Lo que nos siguió a casa 1. Flores azules
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1. Flores azules

Flores azules

Agustina Bazterrica

(Versión original)

«Produzco abanicos, como pequeñas alas, arrastrando mis pies sobre la tierra seca».

N ICOLÁS N UCCIARONE , «El propósito»

«En el cobertizo hay fantasmas», dice mi hermana mientras apoya la mano sobre la madera de la puerta cerrada.

Me mira con esos ojos que parecen estar siempre sonriendo, pero lo dice seria.

Noto un pequeño temblor en su boca apretada.

Le contesto que no, que no hay fantasmas, que los fantasmas no existen.

Saca la mano y grita, aunque en realidad me parece que está susurrando: Pero los vi , y me señala dos cajas apiladas por donde trepó para llegar a la ventana sucia.

El sol de la mañana la ilumina y su pelo se enciende como si estuviese hecho de un material muy brillante, casi irreal.

Es del color de esas pepitas doradas que encontramos en la orilla del río, cuando juntamos lirios azules.

«Solo viste sombras y las sombras no son fantasmas», le digo, aunque sé que no es cierto.

Mi hermana se muerde el labio inferior con sus dientes pequeños, es una mueca que hace cuando no me cree.

Vemos a Madre entrando en el tambo y mi hermana se va corriendo por la hierba seca.

Levanta los brazos imitando el vuelo de un pájaro.

Su vestido de flores azules pierde color mientras se aleja.

Le gusta acariciar a las vacas cuando Madre las ordeña.

Yo me quedo observando mi reflejo en el agua de lluvia estancada que guardamos en tambores metálicos.

No me gustan mis ojos porque son demasiado grandes para mi cara y mi pelo negro tiene el color de las plumas sucias de los cuervos, por eso me lo arreglo y me lo ato.

Siempre me peino con el reflejo del agua de los tambores porque, un día, todos los espejos de la casa se rompieron y Padre tuvo que sacarlos.

A mi hermana le gustaba mirarse en esos espejos, a mí no, porque en uno de los libros que Hermano guarda, leí que la imagen del espejo te puede matar, que no es realmente uno, es alguien más y hay que temerle porque solo quiere ocupar tu lugar.

Miro mi reflejo en el agua estancada que se mueve con pequeñas ondas por la brisa de verano.

Creo ver en mi cara una sonrisa que no es mía porque no es una sonrisa, parece que lo es porque estiro los labios y muestro los dientes, pero es otra cosa.

La boca del reflejo intenta decir algo, pero no quiero mirar, ni saber, entonces toco el agua y borro mi imagen.

Oigo el hacha de Hermano cortando leña. Es un sonido que me lastima, como si el hacha pudiese herirme. Cada vez que el hacha golpea la madera, mi cuerpo tiembla.

Es hora de hacer las tareas que me corresponden para que Madre no se enoje.

Antes de irme toco el candado color plata de la puerta del cobertizo.

Un día Padre la cerró. Él es el único que tiene la llave.

A veces me subo a las cajas apiladas para poder llegar a la ventana sucia y mirar dentro del cobertizo.

Hay una escalera con la baranda rota, muebles antiguos, cosas que ya no usamos que guardamos en dos baúles grandes, mucho polvo, y los espejos destrozados.

A veces creo ver sombras, como las que vio mi hermana.

A veces, si me quedo muy quieta y en silencio, en los espejos rotos creo ver a la otra, a la que vive en ellos. A mi otra yo.

Me voy corriendo porque tengo que recolectar los huevos, limpiar el gallinero, contar las gallinas y revisar que estén sanas porque, este año, una desapareció y a otra la encontramos con el cuello roto.

Tengo que lavar ropa, y ayudar a Madre con el amasado del pan.

Debo buscar la ropa sucia de los canastos de cada cuarto, pero no me gusta entrar en la casa, prefiero estar al aire libre.

En la casa hace frío aunque sea verano. Es un frío que duele como si dientes pequeños y helados lograran traspasar mi piel, mordiéndola constantemente.

Aunque encendamos todas las luces la penumbra absorbe el resplandor. Y están las voces. En la oscuridad.

Voy al cuarto de Padre y Madre. En el canasto dejaron dos juegos de sábanas.

Los rayos del sol no traspasan las ventanas, como si desaparecieran al momento de entrar en la casa.

Agarro con rapidez las sábanas y escucho que alguien dice mi nombre, pero el cuarto está vacío.

No quiero mirar y me voy corriendo al cuarto de Hermano.

El canasto está lleno. Siempre lleno. Hermano me odia.

Ensucia más ropa de la que debería. Me siento en la cama con algo de frustración porque no entiendo el desprecio de Hermano.

El frío me lastima las manos. Alguien o algo respira en las sombras.

Pienso que puede ser Hermano que me observa en silencio, pero oigo el hacha, el sonido inconfundible de Hermano cortando leña, la rabia que descarga con cada golpe.

Cierro los ojos con fuerza y salgo corriendo, cargando el canasto lleno de ropa.

Nunca entro al cuarto de mi hermana porque es Madre la que le lava el vestido.

Mi hermana se encaprichó con su vestido con flores azules y nunca quiere sacárselo.

Pienso que Madre le habrá confeccionado varios con la misma tela porque cuando le quisieron poner otro, mi hermana se escapó y estuvieron dos días buscándola.

La encontraron durmiendo en el cobertizo, dentro de uno de los baúles antiguos.

Estaba trabado por fuera. Mi hermana no le contó nada a Padre, pero después me dijo que yo le había susurrado que se escondiera en el baúl para darle una lección a Madre.

Por más que lo intento, no recuerdo haberle dicho nada.

Madre me llama para amasar el pan y me pongo el delantal sobre el vestido.

Me gusta tocar la masa porque muevo mis manos y no siento tanto frío.

Madre no me mira, casi no me habla. Mejor así.

Me concentro en la masa para no ver la sombra que Madre tiene detrás.

La sombra no es nueva, hace un tiempo que acompaña a Madre, que se encorva bajo su peso.

Es negra, pero de un negro que nunca vi.

Es un negro más negro que el negro de las piedras negras del río, más negro que el cielo negro de las noches cerradas, más negro que el círculo negro de los ojos de Padre.

Padre también tiene una sombra que lo persigue, pero como pasa casi todo el día trabajando la tierra, la veo solo a la noche y no siempre.

A veces creo que la sombra de Padre ya es parte de Padre.

Mi hermana todavía es pequeña para amasar el pan.

Recuerdo cuando Madre llegó con ella en brazos.

Yo era una niña y nunca había visto a alguien tan frágil y hermoso.

La toqué y mi hermana agarró mi dedo con su manecita de bebé.

Ahora está sentada en una de las banquetas y su carita llega al borde de la mesa.

Le ensucio la nariz con un poco de harina y se ríe con los ojos, pero su boca está cerrada.

Madre no nos mira y veo que los dedos de la sombra se apoyan sobre el hombro de Madre y se estiran, se alargan hasta cubrir su pecho.

Son como patas de una araña deforme. Madre deja de amasar el pan un momento y se limpia los ojos con la punta del delantal blanco. Creo que llora, pero no estoy segura.

Mientras Madre pone el pan en el horno de barro, me voy con mi hermana al río a juntar agua para lavar la ropa.

Hermano sigue cortando leña y cuando pasamos deja el hacha a un costado.

Me mira en silencio, con los ojos duros, ojos llenos de piedras verdes iguales a las que están recubiertas de musgo en el bosque.

Lo saludamos, pero él nos ignora como siempre.

Lavo la ropa con energía. Mi hermana se va a buscar flores.

La miro en la distancia mientras trato de sacar las manchas de sudor de las camisas de Hermano.

La imagen de mi hermana se desdibuja entre los árboles.

Me paro y le grito, pero ella me mira perpleja, con una mirada desenfocada, y desaparece en el bosque.

Corro, la busco, la llamo, pero solo escucho el agua del río que fluye con rabia.

Ya volverá, como lo hace siempre. Sigo fregando y el sol calienta mi cuerpo helado.

Trabajo con ganas para llegar agotada a la noche, para rendirme del cansancio, para que apenas mi cuerpo toque las sábanas mis ojos se cierren y no tengan que ver lo que vive en la oscuridad.

Ya es de noche, y busco algo para hacer en la casa, para mantenerme ocupada, pero está todo limpio, no hay tareas pendientes. Están todos durmiendo y, aunque no quiera, me voy a mi cuarto.