Chapter 15
—C reo que se está despertando —dijo la señorita Potter. Y después, levantando la voz—: ¿Alex? Alex, ¿me oye?
Sabía que no servía de nada contestar, con el silencio sofocándolo todo. Aun así, la señorita Potter me estaba hablando, lo cual quería decir que o bien yo seguía con vida o ella había muerto también. Lo mismo me daba una cosa que otra. Mientras pudiera volver a dormirme, ambas me parecían bien.
—Alex, esto va a ser más fácil si puede incorporarse.
Pensándolo bien, esperaba que la señorita Potter no hubiera muerto.
Angus se pondría muy triste. Pero, claro, si ella seguía con vida, entonces lo más seguro era que yo también, y eso me parecía poco probable.
Tenía un regusto infame en la boca. Dudaba mucho que las bocas de los vivos tuvieran permitido saber así.
La señorita Potter dijo algo que no llegué a entender.
Parecía preocupada. Oí que le respondía un murmullo grave, y reconocí la voz de Angus.
Quizás estuviéramos muertos los tres. No pasaba nada.
La señorita Potter iría al cielo de los micólogos, donde la Real Sociedad Micológica publica artículos escritos por mujeres, y Angus podría acompañarla. Yo podría quedarme aquí y dormir.
—Easton —dijo Angus con un tono un tanto severo.
Me habría gustado tranquilizarlo, pero, claro, él no me habría podido oír. Quizás habría podido usar la mímica, pero me parecía demasiado esfuerzo.
—¡Easton, informe!
Me erguí como un resorte. Hasta estando fiambre en mi ataúd habría respondido a aquel tono de voz. Abrí los ojos de golpe. Me escocían, en parte por la luz repentina, pero también porque hasta aquel momento había tenido los párpados pegados y me había arrancado unas cuantas pestañas al abrirlos.
Es probable que a los muertos no les preocupen sus pestañas. Además, seguramente tampoco les duela tanto la cabeza como a mí había empezado a dolerme de repente.
—¿Gué…? —dije, y me dio un violento ataque de tos.
—Angus —dijo la señorita Potter con severidad—, eso ha sido un poco cruel.
—Pero ha funcionado, ¿o no?
Una masa informe y borrosa de color carne adquirió las facciones de la señorita Potter.
—Teniente —dijo, apoyándome con delicadeza contra una montaña de almohadas—. Qué alegría que haya vuelto con nosotros.
Inhalé con cuidado. No me dolió tanto como en el sueño. Tampoco fue una sensación agradable, exactamente, pero al menos el aire entró y volvió a salir. Notaba la tos acechando al fondo de mis pulmones e intenté que permaneciera ahí.
—Toma —dijo Angus con tono huraño, y me sostuvo una taza en los labios.
Tenía un gusto infame, pero reconocible. De hecho, sabía exactamente como el interior de mi boca, lo cual probablemente quería decir que ya lo había bebido antes.
—¿Gué…? —repetí, algo más coherente—. ¿Gué ha basado?
—Ha tenido neumonía —contestó la señorita Potter—. El médico ha venido dos veces a verle.
—Al final tenía que haber construido esa dichosa sauna —añadió Angus.
Intenté tomar otro sorbo de aquella infusión nauseabunda. Supuse que era medicinal. El olor me despejó la nariz como un zorro despeja un gallinero. Mientras me lo hubiera dado el médico y no la viuda, no pedía más.
De pronto me di cuenta de que no llevaba camisón.
Me habían puesto una especie de cataplasma que olía a muerte y alcanfor, lo cual no aportaba gran cosa en cuestión de modestia.
Cierto era que mis pechos eran bastante insignificantes, pero no dejaba de resultar un poco violento, sobre todo teniendo a una muy respetable dama inglesa al lado. Intenté cubrirme con las manos.
—Esto… —dije—. ¿Podría… tal vez…?
—Por supuesto —concedió la señorita Potter, toda tacto, poniéndose en pie—. Iré a preparar más té.
Angus esperó hasta que se hubo marchado y después me ayudó a ponerme una camisa. Tenía la fuerza suficiente para meter el brazo por una de las mangas, pero el movimiento me agotó demasiado como para meter el otro. Angus me la puso por mí, al tiempo que me leía varias cartillas consecutivas.
—La señorita Potter te ha salvado la vida, pedazo de animal. ¿Se puede saber qué puñetas hacías deambulando por ahí en camisón?
Lo miré y pestañeé sin fuerza.
—¿Cómo dices?
—¿Qué demonios hacías? ¿Estabas bolinga, o qué?
Sacudí la cabeza, intentando despejarme, lo cual fue un error táctico. La habitación empezó a dar vueltas. Me sujeté la cabeza y solté un gemido débil. Para cuando pude volver a centrar la vista, la señorita Potter había vuelto con una bandeja de té humeante.
—Angus —dijo—, no le grites hasta que se encuentre mejor.
La segunda taza contenía té normal y corriente y me supo a ambrosía.
—Mi casa y mis tierras son suyas —prometí a la señorita Potter en un extravagante despliegue de gratitud.
—No sé si las quiero —respondió—. Al menos este lugar parece traer mala suerte.
El recuerdo de mi pesadilla se había difuminado un poco, pero al oír sus palabras volvió todo en un gran clamor. Estuvo a punto de caérseme la taza.
—¡Bors!
—Está bien, hasta donde yo sé —dijo Angus—. El cura dice que se está recuperando mejor que tú. La viuda se lo llevó a casa hace tres días.
—¿Tres días…? —Recordé lo que había dicho sobre las dos visitas del médico—. ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
—Me tropecé con usted hace cuatro días —dijo la señorita Potter—. En la fresquera, ni más ni menos.
—¿Qué?
La señorita Potter asintió.
—Por la mañana temprano. Me di cuenta de que no había conseguido una buena esporada de la Mycena y pensé en tomar otra. Y en vez de las setas ahí estaba usted, de bruces y con medio cuerpo en el agua. Temí que se hubiera ahogado.
—Qué suerte has tenido de no palmarla —gruñó Angus—. Tenías la piel más fría que el cul…
Recordó la presencia de la señorita Potter y cerró la boca de sopetón.
—Que las zarpas de un lobo —continuó la señorita Potter con tono apacible—. ¿En qué estaba pensando, teniente?
—Pero yo no estaba en la fresquera.
Me llevé la mano al dolor punzante de la frente. Al apretar la mandíbula, sentí el zumbido del tinnitus y me perdí la primera mitad de su respuesta.
—… encontré, desde luego.
—Yo salí del establo y vine aquí directamente —dije despacio—. Lo recuerdo. Y los caballos se desintegraron, y después… ¡Dios santo, los caballos!
Intenté incorporarme otra vez, me doblé justo como no debía y me dio la tos otra vez.
—Los caballos están bien —me aseguró Angus al tiempo que me aporreaba la espalda.
Algo por dentro se soltó y me dolió una barbaridad, y la señorita Potter me pasó un pañuelo como si oír a alguien echar los pulmones por la boca le pasara todos los días.
Esperaba que su país fuera consciente del perfecto ejemplo de flema británica que era aquella mujer—.
Hob está un poco aburrido, pero nada más.
—Claro, cómo no… —farfullé, y volví a hundirme en las almohadas. Me sobrevino un pensamiento—. Pero si la viuda no está, ¿qué hay del… decoro?
—Bah, al cuerno el decoro —dijo la señorita Potter.
Angus alargó la mano y tomó la de ella. Yo sonreí, creo. O, al menos, lo intenté. Hasta los labios me dolían.
—¿Por qué te preocupan los caballos? —preguntó Angus.
—Nada, por un sueño que he tenido. Estaba en Bulgaria otra vez, y la moroi estaba allí…
—Quizás tuvo un episodio de sonambulismo —aventuró la señorita Potter.
Eso era lo que más sentido tenía. La neumonía podía provocar fiebre y alucinaciones. Quizás ya estaba enfermando para cuando tuve aquel sueño, y tomó esa forma para explicar el dolor que sentía en el pecho y la escapada febril a través del patio.
Era todo muy lógico y muy racional. Y no me creía ni una palabra. Pero me bebí la medicina y dejé que Angus me echara la bronca, que es su forma de mostrar afecto, y al final la señorita Potter le ordenó que parase de atosigarme y me dejara dormir.
No soñé ni con la moroi ni con la guerra.
— oOo —
—No estás en condiciones de hacer esto —dijo Angus—. Deberías estar en la cama todavía.
—Tienes toda la razón —repliqué—. Coge tú la pala.
Habían pasado unos días y estábamos en la fresquera.
Yo ya me había recuperado lo bastante como para salir de la cama, según el doctor Virtanen —que no según Angus—, aunque había recibido órdenes estrictas de no hacer nada que pudiera fatigarme.
Lo cierto era que me encontraba mucho mejor, aunque la señorita Potter estaba convencida de que la más mínima exposición de mi piel al aire me haría volver a enfermar.
Así pues, me había envuelto en tantas mantas y bufandas que parecía un colorido montón de paja puesto a secar.
A mi juicio, era muy improbable que contrajera otra neumonía. Me había recuperado a una velocidad casi sobrenatural. El doctor Virtanen lo había atribuido a llevar una vida sana. Yo lo atribuía a la ausencia de visitantes nocturnas, pero eso no se lo pensaba decir.
Con todo, por mucho que ya no me sintiera como si me hubieran pasado los pulmones por un rallador de queso, no tenía ningún problema en dejar a Angus el trabajo pesado de cavar la tumba de la fresquera.
—Eres consciente de que quizás no haya nada, ¿verdad? —dijo Angus al cabo de cinco minutos de arremeter contra la tierra dura sin hacerle la menor marca visible y volver con un azadón.
Me encogí de hombros. Le había contado parte de la historia la otra noche, mientras tomábamos livrit —de uso puramente medicinal—. No sé si me creía. Sospecho que en cierto modo yo había albergado la esperanza de que me dijera que eran todo imaginaciones mías. Pero no lo hizo, y aquí estábamos.
Nos llevó una eternidad. La tierra estaba tan compactada que era densa como la piedra. Al fin, el azadón consiguió horadar la superficie y durante un rato tocó usar la pala otra vez. Yo lo relevé tanto tiempo como Angus me permitió, que no fue mucho.