Lo que nos devora de noche Chapter 14
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Chapter 14

D e la sorpresa, cogí una profunda bocanada de aire y sentí un dolor tan intenso que di un puñetazo al suelo para contrarrestarlo.

Por desgracia, el suelo era también un lodazal.

Chof . Una lluvia de barro me cayó encima.

Me pasé la manga por la cara y alcé la vista a un cielo blanco y frío enmarcado de pinos.

Sabía exactamente dónde estaba, por supuesto: eran las montañas del camino hacia Slivnitsa, un lugar que he visitado una vez en la vida real y cientos de veces en sueños.

Si me encontraba aquí con mis compatriotas era porque alguien tenía que reconocer el terreno de aquellas montañas, y al rey Milan no le había dado la gana de desplegar a la mayor parte de su ejército para esta pequeña guerra sin importancia que había empezado él.

Los generales juraban que el clima sería frío y despejado, y que combatiríamos sobre hierba seca en Slivnitsa, pero por supuesto llevábamos ya dos penosos días de lluvia, nieve y niebla.

En las montañas hacía más frío, y yo agradecía que nevara en vez de llover, pero siempre se formará un lodazal allá donde pongas un campamento del ejército.

Pasó un minuto durante el cual pensé en quedarme ahí sin hacer nada.

Hacía frío y yo estaba en mitad del barro, pero en un par de horas dejaría de tener frío y empezaría a entrar en calor.

También moriría, es verdad, pero al menos no mataría a ningún búlgaro en el proceso, lo cual era positivo.

Que le dieran a Milan y a su guerra de agresión.

Volví a tomar aire. Esta vez me dolió menos. Quizás no tardase ni una hora en morir.

—Señor —dijo Birdy con urgencia—, levántese.

Ladeé la cabeza. Birdy se alzaba sobre mí y, por la pinta que tenía, debía sentirse más o menos como yo, aunque con un poco menos de barro.

—Te veo la nariz por dentro —le informé.

—Señor, tenemos que irnos ya.

—Claro, por supuesto.

Birdy alargó la mano y me ayudó a ponerme de pie antes de que se me ocurriera preocuparme por que ka fuera a desintegrarse y convertirse en jirones de polilla al tocarle la piel.

No fue así. Respiré con alivio: aún me dolía, pero no tanto.

¿Quizás se me estuvieran curando los pulmones?

No, no podía ser, los pulmones tardan mil años en curar, y la moroi acababa de…

Habían pasado solo unos minutos… Pero ¿no llevábamos días en aquellas montañas?

Sacudí la cabeza en un intento de despejarme.

—Es un sueño —murmuré.

Tenía que serlo. Pero tenía la bota izquierda llena de barro, y barro deslizándose en grumos gélidos por mi nuca, y no recordaba ningún sueño que hubiera reproducido aquella sensación de forma tan exacta.

—Es una maldita pesadilla, eso es lo que es —dijo Birdy—. ¿Cuáles son sus órdenes?

Me limpié el barro de la nuca y miré alrededor.

—¿Dónde están los caballos? —Pero, en cuanto lo dije, lo recordé: los caballos se habían desperdigado y teníamos que ir a buscarlos. Cierto. Esto ya lo había vivido antes. Señalé—. Por ahí. No se fueron muy lejos.

Birdy asintió con la cabeza y sacó su revólver.

Yo hice lo mismo y comprobé que no le hubiera entrado barro.

Quise pararme a limpiarlo, porque… ¿Desde cuándo no lo limpiaba?

Quizás desde hacía una semana, o desde anoche, u ocho años, o…

Miré mi arma. Era una Gasser M1870. Me quedé igual.

Llevaba usando aquel modelo prácticamente desde que me rapé la cabeza y me alisté.

Galacia se las compraba a Austria al por mayor.

(Je, je. Mi sargento había jurado que, para cuando termináramos la instrucción, podríamos desmontar uno de esos revólveres hasta estando dormidos. Ahora podría comprobar si era cierto).

—¿Señor?

Ah, sí. Birdy me estaba esperando. Emprendí la marcha.

El barro y la nieve se habían combinado para formar un fango asqueroso, pero, a medida que nos alejábamos del campamento —«¿Qué campamento?

¿Dónde estaba? ¿No debería estar a mi espalda?

»—, se fue solidificando hasta convertirse en fango congelado, que también era asqueroso pero de otra forma. Distinguía huellas de cascos en él.

Al mirar atrás, donde debería estar el campamento, solo vi árboles.

—Birdy, ¿dónde está el campamento? —pregunté.

Birdy no contestó. Birdy no estaba. Había una polilla en el suelo, en el punto donde había estado ka, congelada e incapaz de levantarse. Batió las alas una vez, luego otra, y después se quedó quieta.

Me volví y comprobé que no había nadie más en aquel bosque. Se me tragó una ola de silencio, más profundo y frío que la nevada. Cerré lo ojos un instante, lo que tardó mi corazón desesperado en dar un latido. La moroi me había seguido hasta aquí.

«Si puedo llegar hasta mi caballo, quizá pueda darle esquinazo». Skipper tenía que estar por aquí, en alguna parte. Si conseguía dar con él, podría ayudarme de sus sentidos, superiores a mi falible percepción humana.

Seguí el rastro de las huellas. Percibía a la moroi detrás de mí como un peso mudo. A veces lograba ganar la distancia suficiente como para oír el crujido de la nieve y las pinochas bajo mis pies, pero el silencio no tardaba en volver a rozarme.

Aquí el suelo era más sólido. O, al menos, no era un lodazal revuelto por el paso de botas y cascos.

En cuanto me fijé en aquello, me di cuenta de que no tenía huellas delante, y, cuando me volví, vi que tampoco había huellas detrás.

Por los clavos de Cristo. ¿Dónde se había metido mi caballo?

Sin él no podía hacer nada. Era él quien había localizado a aquel búlgaro que estaba escondido entre los árboles dos días antes, que fue como pude retirarme desandando el camino, y los dos vivimos para luchar un día más.

O los tres, supongo, contando a Skipper.

«Skipper murió hace años —susurró la parte de mi cerebro que me suele recordar que no estoy en la guerra—. Estás soñando».

—Porque tú lo digas —murmuré—. Quizá seas tú quien sueña.

Mis últimas palabras se perdieron en el silencio que se cernió sobre mí. La moroi estaba ganando terreno.

Había empezado a avistarla aquí y allá. Iba moviéndose de árbol en árbol, veloz, escondiéndose detrás de las oscuras ramas de los pinos.

A veces, al tocarlas, las ramas se deshilachaban y caían en madejas de corteza y sombra que formaban montones sobre la nieve.

A veces a la nieve que caía de los árboles le salían alas de polilla y echaba a volar.

De pronto pensé que, si conseguía ascender por encima de la franja de árboles, la moroi no tendría donde esconderse.

«¿Y eso de qué me sirve a mí? ¿Para qué quiero ver llegar mi muerte desde un poco más lejos?».

Además, si subía tanto, cualquier búlgaro que pasara por ahí podría jugar al tiro al blanco conmigo.

«Je, je. Quizás tenga suerte y le disparen a la moroi en vez de a mí».

De repente mis pensamientos trastabillaron y tuve que frenar y tirar de ellos como de un caballo embravecido.

Estaba soñando, y la moroi estaba en mi sueño. Y yo estaba en la guerra. ¿Podía combatirla aquí?

Eso le había dicho la viuda a Bors: «Tienes que luchar contra ella».

Y él había contestado que no podía, porque era un sueño y no se acordaba.

Tenía sentido. Bors nunca se pelearía con nadie.

Pero yo era soldado, mal que me pese, y había luchado contra personas que se lo merecían mucho, muchísimo menos que la moroi.

No podía ser tan sencillo. Lo que ocurre en sueños no ocurre en la realidad. Sé que dicen que, si te mueres en un sueño, mueres mientras duermes, pero ¿con qué frecuencia ocurre eso, en realidad? Si fuera así, la gente caería como moscas.

Sin embargo, la moroi había estado robándole el aire a Bors en un sueño, eso sí había sido real. Y también se lo había robado a Codrin. Al final los rumores del pueblo habían tenido razón, y su hija y yo no.

«No puede ser. Tiene que haber alguien que le haya hecho frente».

Quizás así fuera. Quizás alguien había luchado contra ella y la había expulsado de vuelta a su cuerpo, y después la había matado y enterrado en la fresquera.

Todo había ocurrido hacía al menos un siglo, antes de los tiempos de la abuela de la viuda.

Había pasado el tiempo suficiente como para que se entremezclara con historias de fantasmas y licántropos.

El suficiente como para que la viuda no supiera cómo combatirla, como para verse reducida a colocar por casa todas y cada una de las protecciones de todos los cuentos de hadas que conocía.

La moroi podía haberse cobrado un centenar de víctimas, o media docena.

O quizás no hubiera sido una moroi en absoluto; tal vez simplemente había sido una mujer que había estado donde no tocaba en el momento más inoportuno, y alguien la había asesinado y enterrado en suelo sin consagrar, y por eso había acabado invadiendo los sueños de Codrin.

—Virgen bendita —susurré, aunque ni siquiera oía mi propia voz—. ¿Por qué te empeñas en mandarme monstruos inocentes?

Me había detenido. Me encontraba ahora en un pequeño claro del pinar. La nieve se había acumulado alrededor de los bordes, como es su costumbre.

La moroi salió de detrás de un árbol y me miró. La cara se le había deslizado hasta el pecho y le caía en pliegues como una bufanda. Unos ojos grises y llorosos me miraban por encima de aquella voraz caverna de hueso gris.

—¿Te asesinaron? —le pregunté—. Estás confundida, ¿es eso?

Aquellos ojos pestañearon, pero la moroi no respondió. Un halo de polillas la enmarcaba como al icono de una santa olvidada.

«Esto no va a funcionar», pensé, y desenfundé el revólver y disparé.

El tiro salió tan amortiguado que, de no haber sido por el retroceso y por la repentina nube de humo negro, no habría sabido si había disparado o no.

Pero los armeros austriacos conocían bien su oficio y la bala salió y la moroi gritó y parte de su costado se hizo jirones blancos y el aire era como pegamento de repente y la moroi se me echó encima y me vine abajo.

Me retorcí intentando zafarme, pero la moroi, pesada como la culpa, me inmovilizó los hombros con ambas manos y se inclinó sobre mí.

Vi los túneles cavernosos de su auténtico rostro a centímetros del mío e intenté apartarme, pero lo único que conseguí fue darme con el cogote contra el suelo.

Perder el conocimiento habría estado muy bien, pero la nieve no se había endurecido lo bastante para eso.

La moroi inhaló y me arrancó el aliento de la garganta por tercera vez.

Al tirar, me daba la sensación de que no solo era aire lo que absorbía, sino que el mundo entero acabaría desvaneciéndose en su interior.

Primero se me desharían los pulmones; después, el corazón, las tripas y los huesos se me desgarrarían en jirones que la moroi sacaría a tirones por mi boca hasta que de mí no quedara más que una cáscara vacía.

Mi pecho estaba atornillado al suelo. Iba a morir aquí, en la nieve, y encima lo más seguro era que me lo mereciera.

¿No había deseado morirme hacía un rato?

La moroi quería vivir, y para vivir tenía que robarme el aliento, y qué sabía yo si no había llevado una vida bondadosa e inocente antes de que la asesinaran.

De mí no se podía decir lo mismo, ¿a que no?

Unas manchas me brotaron en la vista. Al principio eran del tamaño de cabezas de alfiler, pero fueron haciéndose más grandes y negras, con bordes temblorosos de rojo y oro.

Mi garganta era un conducto de dolor constante, y la moroi inhalaba más y más.

¿Cómo no había muerto Bors de inmediato?

¿Cómo había soportado esto, noche tras noche?

Bors.

Por los clavos de Cristo. Iba a matar a Bors, ¿verdad?

La viuda había intentado negociar con la moroi, pero esta no iba a cumplir su parte del trato.

Se bebería mi aliento y el de la viuda y no tendría suficiente.

Quizás tardase días o semanas, pero al final iría a por Bors.

No sería capaz de controlarse. Puede que el mundo no fuera a llorarnos ni a la viuda ni a mí, pero Bors no tenía la culpa de nada.

Tenía los hombros inmovilizados contra el suelo, pero no importaba. Lo único que tenía que hacer era doblar el codo derecho y apretar el gatillo.

La moroi volvió a gritar. Vi la carne húmeda y rugosa del interior del cráneo pulsar con el grito, acompañado de un estallido del aire húmedo que hasta hacía poco habían contenido mis pulmones.

Inhalé con desesperación y nuestros alientos se fundieron en una intimidad espantosa, y entonces disparé otra vez, y otra, y no dejé de apretar el gatillo hasta mucho después de quedarme sin balas, hasta que poco a poco me di cuenta de que lo que oía era el chasquido del arma y que el silencio había terminado.

La moroi yacía desplomada sobre mi pecho como una amante. Tenía los ojos entreabiertos, las pupilas enormes. «No puede haber funcionado —pensé—. No se puede matar a alguien en sueños».

«Pero esto no es un sueño. Es la guerra».

Me quedé con la vista perdida en el cielo frío y gris. Mis pulmones ya no querían moverse más. El peso muerto de la moroi sobre mi pecho era menor que antes, pero no me imaginaba moviéndolo.

La gente te dice que cuando llega el final todo se oscurece, pero en mi caso se puso blanco, del color de la nieve que cae al otro lado de una ventana, y lo único que tenía que hacer era sentarme a verla caer para siempre.