3. Su primer crucero #4
Ileana tragó saliva.
—¿Qué le pasó?
Los ojos de Carmen se perdieron en la lejanía al recordar.
—La mujer le… arrancó la lengua. Luego la mafia acabó con él.
—¿Le arrancaron la lengua?
A Ileana se le revolvió el estómago.
—Sí, una lástima. —Carmen se estremeció. Luego se enderezó, se sacudió el recuerdo de encima, agarró una fregona y un cubo y gritó hacia el interior de la tienda:
—¡Buen trabajo, muchachas! Esta tarde debería ser tranquila, nos lo hemos ganado.
Todos aplaudieron por haber sobrevivido, e Ileana se levantó y los miró boquiabierta.
—¿Eso es todo? ¿Eso es todo lo que tienen que decir?
Señaló con grandes aspavientos hacia la puerta principal abierta, donde un vehículo de limpieza recogía los trozos de carne y sangre que antes habían sido las manos del apuesto y sórdido David.
—¡Han asesinado a alguien! ¡Frente a nuestras narices!
Nadie respondió. Parecían algo abatidos, pero resignados como soldados endurecidos y familiarizados hacía mucho con los horrores del combate. Al final, Carmen apoyó la fregona contra la encimera, se acercó y tomó a Ileana del brazo.
—Amor, todo trabajo tiene sus riesgos, ¿verdad?
Ileana soltó una carcajada histérica.
—¡Sí, un corte con el papel! ¡Un tirón en la espalda, tal vez! ¡Pero no que te despedacen los clientes!
—Todo el mundo se asusta la primera vez. Es un shock , pero te acabas… bueno, no acostumbrando, pero sí… soportándolo.
La voz de Carmen adquirió un tono de calma y paciencia digno de Miss Frizzle.
—¿Pero la policía, el gobierno, no sé, el CDC? ¿Están al tanto de esto?
Ileana miró a Carmen, esperando una aclaración o al menos una pista.
—¿En el continente? A ellos les importa un comino lo que pase aquí, pero a nivel local, por supuesto que lo saben.
Igual necesitamos el dinero de los turistas.
Es una parte muy importante de la economía de esta ciudad.
Además, si los cruceristas consiguen lo que quieren, se marchan, pero no sin antes dejar cientos de millones de dólares al año en nuestras arcas.
Ileana resopló.
—¡Sí, dólares zombis!
Carmen se encogió de hombros.
—Vivos, muertos vivientes, qué más da. Su dinero es igual de verde.
—¿Pero a qué precio? —A Ileana le disgustaba que todo empezara a tener sentido—. ¡Ese dinero no le servirá de nada a David! ¡Ni a Armando!
—Ah, pero fue su codicia la que los mató. —Carmen miró a Ileana, que estaba a punto de replicar, y continuó—: Cariño, mi prima Inés se mató en el trabajo durante los cuarenta y dos años de su vida. Limpiaba casas de ricos en Finca Elena, en Guaynabo…
Ileana se estremeció: su padre vivía en esa misma comunidad.
—El pasado mes de julio le dio una tos terrible, aunque nunca había fumado en su vida. Unos meses después, se murió. Los médicos dijeron que era enfisema por los productos químicos de limpieza. Siempre hay un riesgo, sobre todo para los que somos de clase trabajadora y no tenemos muchas opciones.
Ileana encajó aquello como un golpe. Ella tenía la opción de trabajar en un puesto cómodo con su padre, algo que sus compañeras de la tienda no tenían. Contuvo un sollozo.
Carmen pareció notar las lágrimas en los ojos de Ileana.
—Cariño, no pasa nada si no quieres quedarte.
Aquí nadie te culparía. Maldita sea, si yo misma tuviera la oportunidad, dudo mucho que me quedara.
—Le acarició la cara con la palma de la mano, tal y como solía hacer la madre de Ileana cuando era pequeña—.
Espero que decidas quedarte, pero tienes que hacer lo que sea mejor para ti.
Solo dímelo cuando tomes la decisión, ¿de acuerdo?
Le dio una palmadita en la mejilla, sonrió y se fue a limpiar los restos de intestinos de la sección de cerámica.
Ileana se quedó allí de pie un buen rato e imaginó cómo sería trabajar para su padre, sus gritos y críticas sobre aquella «vestimenta inadecuada para la oficina».
Se imaginó soportando los chismes en la cocina de la oficina sobre el nepotismo y escuchando cómo se cuestionaban (no sin razón) sus credenciales.
Luego volvió a concentrarse en la tienda, donde los acordes del cuatro y el latido del tambor de conga le llegaban desde los altavoces del techo, acompañados por la familiar y reconfortante música del español puertorriqueño a su alrededor.
Mientras estaba allí pensativa, entró una familia. Turistas normales, todos sonrientes y entusiastas. Al niño le encantaba el sonido de la rana coquí y empezó a saltar frente al sensor, provocando una serie continua de co-quís , hasta que su padre lo acompañó suavemente al interior con una sonrisa.
Sol volvió a entrar por la puerta principal, escondiendo varios puñados de papel de cocina ensangrentado a sus espaldas al pasar junto a la familia. Al llegar junto a Ileana, dejó el Windex en el mostrador y le dedicó una gran sonrisa.
—Buen trabajo, hermana.
—Gracias —respondió ella, poniendo el limpiador en su lugar en la estantería. Fue entonces cuando se fijó en el trozo de piel que colgaba de las bolsas. Hizo un pequeño chasquido con la lengua y lo tiró a la papelera.
—Si tienen alguna pregunta, avísenme —dijo a la familia con voz alegre.
La madre le sonrió.
—Lo haremos. Tienen muchas cosas bonitas aquí.
—¡Gracias! Todas están hechas a mano por artesanos puertorriqueños.
Cuando se dio la vuelta, vio a Carmen mirándola con una sonrisa. La jefa le hizo un gesto con la cabeza e Ileana le devolvió el saludo. Luego se puso a limpiar las huellas de las vitrinas de cristal.
Cuando volvió a alzar la vista, vio a Vanessa, la vendedora de largas piernas que trabajaba con David, en la acera, charlando sobre cuidado de la piel con todos los turistas y lugareños que pasaban por allí, con sus labios carnosos esbozando una glamurosa sonrisa como si nada hubiera pasado.
Mientras Ileana se afanaba en limpiar el cristal, se dio cuenta de que, en realidad, nada había pasado. Nada. Solo era un día más en la colonia.