lindo —dice, dejando su maletín ( ¡Ya está! ¡Ahora es cuando me culean! ), pero se pone el delantal y empieza a vaciar el lavavajillas—. ¿Has comido ya?

Abre la despensa. Yo observo todo por debajo de mis piernas abiertas.

—Tenemos jícamas, las podría preparar con aderezo de miel y lima.

—Demonio, demonio —susurro al oído de mi novio mientras duerme—. Demonio, demonio… —(No sé cómo se llama). Pero el demonio no responde.

Mi amiga que vive en Querétaro me dice por teléfono que no soy el centro del universo. Está en la cinta de correr, sin aliento.

—La gente tiene sus cosas, ya sabes. Si no llamo, no significa que haya dejado de quererte.

—Lo sé. Pero a veces parece algo personal.

Ella resopla.

—A veces lo es.

—¿Cómo puedo saber cuándo es personal?