Lo que nos siguió a casa 1. Flores azules #2
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1. Flores azules #2

Cierro los ojos, me tapo con las sábanas para no sentir frío.

Estoy cansada, pero no puedo dormirme porque los dientes pequeños y afilados me muerden, me congelan la piel.

Las sábanas tienen un peso anormal, como si alguien se hubiera sentado sobre ellas.

Intento moverlas, pero no puedo. Mi cuerpo no responde.

Solo puedo abrir los ojos y pestañear. Estoy prisionera en mi cuerpo inmóvil.

Siento que el peso de las sábanas se traslada a mi pecho.

Me cuesta respirar. Cierro los ojos. Intento mover un dedo, una pierna, pero mi cuerpo no reacciona.

No quiero abrir los ojos porque algo toca mi cara.

No es una caricia, es como si me quemaran la piel con un hielo.

Trato de gritar, pero no puedo. Oigo el hacha de Hermano.

No es posible que corte leña tan tarde. Mi cuerpo tiembla con cada golpe, aunque no puedo moverme.

No puedo controlar las lágrimas que caen de mis ojos y me humedecen los pómulos, el cuello.

Algo susurra en mi oído izquierdo. No es un sonido humano, pero dice mi nombre.

Abro los ojos y ahora puedo moverme. Grito, enciendo la luz de la lámpara de aceite.

Me saco las sábanas, las tiro con asco y desesperación.

Siento que el hacha golpea con más fuerza, más rápido.

Salto de la cama y escapo de mi cuarto, salgo de la casa, corro por la hierba seca.

Corro sin parar, hasta que me doy vuelta y veo que, a lo lejos, la casa está a oscuras, no hay hacha, ni sombras. Me duermo en la tierra.

Me despierto con el rocío de la mañana. El día amaneció nublado.

Me limpio con el agua de los tambores metálicos.

Sacudo mi pelo sucio de tierra y hierba seca e intento arreglarlo.

Miro mi imagen y tengo ojeras. Bostezo, me toco los ojos porque me cuesta abrirlos.

No quiero recordar lo que pasó durante la noche.

Pienso que lo imaginé, que fue una alucinación, que estoy muy cansada. Pero mi cuerpo sabe que fue real.

Voy a la casa, entro rápido a mi cuarto, me saco el camisón con manchas de tierra, y me pongo un vestido y un delantal limpios.

Espero a mi hermana en la puerta del cobertizo para saludarla y empezar con las tareas, pero no viene.

Tampoco veo la carreta en la entrada de la casa.

Padre y Madre la usan para ir al pueblo.

Ayer vi a Madre con un pequeño ramo de flores azules, pero cuando me vio lo escondió en el bolsillo del delantal.

Miro mi reflejo en el agua estancada y mi cara no tiene ninguna expresión.

Golpeo el agua con mi mano izquierda y borro mi imagen.

Escucho pasos y es Hermano que viene con el hacha.

Camina despacio y me mira, sin pestañear.

Las piedras de los ojos son frías. Sin hablarme levanta el hacha y rompe el candado de un solo golpe.

Abro los ojos y la boca, pero no emito ningún sonido, solo pienso que Padre se va a enojar.

Hermano me agarra del brazo con fuerza y me mete en el cobertizo.

Quiero pegarle con el brazo libre, pero me sacude hasta tirarme en el piso sucio.

Me levanto con rapidez porque estoy enojada, porque no quiero hablarle a Hermano desde el piso.

Cuando estoy a punto de gritarle, a punto de preguntarle por qué me odia tanto, me señala la escalera rota, y me dice: «Hoy es el aniversario».

No entiendo a qué se refiere. Hermano se enoja y patea uno de los baúles donde guardamos las cosas que no usamos.

La tapa se abre por el golpe y veo el vestido con flores azules de mi hermana.

Me acerco al baúl, me arrodillo y, con mucho cuidado, toco el vestido.

Está almidonado y alguien lo dobló con delicadeza.

Las flores brillan como pequeñas estrellas fugaces. Entonces lo recuerdo todo.

Me golpea un dolor como si me abrieran el pecho, como si me lo partieran en dos.

Es tan fuerte que me obliga a acostarme en el piso sucio, a ponerme en posición fetal para contener el alarido.

En mi mente veo a mi hermana con el vestido con flores azules.

Oigo el hacha de Hermano afuera, pero los golpes no me afectan.

Me veo llamando a mi hermana desde la cima de la escalera que tiene la baranda floja que Padre nunca arregló.

Pero no soy yo, es la que vive en los espejos.

También tiene los ojos demasiado grandes y el pelo negro.

Pero el de ella es brillante y lo tiene suelto.

Mi hermana sube la escalera y la otra la empuja.

La otra mira cómo mi hermana cae hasta que oye el sonido del cuello quebrándose.

El hacha de Hermano para. La otra sonríe en todo momento, es una sonrisa interna que nadie ve.

Sonríe hasta cuando ve a Hermano, que entra corriendo y grita, y la otra dice que fue un accidente, que la hermana resbaló; sonríe hasta cuando abraza a Madre que llora; sonríe hasta cuando consuela a Padre que grita de rabia y se culpa porque no arregló la baranda; sonríe hasta cuando limpia los pedazos de los espejos que alguien rompió la noche de la muerte de mi hermana.

Sonríe hasta cuando cubren con tierra el pequeño ataúd, hasta cuando ve cómo las personas vestidas de negro se alejan.

Entonces se queda parada sobre la tumba, estira los labios y sonríe de verdad.

Sonríe mostrando los dientes, mientras arrastra los pies y dibuja pequeñas alas sobre la tierra húmeda.

Se mueve como si bailara, pero nadie la ve.

Me quedo inmóvil en el piso sucio. Quiero desaparecer, pero me levanto.

Miro a Hermano, me arreglo el pelo, contengo las lágrimas mientras sacudo el vestido y el delantal.

Miro los espejos rotos, pero no hay nada.

Cierro la tapa del baúl y salgo del cobertizo sin decir una palabra.

Camino hacia el río. Siento los pasos de Hermano que me sigue.

Es Hermano el que me da las piedras para guardarlas en los bolsillos del delantal.

Son pesadas. Quiero mirarlo a los ojos, pero no lo hago porque Hermano ya sabe, porque siempre vio a la otra dentro de mí.

Me meto en el río. El caudal corre con fuerza.

Tengo frío, pero es un frío distinto porque no me lastima.

Antes de sumergirme, veo a mi hermana en la orilla.

Me mira con esos ojos que parece que sonríen.

Su pelo brilla, aunque no haya sol. Las flores azules de su vestido se agrandan hasta desaparecer. Después, solo me rodea el agua.