2. La mano que da de comer
La mano que da de comer
Isabel Cañas
Esta historia comienza como la mayoría de las historias de mi bisabuela: con una madre en la cocina y comida en el fogón.
Pero también con un grito y una mano que señala acusadora.
—Madre de Dios, ¿qué es eso?
El grito atraviesa la delicada piel de las orejas de la cachorra de lobo. Disipa los aromas del hogar humano: comino, caldo hirviente, humo de leña.
El niño abraza con fuerza a la cachorra para protegerla, pero su madre se cierne sobre ellos con actitud agresiva y una cuchara de madera como un arma.
—Mamá, tiene hambre.
—¡Sácala de mi cocina!
Las manos agarran a la cría y la arrojan junto a la basura tras la casa, al frío seco de la noche. Las puertas se cierran de golpe. El sonido le estremece los huesos.
Es la última vez que la cría verá al niño que le secaba el pelaje empapado por la lluvia y las delicadas orejas, el que le traía restos de la mesa de su manada.
Si tuviera labios, temblarían, y sus ojos se humedecerían con lágrimas de debilidad, pero ella es colmillos y patas y un pelaje gris irregular y medio crecido y un hocico aún moteado con el arroz que le dio el niño.
Ese hocico siente que los desechos que la rodean tienen algo que ofrecer.
La manada del niño es demasiado pobre para tirar comida, pero percibe en el aire el olor de los huesos, el indicio de un espíritu que una vez vivió. Se arrastra a cuatro patas, con las costillas doloridas por el golpe contra la tierra compacta, y se encamina en dirección al olor.
Apartando las cenizas con las patas, encuentra su presa: unos huesos. Costillas, para ser precisos, y de cerdo, si hay que creer en el persistente aroma.
Tras ella, un destello de luz. Se aparta, pero no lo bastante rápido.
—¡Vete!
Una piedra le golpea el hombro. Se le corta la respiración al tropezar hacia un lado.
Agarra la costilla de cerdo entre los dientes, da media vuelta y huye.
La cachorra cava una madriguera poco profunda bajo la arboleda de mezquites, lejos de la vista de la casa, pero lo bastante cerca como para seguir sintiendo el olor a leña y el calor de la manada reunida.
Le duele el estómago, y su vacío apenas lo sacia un puñado de arroz.
El pesar en su corazón se hace más profundo.
Gira la costilla entre las patas con experta delicadeza: tres veces hacia la izquierda, hasta que queda apuntando hacia el este, donde la luna se eleva y baña el chaparral con una dulce luz plateada.
—Nunca me escuchas.
Alza la vista y ya no está rodeada de mezquites. En su lugar, se encuentra ante las brasas moribundas del fuego de La Huesera.
La Huesera: la creadora de monstruos, la madre de los huesos.
La cachorra agacha la cabeza y mete el rabo entre las patas.
—Te hice más fuerte que esto, Lobita.
Pero La Huesera también la hizo solitaria. Sin manada bajo las frías estrellas.
—Ya sabes lo que dicen los hombres de los lobos: que muerden la mano que les da de comer. No se puede confiar en quien no da nada a cambio.
Lobita se rasca la cara con las patas. Le pica el hocico, como si fuera a estornudar; de repente, su garra se engancha en la piel y tira con fuerza.
El tendón se rompe y se separa del músculo. El cartílago se estira y se desgarra lentamente. Como siempre, un cálido hilo de sangre le recorre los dientes mientras se arranca la piel.
Se derrumba ante ella, una suave piel en sus manos desnudas, sin garras y enrojecidas por la luz de las brasas. Se pasa la lengua por los dientes. Están resbaladizos por el cobre tras la matanza, pero lisos, suaves, dispuestos a hablar.
—Pero yo no quiero ser tan fuerte —murmura. Se le cierra la garganta, seca como una planta rodante, huesos viejos que se astillan en el desierto—. No quiero estar sola.
La Huesera se inclina hacia delante. Sus trenzas son cuerdas de acero que se balancean.
Su piel huele a sol y a vejez, pero sus ojos crepitan con un fuego eterno que podría quemar hasta los talones del diablo con su calor.
Los monstruos de este mundo son sus cachorros; su amor por ellos es a la vez duro y, con un toque cruel y rápido del viento, dolorosamente tierno.
Toma un mechón de pelo negro y lo coloca tras la oreja de Lobita.
—Nunca estarás sola si puedes llamarme. —La Huesera apoya la palma de la mano en una rodilla y pellizca la costilla del cerdo entre sus dedos arrugados por el tiempo—. ¿Qué voy a hacer contigo? —susurra, admirando su corva.
El viento amargo araña la piel desnuda de Lobita. Hacer, hacer, hacer. Una creadora obsesionada con la creación, pero no con el cuidado de sus criaturas. No como Lobita, que ansía que la cuiden.
Para eso, necesita una manada. No importa lo que diga La Huesera.
El sol sale y se pone en el desierto cien veces, mil veces más.
El ganado muge. Los coyotes corretean durante la noche.
Lobita se convierte en la Loba, y la Loba tiene hambre, porque las presas escasean y la escarcha azota las laderas del norte de las colinas.
Pero más que el estómago vacío, lo que la impulsa son los olores de los animales domésticos —cabras, ovejas, ganado— y los perros guardianes.
Una música jubilosa la incita durante kilómetros, y al poco tiempo se le suman los olores del sudor y el golpeteo rítmico de los pies.
Hay una fiesta en el ranchito.
Una vez robó un vestido para un momento como este y lo escondió en lo profundo del chaparral.
Ahora lo lleva en la boca, con la tela drapeada con delicadeza sobre los colmillos.
Cuando ve las llamas saltarinas y el baile, se despoja de su piel y la sustituye por una seda tan roja como la carne del corazón.
La multitud de humanos es tan densa que piensa que nadie notará la llegada de una mujer extraña con el pelo negro cayéndole por la espalda y los pies descalzos y enrojecidos por el frío.
Se equivoca. Alguien la ve.
Jamás podría afirmar que es el mismo chico que la amaba cuando eran cachorros, pero huele igual: a cocina, caldo, café. Huele como si tuviera un hogar. Pero no huele a mujer, y eso quizás signifique que tiene un hogar que compartir.
La toma de la mano, con unos ojos oscuros que brillan como la hoguera, relucientes de un anhelo que podría parecerse a la codicia. Ella siente su eco en el pecho. Está ávida de contacto, de que alguien la vea.
Ya se sabe lo que dicen los hombres de los lobos: muerden la mano que les da de comer .
Las palabras de La Huesera hacen saltar una alarma en lo más profundo de su ser, un estremecimiento tan suave e indescriptible que pasa casi desapercibido.
Es fácil ignorarlo.
—¿Sabes bailar? —le pregunta el hombre. Pero lo que quiere decir en realidad es: ¿Se dejará llevar por sus brazos? ¿Lo seguirá a su mundo?
—Puedo aprender —responde ella.
Y ella lo intenta. Vaya si lo intenta. Lo intenta con más ahínco que cualquier mujer nacida de hombre: se trenza el pelo con fuerza; se obliga a acostumbrarse al peso de las faldas hasta los tobillos; enseña a sus torpes dedos a moler maíz y café para su nuevo marido.
La casa es un jacal de trabajadores en la amplia extensión del rancho de un hombre rico: todo es un patio luminoso y aireado con suelos de tipichil en el exterior y habitaciones oscuras en el interior.
Ella se sienta en el patio bajo el pálido sol y olfatea el viento.
Permanece en la cocina al aire libre mucho después de las comidas, cuando la leña se reduce a brasas dormidas, y no piensa en la habitación de atrás.
Su noche de bodas fue de palmas ásperas sobre piel desnuda, de dientes sobre el cuello y los hombros.
Pero cuando esa hambre se sació, ella tenía otra sed: ansiaba su piel de lobo.
Sin ella, su aliento le parecía débil. Así que, llena de amor y de la arrogancia de haber logrado un hombre y un hogar, sacó su piel de donde la había escondido bajo la cama.
Su marido, apoyado en los codos entre las sábanas, frunció el ceño; luego, cuando ella se transformó, se puso de pie de un salto.
Ella había mirado fijamente el cañón de muchas armas.
Pero nunca tan de cerca.
Se desnudó de nuevo, con la piel humana resbaladiza y chorreante por la sangre de la transformación y agria por el sudor del pánico.
La habitación trasera es estrecha, oscura y poco profunda, poco más que un armario.
Ahí fue donde se dirigió su marido cuando agarró su piel de lobo del suelo, todavía desnudo, con el arma apoyada en el antebrazo. Se arrodilló frente a un sencillo cofre de madera, lo abrió de un tirón y metió dentro la piel de lobo.
Más tarde, la Loba se enteró de que una bruja con patas de gallina se lo había vendido en Tampico. Estaba hechizado para que solo se abriera con su mano.
Nunca lo cerró con llave.
Nunca tuvo que hacerlo.
Cuando el invierno cierra sus fauces sobre la tierra, la Loba sabe que debería retirarse al interior, pero anhela la caricia de sus fríos colmillos. Se desliza fuera de la cama. Deja sus botas en la puerta.
—Estoy agradecida —le dice a su reflejo en el arroyo iluminado por la luna, pero el rostro de la mujer le resulta extraño: no reconoce la piel arrugada en las comisuras de la boca y los ojos.
El reflejo cambia, como si frunciera el ceño, como si quisiera preguntar: ¿No te faltan los colmillos?
Por eso, la Loba añade—: Por fin tengo un hogar. Una manada.
Cuando regresa al jacal, se reencuentra con las palmas de su marido. La cubre de moretones.
Primavera. Su marido lleva el ganado a San Antonio. Le gusta la cama fría. Duerme tranquila. No se mueve, no da vueltas y nunca, jamás, piensa en esa habitación trasera ni en su piel sedienta en la oscuridad.
Por la noche, se adormece en la cama fría, escuchando cómo la piel araña el interior del cofre. Imagina marcas de garras. Sueña con la flexión de la madera bajo las uñas, el estiramiento de los dedos de los pies contra una superficie inamovible. Oye el crujir de las astillas.
Se despierta en la habitación trasera, de rodillas, con astillas bajo las uñas destrozadas. Apoya la mejilla contra el cofre y siente el crujir de la sal secándose en sus mejillas.
Un latido retumba dentro del cofre.
Su pecho está en silencio.
El sol blanco le hace zumbar la cabeza. Las mujeres del ranchito observan que los huesos de la Loba son cada vez más pronunciados.
Desconsoladas, charlan con complicidad durante la merienda. La agasajan con panes dulces y le prometen que su marido volverá pronto para llenarle el vientre con un bebé.
La Loba vomita de inmediato tras la cocina.
Prueba con un machete. Prueba con un cuchillo de carnicero. Prueba con piedras. El suelo de la trastienda está manchado de sangre seca.
Camina de un lado a otro. Sus pasos son irregulares, lastrados por la desesperada necesidad de otras dos piernas. Respira con dificultad. Le arde la frente por la fiebre.
Con el rabo entre las piernas, se tambalea hasta la basura de la cocina.
Un hueso, una costilla de cerdo. Qué apropiado, piensa derrumbándose ante la pequeña mesa.
Gira el hueso tres veces hacia la izquierda y, cuando apunta al este, el jacal se agita, pero no desaparece. No hay rastro del fuego de La Huesera.
—No. —Es un ladrido seco y quebrado, demasiado exhausto para las lágrimas, demasiado reseco para la ira.
Gira el hueso de nuevo. Una vez más. Otra más todavía .
—Te crie para que fueras más fuerte.
La Loba se da vuelta, jadeando, con los ojos muy abiertos. No ve nada extraño en la cocina… pero es la voz de La Huesera la que resuena en las brasas del fuego agonizante.
—Me estoy muriendo —gruñe la Loba—. Ayúdame.
—¿Ayudarte, chamaca? —pregunta La Huesera con una voz más seca que la leña—.
¿A ti, sinvergüenza, que despreciaste mis amorosos consejos y los tiraste al viento?
Te dije que pasaría esto y, sin embargo, aquí estás.
¿Por qué no debería sentarme a esperar que te consumieras y hacer algo útil con tus huesos?
—Tú —dice la Loba, y el sonido es tan seco, tan áspero que apenas parece una palabra— eres mi madre. —Su aliento apenas evita que la oscuridad se adueñe de los rincones de su mirada—. Aún puedo llamarte. De modo que no estoy sola.
El calor se propaga desde el fuego. Un murmullo; tal vez un resoplido, puede que hasta afectuoso.
—Cuéntame lo que pasó.
La Loba lo hace.
La Huesera examina los restos: la pistola, el cofre embrujado, los machetes, las piedras y la sangre en el suelo.
—Bueno —dice al fin—, parece que solo su mano puede abrir el cofre.
El fuego de la cocina está casi apagado cuando el marido de la Loba regresa al fin.
El tacón de las botas en el patio, el chasquido de las espuelas. El largo chirrido de la puerta al abrirse.
El crepúsculo se fundió hace tiempo en un negro aterciopelado.
Los vaqueros regresan triunfantes al ranchito tras su largo viaje hacia el norte.
El olor del marido inunda la sala más grande del jacal: sudor, cuero, caballo, aguardiente.
Pimientos rojos asados, las marcas quemadas en las tortillas y el puerco marinado.
La Loba no se unió a las otras esposas que preparaban la comida para dar la bienvenida a los vaqueros.
Ella le espera aquí.
Disimula su olor en la brisa que cruza la cocina abierta. Oculta su silueta entre las sombras. La oscuridad la ha perseguido como un fantasma, mano a mano con el hambre y la sed; ahora, se la echa sobre los hombros como un manto y se arrastra hacia delante.
Su mano sin garras se aferra al mango de un cuchillo. Se pasa la lengua por los dientes: son planos y lisos, pero no por mucho tiempo.
Una loba como ella no muerde la mano que le da de comer. Siempre ha estado demasiado hambrienta de ternura. Tan hambrienta que besaba la palma que le ofrecían, aunque estuviera envuelta en espinas.
Débil , diría La Huesera, y tal vez tendría razón. Ni siquiera la Loba está tan segura.
Pero de esto sí está segura: incluso sin piel de lobo, el salto será silencioso. Incluso sin su buen olfato, sabe dónde corre la sangre fragante, caliente y cerca de la piel.
Esta vez, cuando cojea hacia la trastienda, su respiración se vuelve irregular por la anticipación. En lugar de un machete, una piedra o un cuchillo, sus dedos se aferran a la muñeca de su marido.
Se arrodilla ante el cofre encantado. Con delicadeza, incluso con ternura, coloca la palma de su mano contra el pestillo y le abre los dedos, no le importa que la muñeca cortada le manche la falda con su sangre espesa.
Pasa un largo momento. Latidos atronadores. Las gotas de sangre en el suelo.
Entonces, se abre el pestillo.
La Huesera tararea para sí mientras cuenta su última ofrenda. Los huesos secos de la mano de un hombre chocan entre sí en su palma. Los pincha con la punta de su cuchillo de trinchar, entrecerrando los ojos bajo la luz roja de las brasas.
—Monstruoso en vida, monstruoso en muerte —murmura—. ¿Qué haré contigo? ¿Una llave para el inframundo? ¿Un dado tallado cuyas caras presagien la muerte? ¿O tal vez una simple pipa?
Se ríe. No le habla a nadie. Hay huesos y una mujer y el brillo de un cuchillo, y el largo y lejano eco de un aullido en el viento.