3. Su primer crucero #3
A pesar del terror, Ileana se esforzó por discernir el significado, mientras el empalagoso aroma a nardo de la mujer luchaba con el olor a carne podrida.
—¿Perdón? —preguntó suavemente, tratando de no enojarla.
—Vo… ver… —repitió frustrada la mujer, torciendo el rostro en una caricatura del habitual «Karen, ¿puedo hablar con tu jefe?».
¿Qué trata de decir, maldita sea? Ileana empezó a sudar al darse cuenta de que la ira de la mujer iba en aumento.
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! Miró a su alrededor, desesperada por ganar tiempo y averiguar qué quería, cuando sus ojos se posaron en el rollo de papel de envolver con estampado de palmeras.
—¿Envolver? ¿Quiere que lo envuelva?
—Sí —murmuró la mujer rubia, asintiendo con la cabeza.
Ileana suspiró aliviada.
—¡Por supuesto! Enseguida lo hago.
Como era de esperar, fue difícil envolverlo bien con las manos temblando, pero tras algunos tropiezos con el dispensador de cinta adhesiva, consiguió envolver el paquete en plástico de burbujas y lo metió en una bolsa de la compra con el logotipo de la tienda. Lo colocó frente a la clienta.
—Son ciento setenta y ocho con cuarenta, con el descuento.
La mujer rebuscó en su pequeño bolso, luchando con la cremallera.
Cuando finalmente logró abrirla, se desgarró un trozo de piel del dedo índice, cuya carne, pálida y gelatinosa, brilló bajo las implacables luces del local.
Ileana observó que no brotaba sangre, lo cual era a la vez un alivio y algo terriblemente inquietante.
A continuación, la mujer sacó una tarjeta Amex negra y, torpemente, trató una y otra vez de que la máquina la leyera, pero solo obtuvo un pitido enfadado como respuesta.
La mujer gruñó y le tendió la tarjeta, con la tira de piel colgando de la superficie brillante.
Ileana dudó, con la garganta apretada y las ganas de vomitar presionándole el esófago.
Tragó saliva con dificultad y agarró la tarjeta, tratando de evitar tocar a la mujer sin que se notara.
Cuando se dio la vuelta hacia la máquina, sacudió discretamente la piel gelatinosa de la tarjeta.
Le costó varios intentos y tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar cuando la piel cayó con un ruido húmedo sobre la pila de bolsas de papel tras la caja registradora.
Pasó la tarjeta, arrancó el recibo de forma irregular y le devolvió ambos.
—Gracias por comprar en Artesanías de Puerto Rico. Por favor… vuelva pronto.
Esbozó una sonrisa forzada más parecida a una mueca, y la mujer se alejó entre tambaleos y colgándose la bolsa de la compra sobre el brazo en carne viva. Las suelas de sus chanclas de Gucci se balanceaban de un lado a otro y las correas de los dedos luchaban por mantenerse en su sitio.
Ileana miró a su alrededor y vio a Carmen sosteniendo pacientemente la mochila de un hombre que trataba de volverse a encajar el brazo dislocado en su cavidad.
Sol cobraba tranquilamente un pedido de mil dólares a una anciana delgada y canosa que gritaba sin parar con su boca desdentada, mientras se sujetaba la falda de lino con una mano y golpeaba impaciente el mostrador con la otra.
—Estoy en el infierno. No hay duda —dijo Ileana sin dirigirse a nadie en particular, mientras un cliente quejumbroso se acercaba a ella oliendo a coco y… jaula de hámster.
La situación se prolongó durante lo que parecieron días, pero en realidad solo fueron unas pocas horas: una confusa sucesión de transacciones con lo que solo un día antes habría considerado monstruos.
Aun así, ninguno de sus compañeros de trabajo parecía mínimamente perturbado.
A mitad de turno, se produjo un gran alboroto en el exterior.
Ileana no estaba atendiendo a ningún cliente en ese momento, así que corrió hacia la parte delantera de la tienda y se asomó por el gran escaparate para ver qué ocurría.
Un grupo de cruceristas se agolpaba en la tienda de cosméticos vecina, con actitud agitada. Se desplazaron al unísono hacia el centro de la calle empedrada e Ileana pudo ver que llevaban algo sobre los hombros. Fue entonces cuando oyó a David gritando:
—¡De acuerdo! ¡Le regalo la crema de ojos…
por sesenta dólares más! Pero las palabras se convirtieron en un grito desgarrador cuando la multitud tiró de sus extremidades.
El grupo más cercano a la tienda tiró con más fuerza, hasta que su pierna izquierda se desprendió, salpicando de sangre el escaparate que Ileana tenía ante sus ojos.
Gritó y dio un salto hacia atrás. El silencio se apoderó de la tienda y se tapó la boca con la mano.
¡Mierda! Muy lentamente, se dio la vuelta y vio que todos la miraban, tanto los empleados como los cruceristas.
Se detuvo, la urgencia de una amenaza inminente superó la imagen de David desmembrado. Se apartó la mano de la boca y esbozó una risita nerviosa, aunque le salió un poco ahogada y presa del pánico. Saludó frívolamente con la mano.
—¡Disculpen! Eh, es que acabo de ver que… —Al girarse, le llamó la atención el expositor de azulejos de cerámica que había junto a ella y los señaló—. ¡Que los azulejos decorativos están en oferta!
Hubo una pausa.
Estoy muerta , pensó.
En ese momento, los clientes que estaban más cerca se abalanzaron sobre ella.
Contuvo un grito de terror hasta que comprobó que caían sobre los azulejos como hambrientos ante el último filete del bufé.
Hubo una pelea hasta que una mujer agarró un machete de madera con incrustaciones de mosaico de vidrio y se puso a clavar su punta roma una y otra vez en el estómago de un hombre.
Luego, le arrebató el azulejo con forma de flor de hibisco de las manos a la víctima y se alejó, resbalando sobre sus intestinos, ahora desperdigados por el suelo.
Al carajo .
La adrenalina rugía en el cuerpo de Ileana, pero se obligó a permanecer inmóvil.
Tras unos minutos, y muy lentamente, se liberó y dio un paso atrás mientras gruñían los cruceristas, sosteniendo a veces algún trozo de cerámica ganado a pulso y gimiendo de triunfo.
Cuando sintió que su espalda chocaba contra la encimera, sus hombros se le derrumbaron de alivio y de sus ojos brotaron las lágrimas.
—Zafaste, chica —susurró Carmen tras la caja registradora.
Ileana quería darse la vuelta y gritarle algo a Carmen, exigirle que le dijera qué carajo estaba pasando, pero estaba más que agotada.
Por no mencionar que no tenía ningún deseo de llamar más la atención mientras el crucero estuviera en el puerto.
En vez de eso, se limitó a asentir con la cabeza, se alisó la falda y regresó al mostrador.
Le parecía tener tatuada en los ojos la imagen de David desmembrado y aún podía oír el eco de sus gritos agonizantes, pero se armó de valor y siguió adelante.
¿Qué otra cosa podía hacer? Para ir a casa tendría que atravesar muchas calles llenas de esas…
cosas. Has trabajado en un mall en Black Friday, seguro que puedes con esto , pero, incluso mientras se decía aquello, se daba cuenta de lo ridículo que era.
Nadie había despedazado a nadie por un descuento en un televisor de pantalla plana. No, al menos, durante su turno.
Finalmente, los últimos cruceristas agarraron sus bolsas de compras y se tambalearon hacia la acera, parpadeando bajo el brillante sol de la tarde mientras bajaban lentamente hacia los muelles.
A Ileana se le doblaron las rodillas y se desplomó en un rincón detrás de la caja registradora, junto a los productos de limpieza. Miró fijamente al vacío y su corazón pasó gradualmente del galope al trote.
Carmen gritó desde el otro lado de la tienda:
—¡Buen trabajo a todas! Ese era el único crucero de hoy.
Ileana pudo oír coros de «Gracias a Dios» en español y risas exhaustas.
Inspira profundamente, espira …
—¿Estás bien, mija?
Ileana se sobresaltó al ver la cara que asomaba sobre el mostrador, pero solo era la jefa.
Abrió y cerró la boca como un pez, tratando de humedecer la lengua. No estaba segura, pero creía tener salpicaduras de sangre o líquido intestinal en la cara por el desastre de los azulejos.
—Creo que estoy bien.
—¡Me alegro!
La cara sonriente de Sol apareció junto a la de Carmen.
—¡La muchacha ha manejado su primer crucero como una campeona! ¡Un aplauso para la nueva! —exclamó, y el resto del personal silbó y coreó palabras de apoyo.
Sol le tendió la mano a Ileana.
—Cariño, pásame el Windex, por favor.
Se volvieron hacia Carmen con un gesto de desprecio.
—Esos cabrones me han vuelto a manchar de sangre el escaparate.
Aún aturdida, Ileana les pasó el limpiador azul brillante y un rollo de papel de cocina y se marcharon.
El escaparate …
Fue entonces cuando Ileana recordó aquel rostro apuesto, la forma en que sus ojos sonrientes se abrieron al instante, presas de un abyecto terror.
—Ellos… lo destrozaron…
Pero no pudo terminar, la sangre del muchacho inundó sus pensamientos.
Carmen se apoyó en la encimera, cruzando los brazos sobre su amplio pecho.
—Sí, fue muy triste. No se lo merecía. Pero no ocurre muy a menudo, y solo en esa tienda.
El personal se pone codicioso y trata de aprovecharse de los cruceristas.
—Ileana miró a Carmen—. Cariño, esa fue una de las razones por las que te dije que te mantuvieras alejada de él.
En esa tienda hay una puerta giratoria de vendedores guapos, y cada pocos meses, uno de ellos acaba mal.
—Le dio una palmadita en la mano a Ileana—.
Así que mejor no encariñarse con ninguno.
Aquello no tenía ningún sentido.
—¿Me estás diciendo que no has perdido a nadie aquí? ¿En esta tienda?
Carmen hizo un gesto con los dedos para restarle importancia.
—¡No! ¡Por supuesto que no!
Ileana exhaló un largo suspiro. Al menos eso era un alivio…
—Bueno, descontando a Armando.
—¿Armando? —preguntó con miedo.
—Oh, nunca debí haberlo contratado. Era un poco mujeriego, de Bayamón, ¿tú sabes? Intentó sacarle un poco de dinero extra a una mujer esquelética de Texas con grandes implantes de pecho.