Lo que nos siguió a casa 3. Su primer crucero #2
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3. Su primer crucero #2

Los pasajeros cruzaron la autopista cercana a los muelles y luego se agolparon en la calle Paseo de Colón.

Es extraño , pensó Ileana. Realmente parecía un enjambre de insectos, moviéndose casi al unísono.

Se estremeció, a pesar del calor del sol, pero no fue hasta que los primeros pasaron por delante de la oficina de correos cuando empezó a darse cuenta de que algo iba mal.

Había un hombre en primera fila, de la edad de su padre, con sobrepeso, como muchos hombres estadounidenses de su generación: le sobresalía una gran panza redonda por delante como una pelota de baloncesto escondida bajo una camisa a rayas abotonada.

Tenía la cara enrojecida y la nariz hinchada, a Ileana no le costaba imaginárselo en un sillón reclinable, aullando ante un partido de fútbol americano en la televisión, con una cerveza en la mano.

El típico turista estadounidense, pero… no paraba de tambalearse.

No como si estuviera borracho, sino más bien como si se fuera a caer hacia delante, cuesta arriba.

Un taxi se desvió para evitarlo cuando atravesó la calle sin ni siquiera mirar, y él no pareció advertir el estruendo del claxon.

Al doblar la calle en curva y pasar frente al Starbucks, alzó la cabeza y su mirada se cruzó con la de Ileana.

La observó fijamente. Tenía los ojos enrojecidos y enormes, casi…

hambrientos. Entonces, esbozó una sonrisa, abrió la boca formando un vacío redondo y negro, y dejó escapar un gemido gutural que resonó a ambos lados, sobre los edificios del siglo XVI .

Poco después, el resto de los pasajeros que iban tras él parecieron percatarse también de ella… y todos aceleraron el paso.

—¡Dios mío! —gritó Ileana, y echó a correr por Fortaleza de vuelta hacia la tienda.

Sentía que el corazón se le salía del pecho.

Se arriesgó a mirar sobre el hombro mientras atravesaba La Tanca.

Una auténtica horda de pasajeros se extendía por la calle tras ella como una gran mancha de sangre, con sus prendas de colores tropicales y sus brazos agitándose en una macabra danza, mientras el creciente olor a descomposición anunciaba su llegada.

El coro de gemidos se hacía cada vez más fuerte a medida que algunos de ellos doblaban la esquina y se adentraban en Fortaleza.

Según avanzaban, algunos se desprendían y entraban a trompicones en las tiendas y bares que quedaban en el camino.

Otros la perseguían directamente a ella, sacudiendo las extremidades hacia adelante.

El terror se apoderó de Ileana como un torniquete, escuchó cómo sus zapatillas aporreaban la acera al retirarse y se lanzó, literalmente, hacia las puertas de la tienda. Todos los empleados alzaron la vista al verla jadeando y con los ojos desorbitados.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó Sol mientras le frotaba las manos arriba y abajo por los brazos de Ileana, como si tuviera frío.

Ileana luchó por articular las palabras mientras el pánico le oprimía la garganta.

—¡No! —exclamó apartándole las manos. ¿Acaso no oían los gemidos?—. ¡Sol! ¡Tenemos que cerrar las puertas! Hay algo… raro en la gente de ese barco.

Ellos soltaron una risa amarga.

—¿Y a mí me lo cuentas, chica? —Luego suspiró y miró al resto del personal, dando palmas—. ¡A sus puestos, cabronas! ¡Qué empiece el espectáculo!

Ileana se quedó de pie, balbuceando: «¿Qué carajo?».

¿Cómo podían estar tan despreocupados? Los gemidos eran cada vez más fuertes, más cercanos, y ella tenía ganas de gritar. Agarró a Carmen al pasar, las llaves de la espiral elástica que le rodeaba el brazo le pincharon la palma de la mano.

—¡Carmen! ¡Escúchame! ¡Tenemos que cerrar las puertas! Pon las estanterías frente a las ventanas, ¡cualquier cosa para mantenerlos fuera! ¡Esas cosas no son humanas!

Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero Ileana no les prestó atención. No tenía tiempo para llorar; ¡había monstruos sueltos por la ciudad!

—¡Claro que son humanos! O lo eran… Pero, tranquila, vas a estar bien. —Carmen le dio una palmadita en la mejilla, y se alejó hacia su posición habitual cerca de la puerta, deteniéndose para susurrar—: Eso sí, no los hagas enojar.

La última palabra aún flotaba en el aire cuando el primer crucerista entró tambaleándose por la puerta principal.

El canto de la rana arbórea sonó inocentemente burlón bajo los gemidos estrangulados del hombre.

Ileana saltó por encima del mostrador y se agachó tras la vitrina de cristal, golpeándose la rodilla contra la parte superior en el proceso.

Se dejó caer al suelo, sin prestar atención al dolor de la pierna, respirando con dificultad.

Pero seguía sintiéndose vulnerable. Necesitaba ver lo que ocurría.

Se deslizó hacia delante, agarró el borde del mostrador con los dedos y se levantó poco a poco, asomándose sobre la parte superior de cristal.

El hombre de rostro enrojecido arrastraba los pies flanqueado por dos mujeres, una extremadamente delgada, con un llamativo vestido naranja brillante que contrastaba con su piel morena y arrugada, y la otra, más cercana a Ileana, regordeta y con un vestido ajustado, con el rostro pálido y dos manchas rosadas dibujadas en cada mejilla.

Ileana se quedó mirando, paralizada por el miedo, mientras la mujer regordeta se volvía y la miraba directamente, aunque solo sus ojos sobresalían por encima del mostrador. Ileana no podía moverse, solo temblar.

La mujer del crucero se inclinó sobre el mostrador, doblándose por la cintura como una Barbie rechoncha, y su boca de labios gruesos y exceso de bótox se abrió como si las bisagras de su mandíbula hubieran cedido de repente.

Se oyó un crujido y entonces pudo distinguir unas palabras entre sus gemidos…

—D-d-es-cuento… C-c-crucero…

La última «c» fue percusiva, como una flecha que da en el blanco, y la pronunció golpeando con su mano pálida y exangüe el mostrador de cristal.

Ileana se sobresaltó y se puso de pie de un salto, apartándose de su alcance.

Los dedos regordetes de la mujer, que parecían masa de pan leudado alrededor de sus llamativos anillos, sostenían un papel verde brillante con el dibujo de un crucero y un descuento del 20 % escrito en las esquinas como si fuera dinero.

La mujer se quedó allí de pie, con su aliento fétido y entrecortado humedeciendo el mostrador.

Olía a carne podrida y… a protector solar.

Ileana sabía que esa criatura esperaba algo, pero su deseo de huir era más fuerte.

Habían entrado más en la tienda, los pasillos estaban llenos de figuras tambaleantes.

Tal vez podría llegar a la puerta , pensó, pero entonces miró por la ventana delantera.

Entre la masa en movimiento de pasajeros se movía un hombre con una llamativa camisa hawaiana, haciendo malabarismos torpemente con un montón de bolsas de Polo Ralph Lauren y agitando lo que parecía un brazo humano desmembrado, con la carne desgarrada ondeando en su extremo como la piel de una salchicha recién cortada.

¿Era ese… su brazo? ¿O el de otra persona?

Ileana se llevó las manos a la cabeza y las apretó, como si pudiera hacer que todo desapareciera.

Es una pesadilla, ¡no puede ser otra cosa!

La vocecita en su cabeza parecía más segura que ella.

Utilizó entonces su espíritu analítico, lo único bueno que había heredado de su padre, evaluó la situación y determinó que, por absurdo que fuera, la única opción posible era seguirles el juego.

Ileana tragó saliva con la garganta apretada y dio un paso adelante.

—S-s-sí, aceptamos esos vales.

Su voz sonó ronca, como la de su clienta. La cara redonda de la mujer se iluminó con una extraña sonrisa torcida y empezó a señalar, aparentemente al azar, cosas de la vitrina apuntando a cada pieza de joyería con un gruñido simiesco.

Como si se moviera bajo el agua, Ileana agarraba cada artículo, lo escaneaba y lo metía en una bolsa de la marca de la tienda mientras la mujer murmuraba palabras como «nuera», «sobrina» y «cuidadora de perros».

Cuando la bolsa estuvo llena, Ileana dijo con voz débil y ahogada:

—Son trescientos veintiséis dólares con su descuento.

La mujer sonrió, aunque en realidad era más bien una mueca, e Ileana se dio cuenta de que tenía los dientes rotos y cubiertos de suciedad. Rebuscó en su sucio bolso de paja, sacó una cartera Coach, extrajo una tarjeta de crédito y se la tendió.

Ileana la aceptó, deseando no tener que tocarla. ¿No podía la mujer simplemente pasarla? Bueno, tampoco pensaba decírselo: cuanto antes se marchara, mejor. Ileana pasó la tarjeta por el lector antes de devolvérsela.

—G-gracias por comprar en Art-tesanías de Puerto Rico…

Su voz se elevó al final, como si hiciera una pregunta.

La mujer gruñó y salió tambaleándose a la concurrida calle.

En cuanto se marchó, Ileana respiró hondo, temblorosa, aliviada. Aunque no duró mucho.

Una joven rubia con un pareo rosa transparente sobre un bikini apareció frente a ella y golpeó con fuerza una escultura de madera tallada a mano de Don Quijote que había en el mostrador.

Ileana dio un respingo al oír el ruido y se preguntó si habría roto el cristal.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que la larga espada de metal que sostenía el personaje de Cervantes se había clavado en la mano de la mujer.

Atónita, Ileana no pudo más que mirar cómo se sacudía torpemente la estatua, tratando de liberarse, pero lo único que consiguió fue abrir un agujero más grande en el centro de la palma de su mano.

Sobreponiéndose al estupor, Ileana extendió la mano y sujetó la base de la escultura contra la encimera mientras la crucerista se liberaba con un sonido húmedo y seco.

—Vo… ver…

La mujer recién liberada luchaba por emitir sonidos, pero los músculos que rodeaban su boca no parecían funcionar.