Lo que nos siguió a casa 3. Su primer crucero
7%

3. Su primer crucero

Su primer crucero

Ann Dávila Cardinal

Ileana se alisó la ropa por centésima vez esa mañana.

No sabía por qué estaba tan nerviosa; no era más que un simple trabajo, maldita sea, pero había algo en la inminente llegada de la horda de turistas que aumentaba la tensión en el ambiente habitualmente tranquilo de la pequeña tienda.

Para calmarse, se entretuvo ordenando y reordenando las bisuterías de cáscara de coco pintadas a mano de las vitrinas rectangulares que formaban el mostrador principal.

Era su tercer día trabajando en Artesanías de Puerto Rico y había empezado con confianza.

Aquel trabajo de verano en el viejo San Juan era solo un paréntesis hasta que decidiera qué hacer a continuación: estudiar un posgrado, viajar, trabajar en la alienante empresa de inversiones de su padre.

En realidad, la última opción no estaba en absoluto en el menú, ni siquiera sobre la mesa; solo fingía que lo estaba para que su tiránico padre la dejara en paz.

—¿Estás bien, mija?

Ileana dio un pequeño respingo. No se había dado cuenta de que Carmen, su jefa, estaba a su lado.

—¡Oh! Sí, claro.

Carmen sonrió amablemente y le dio una palmadita en el brazo.

—El primer crucero es siempre estresante, pero luego es pan comido.

Ileana ladeó la cabeza.

—¿Pan comido? Puaj.

Carmen se rio. Era un sonido ligero, como el de una campana, pero con un efecto tranquilizador.

—«Pan comido» quiere decir «fácil».

—Sigue siendo asqueroso. Me viene a la cabeza una papilla de pan masticado en la boca desdentada de un viejo, o algo parecido.

Carmen se rio entre dientes.

—Ya lo entenderás, amor.

Ileana le devolvió la sonrisa, aunque no pudo evitar preguntarse si tras la amabilidad de Carmen no se ocultaba algún juicio.

Algo del tipo: «Mira a esta gringa menospreciando nuestro español».

Pero Ileana sabía que era pura inseguridad.

Todos eran muy pacientes con sus torpes intentos de hablar el idioma de su padre.

Lo cierto era que entendía mucho más de lo que hablaba, pero le costaban las expresiones locales, por eso decidió buscar trabajo en la ciudad mientras estaba en la isla.

De lo contrario, le habría resultado demasiado fácil quedarse con sus primos bilingües hablando en inglés (aunque, en realidad, se sentía como una extraña incluso con ellos).

Le avergonzaba ser puertorriqueña y no hablar español con fluidez. Quería remediarlo ese verano.

Se oyó el canto del coquí, la grabación de la entrañable rana arbórea que les avisaba de la llegada de uno o varios clientes.

Ileana alzó la vista y vio el atractivo rostro de David, el chico que trabajaba en la tienda de cosméticos de al lado.

Tenía un pelo castaño ondulado que le temblaba al hablar y, cuando sonreía, le caía sobre los ojos.

Tenía debilidad por los chicos que sonreían con los ojos.

—Buenos días, señorita —dijo con un acento español extraño y difícil de identificar.

Ella se sonrojó un poco, y eso la avergonzó.

—Buenos días, David.

Aquellos ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo con sus espesas pestañas negras, y volvió a sentir cómo le subía el calor a la cara, pero Carmen le había advertido que se mantuviera alejada de él en su primer día.

«Contratan a ciertas personas porque son muy seductoras, mija», le había dicho, y era cierto.

El día anterior había sido un día tranquilo e Ileana había observado a través del gran escaparate cómo aquel chico guapo ejercía su encanto sobre los turistas que iban y venían por la calle, coqueteando con hombres y mujeres, atrayéndolos suavemente hacia el interior de la tienda y su red perfumada de cremas de doscientos dólares.

Había algo… vampírico en todas las personas guapas que trabajaban en esa tienda.

Prefería coquetear un poco y admirar a David desde la distancia.

Aparte, lo último que quería era una enfermedad venérea como recuerdo de ese verano.

—¡David!

Ileana miró hacia la puerta y vio asomarse a Vanessa, una chica de piernas largas y de un cabello sedoso color caoba. Sus miradas se cruzaron y la mujer le dedicó una sonrisa igualmente seductora.

Quizás sí eran vampiros de verdad .

Él respondió, pero no apartó los ojos de Ileana.

—¿Qué? ¿No ves que estoy ocupado?

—El barco ya ha atracado. Vuelve aquí.

David suspiró, tomó la mano de Ileana y a continuación presionó sus suaves labios contra sus nudillos sin dejar de mirarla a los ojos. Olía a especias y calor, como la canela en verano.

Tras verlo salir por la puerta y desaparecer de su vista, cogió el bote de desinfectante con aroma a selva tropical que había en el mostrador y se lo aplicó generosamente en las manos. No quería ser crítica, pero ¿quién podía saber dónde habían estado esos labios?

—Ileana, ¿quieres ver cómo entran en la ciudad, ya que es tu primera vez?

Carmen se encontraba ahora junto a la puerta abierta de la tienda. La bruma del aire acondicionado rodeaba a la mujer como la niebla de una película de terror, saliendo por la puerta y cubriendo la calle de adoquines azules.

La encargada, Sol, gritó desde el otro extremo del mostrador, junto a los libros:

—¡Guau! ¡Más de una va a dejar de ser virgen en ese crucero!

Ileana puso los ojos en blanco mientras el resto del personal gritaba y vitoreaba como un obsceno coro griego, pero a ella le daba igual.

Sol le tomaba un poco el pelo, pero todos fueron amables y pacientes durante su formación y la hicieron sentir como en casa a pesar de no haber nacido en la isla.

Maldita sea, ni su propio padre había sido capaz de hacer eso.

Ella hizo un gesto con la mano para ignorar sus continuas risitas y se volvió hacia Carmen.

—Me gustaría.

Salió de detrás de las vitrinas y siguió a su jefa hasta la esquina de la calle Fortaleza.

La ciudad parecía tranquila y casi fresca en la quietud de la media mañana, pero en breve el sol empezaría a calentar con fuerza, elevando la temperatura de la calle empedrada hasta que pareciera que se caminaba sobre las llamas del infierno.

De ahí las puertas abiertas, con su increíble derroche; liberaban su seductor aire frío para atraer a los transeúntes desprevenidos.

Pero Ileana había elegido esa tienda para presentar su solicitud porque todos los objetos que vio en ella tenían el sello Made in Puerto Rico en la base.

Solo vendían obras de artesanos puertorriqueños, nada de la basura de plástico producida en masa que se encontraba en tantas tiendas de recuerdos de la ciudad.

Estaba orgullosa de eso. Aparte, le ayudaba a justificarse ante su padre por haber aceptado un trabajo en una tienda por catorce dólares la hora cuando él «se había gastado cien mil dólares en una licenciatura en Historia del Arte».

Dios, cómo odiaba poder conjurar tan fácilmente en su interior esa voz crítica.

¿Y el hecho de que no lo entendiera? Eso solo hacía que este trabajo resultara más atractivo.

Cuando llegaron a la esquina y miraron colina abajo, hacia los muelles, Ileana se quedó sin aliento al ver la bestia de doce pisos, reluciente, blanca y azul, que había aparecido al pie de la ciudad.

Las numerosas cubiertas estaban apiladas como capas de un pastel demasiado recargado, y las figuras inundaban las dos pasarelas, como las hormigas rojas con las que se topó cuando tenía cinco años y estaba de visita en casa de su abuela en Bayamón.

Le cubrieron la parte inferior de las piernas y las picaduras se extendieron como el fuego mientras gritaba y corría hacia la casa.

—Lindo, ¿no? —preguntó Carmen, haciéndola regresar al mundo.

No era la palabra que Ileana habría elegido.

—No sé, supongo que sí.

—Bueno, al menos es lindo el dinero que se gastan. Voy a volver dentro; puedes quedarte un rato si quieres. Pero ven antes de que lleguen a Fortaleza, ¿ok?

—Ok, gracias.

Ileana vio alejarse a su jefa y luego respiró profundamente el aire de la mañana.

El olor de la ciudad era limpio y fresco a esa hora, con apenas un leve aroma a alcohol derramado y pis de los juerguistas de la noche anterior.

Pero olía a vida con mayúscula, no al aroma cuidado de la urbanización privada de su padre a la que regresaba cada noche.

Mientras esperaba a que comenzara el desembarque, contempló la bahía de San Juan tras el barco, con sus aguas de un celeste intenso y el cielo de un azul ridículamente brillante, y comprendió por qué la gente acudía en masa hasta aquí.

Había tanta belleza natural e historia en una ciudad tan pequeña…

Justo enfrente de donde se encontraba estaba el histórico edificio del teatro Tapia, con sus columnatas y, por lo que se decía, dos fantasmas.

¿Justo tras ella? Podía ver las copas de las antiguas farolas de hierro fundido negro de la Plaza Colón, mientras percibía el aroma mantecoso de los bollos dulces de Mallorca y el café oscuro y rico que estaban preparando.

Cuando miró hacia los muelles, vio que los pasajeros ya empezaban a desembarcar, bajaban por las pasarelas y se dispersaban por los muelles como un reloj de arena recién volteado.

Aquellos turistas eran la principal razón por la que su padre cuestionaba su elección de trabajos de verano.

«Son como langostas, Ileana, hambrientos y totalmente egoístas.

Te ofrezco una oficina en la esquina del centro cultural y económico de la isla, ¿y tú eliges eso?

». Cuando hacía declaraciones así, ella miraba sus calculadores ojos marrones y se preguntaba cómo podían estar emparentados.

Lo que le habría gustado responder, aunque no lo hacía —lo cierto es que le daba un poco de miedo— es que ella siempre elegiría estar aquí abajo con la gente antes que arriba, en la torre de cristal de su empresa.