Chapter 13 #2
Aunque no miré dentro del compartimento, vi por el rabillo del ojo que algo se agitaba, algo que tenía encima, y sin querer bajé la vista.
Unas tiras resecas ondeaban como banderines enganchadas a mi brazo.
Me las quité restregándome contra la pared.
Salieron más polillas que llenaron el aire y me aletearon en la cara.
Una me rozó los labios, como si buscara la oscuridad del interior.
Cuando la aparté de un manotazo, unas tiras de piel de caballo se me quedaron pegadas a la cara.
Se me encogió el estómago, pero sabía que vomitar con la garganta destrozada acabaría conmigo definitivamente.
«Tiene que ser un sueño. Es imposible. Despierta, despierta, ¡DESPIERTA!».
Pero no desperté. Y, si estaba soñando, eso quería decir que la moroi me podía encontrar.
Cuando alcancé la puerta, perfilada por la luz de la luna, casi me eché a llorar otra vez. Todavía parecía funcionarme la mano, a pesar de lo que había tocado. Lo consideré buena señal. Ya me la cortaría luego. Levanté el cerrojo y empujé la puerta.
El patio, bañado por el resplandor azul plateado de la luna, se había convertido en un paisaje extraño.
La casa se encontraba a cientos de kilómetros de distancia.
Un tenue fulgor amarillento se filtraba por el borde de unos postigos.
Había alguien sentado junto a una vela. Quizás fuera Angus.
Quizás él podría explicarme lo que les había pasado a los caballos, si lograba llegar hasta él.
Fijé los ojos en la puerta y eché a andar.
Tardé años en llegar. La luz cegadora de la luna iluminaba la extensión infinita del patio, por el que me arrastraba a la velocidad de un escarabajo.
Las lágrimas se me congelaban en las mejillas y el aire me acuchillaba los pulmones, por mucho que me esforzara por tomar aire en pequeñas bocanadas.
Tuve que rodear el tocón de la leña, lo que añadió horas al trayecto.
Creo firmemente que, si no hubiera vivido las marchas forzadas del ejército, no lo habría conseguido.
Habrían encontrado mi cuerpo congelado a la mañana siguiente, y la viuda se habría quejado a Dios de los jóvenes tunantes que no hacen nada bien, ni siquiera andar de una punta a otra del patio.
Casi no me lo creí cuando al fin alcancé la puerta. Llevaba andando una eternidad. No había hecho otra cosa que andar. Tenía la piel entumecida y no sentía los pies. No pasaba nada. Ya me los cortaría también.
Necesité ambas manos, que apenas podía coordinar, para abrir la puerta. Si no me caí al entrar fue porque me agarré al marco justo a tiempo. El aire tibio me golpeó como un puñetazo y me hizo tambalearme.
«No me pienso desmayar. Pienso encontrar a Angus».
Intenté llamarlo. Me salió como un gemido, agudo y patético, que el silencio engulló de inmediato. Era imposible que me oyera, no ya desde arriba, sino desde el otro lado de la sala.
Me lamí los labios y lo volví a intentar. El silencio se mofó de mis endebles esfuerzos.
De repente se me ocurrió que, si la moroi estaba aquí, no iba a oírla acercarse.
Una cornamenta relucía bajo la luz acuosa de la luna.
El hilo que unía las astas era rojo brillante, ese color que enseguida pierde la sangre.
Lo veía con mucha claridad a pesar de la penumbra, pero estaba sufriendo demasiado como para que me resultara extraño.
El jabalí me sonrió desde lo alto con los colmillos, de un sucio tono amarillento, envueltos en hilo, como si acabara de destripar a alguien.
Quizás eso era lo que me pasaba en el pecho; quizás me había corneado un animal.
«No pierdas la cabeza, Easton. No pierdas la cabeza y ve a buscar a Angus».
Nadie iba a oírme gritar. No había nada que hacer. Me dirigí hacia las escaleras.
Aunque tenía que apoyar el pie en el escalón antes de poder afrontar el siguiente, me las arreglé. Ahora me costaba un poco menos respirar. Quizás fuera el calor, o quizás el frío me había anestesiado las costillas. Tal vez fuera la última explosión de energía antes de morir.
Cuando llegué al rellano, giré. La puerta de Angus estaba entreabierta, y alabé a la Virgen y a todos los santos del cielo por su misericordia. La empujé.
—Angus —dije con la voz quebrada—. Angus.
El silencio capturó las palabras nada más salir de mis labios y las hizo desaparecer.
Angus dormía de costado, cubierto hasta el mentón con una colcha gruesa. Hice amago de tocarle el hombro, pero me detuve. Aunque Angus nunca ha mostrado indicios de sufrir de corazón de soldado, pinchar con el dedo a un veterano de guerra mientras duerme no es lo más sensato del mundo.
Me bastó aquel momento de duda para darme cuenta de que había estado a punto de hacer algo terrible. ¿Y si al tocarlo se desintegraba igual que los caballos?
Me lo imaginaba demasiado bien: su piel haciéndose jirones, su cuerpo desinflándose, como una fruta pasada; polillas trepando desde el interior, como si su piel fuera un viejo abrigo que hubieran estado devorando por dentro.
¿Se me quedaría su cara pegada a los dedos también, agitando el bigote, girando los ojos para mirarme?
Retiré la mano.
—Angus —dije otra vez, suplicante, y para el caso podría no haber hablado y haberle ahorrado la molestia a mi garganta maltrecha.
Angus no se movió. Veía las mantas subir y bajar, pero no oía absolutamente nada.
A falta de otra cosa que hacer, me di la vuelta y cojeé por el pasillo hacia mi habitación. Me moría de cansancio, y el cálido fulgor de la vela era muy tentador. Si lograba tumbarme en mi propia cama, aunque fuera solo un momento, quizás pudiera ordenar mis pensamientos.
Empujé la puerta de mi cuarto. La franja de sal me escoció en los pies como si hubiera pisado unas ortigas, pero no era nada comparado con el dolor que sentía en el pecho.
Bors estaba tumbado en mi cama, envuelto en mantas. La viuda estaba sentada en una silla junto a la cabecera. La vela ardía a su lado. Me apoyé sin fuerzas en el marco de la puerta. Claro, por eso no estaba yo durmiendo en mi cama.
—Disculpe —dije sin pensar—. Se me había olvidado.
Como si me pudiera oír… ¿O sí podía?
Pues la viuda levantó la vista casi al instante y barrió la habitación con la mirada. Me pasó por alto en la puerta y me di cuenta, antes incluso de que pudiera siquiera empezar a albergar una pizca de esperanza, de que no me veía. La anciana había reaccionado al ver que se abría puerta, nada más.
Tal vez no estaba soñando. Tal vez me había muerto y era un fantasma. Me estaba bien empleado, por pensar que los fantasmas nunca tendrían nada que ver conmigo.
«Por la sangre de Cristo. Si es eso cierto, ¿por qué me sigue doliendo tanto el pecho?». Si alguien iba a tener la mala suerte de ser un fantasma que puede abrir puertas y sentir dolor, iba a ser yo.
—¿Quién anda ahí? —preguntó la viuda con aspereza. Sus palabras atravesaron aquel silencio terrible, afiladas como espadas—. ¿Hay alguien…? Ah.
Se recompuso, y yo me atreví a pensar que tal vez se había percatado de mi presencia.
—Soy yo —dije—. Easton.
Las palabras resonaron dentro de mi cabeza, como siempre hacen al hablar, rebotando entre los huesos de la mandíbula y los del oído, pero nada más. El silencio se las llevó según salieron de mis labios.
—Eres tú —dijo la viuda. Alargó la mano hacia la mesilla de noche, recogió algo y lo guardó en el puño, apretándolo con fuerza.
¿Podía oírme?
—Sí, soy yo.
—Sé que has venido a llevarte su aliento —añadió, mirando más allá de mí—. Sé que quieres terminar lo que empezaste. Pero te lo ruego, Dama Moroi, llévate a otra persona.
—No —dije en vano—. No soy la moroi. Soy Easton. ¡Easton!
—Dama —dijo, sujetando en alto el objeto que tenía en la mano.
Eran unas tijeras medio abiertas, con hilo rojo envuelto firmemente alrededor del mango—.
Dama Moroi. Te ofrezco un trato. Estoy vieja, y sé que no me queda mucho aliento, pero te lo entregaré libremente si prometes llevarte a ese soldado y perdonarle la vida a mi Bors.
—Viuda Botezatu —insistí, dando un paso al frente—. Sé que me odia, pero no soy la moroi. Soy Easton.
—Lo siento, señor —dijo Bors junto a mí, apenado—. A mí tampoco me ve.
El sobresalto me hizo dar un respingo y caí contra el marco de la puerta, lo que hizo que se abriera un poco más. Se diría que la viuda debería haberse fijado en el movimiento de la puerta, pero siguió mirando al vacío, sosteniendo las tijeras frente a ella como un crucifijo.
Bors se apoyó contra la pared, junto a la puerta. Parecía el mismo de siempre, con los brazos cruzados con fuerza contra el pecho, como para impedir que se le escapara el aire.
—¿Bors? ¿Estás despierto?
Tras una ardua deliberación, contestó:
—Creo que no. ¿Y usted?
—A estas alturas, ya no lo sé.
No parecía un sueño: no tenía nada de lánguido ni de pausado. Pero si era un sueño, entonces los caballos quizás no se hubieran deshecho en jirones de polilla que se me pegaban a las manos. Quizás la moroi solo fuera una criatura del sueño. Quizás pudiera despertar.
—¿Estamos hablando de verdad? —pregunté a Bors—. ¿O solo estoy soñando que hablo contigo?
Bors frunció el ceño, dedicándole a esta nueva pregunta evidente reflexión. Me di cuenta de que acababa de plantearle uno de los clásicos enigmas filosóficos de la Historia, quitando la parte de la mariposa, y levanté una mano para ponerle freno.
—Déjalo.
La viuda, sosteniendo todavía ante sí las tijeras envueltas en hilo, giró la cabeza de un lado a otro.
—¿Dama Moroi? Si estás aquí, dame una señal. Acepta el trato, te lo ruego.
—Ojalá la abuela no hiciera eso —dijo Bors con tristeza—. No quiero que la moroi se lleve su aliento, ni el de usted. No es justo.
—Bueno, no. Pero lo hace porque te quiere, no…
El gesto de la viuda me interrumpió: había movido las tijeras y algo había despedido un destello bajo la luz.
Atrapado entre las hojas de las tijeras había un mechón de pelo color arena. Conocía bien aquel color, porque me lo veía todos los días en el espejo.
Pensé en la viuda retirando los pelos de mi cepillo, chasqueando la lengua mientras me sermoneaba para que fuera a misa.
Ni siquiera había intentado disimular. Eso era lo que me molestaba.
Se los había guardado en el bolsillo delante de mis narices, y yo lo había visto y ni me había parado a pensar en por qué.
No eran más que unos pocos pelos, algo que tirar haciendo la limpieza.
—Llévate a ka —dijo la viuda con un tono de voz demasiado cercano a la oración—. Te lo he puesto fácil. Córtale la vida a ka, ¡no a mi pobre Bors!
Y cerró las tijeras con un chasquido frío y metálico.
Las dos mitades de un pelo cayeron lentamente al suelo. Una especie de sexto sentido hizo que un escalofrío me recorriera el espinazo, y el silencio se volvió tan denso y profundo que apenas oía las palabras dentro de mi garganta.
La moroi estaba cerca. Podía sentirla. Miré por encima de mi hombro al fondo del pasillo, pero no vi nada. ¿La vería venir? ¿Era aquel silencio señal de que estaba cerca?
Bors se tapó la cara con las manos con un leve gemido, y supe que él también lo había notado. La viuda se quedó inmóvil y entrecerró los ojos hasta que apenas fueron dos rendijas. Seguía aferrada a las tijeras con nudillos pálidos. Las mantas de la cama se movieron.
La cama.
—Bors —dije—, si tú estás aquí, ¿quién está…?
La moroi se incorporó. Su cráneo seguía siendo una ruina hueca de hueso y tinieblas.
La piel de la cara le caía contra el pecho, todavía sonriéndole a la nada.
Primero me miró a mí, luego a Bors y, por último, a la anciana que estaba sentada a la cabecera de la cama y sujetaba las tijeras como un talismán.
La moroi alargó los brazos hacia la viuda, y yo me abalancé.
Me gustaría decir que fue un gesto calculado, que, aunque sabía que la viuda no me tenía ningún aprecio, yo había elegido estar por encima de tales rencillas.
Algo así. Una historia de noble sacrificio.
Pero no tenía nada que ver con eso. Lo que vi fue al enemigo agarrando a una persona ajena a su presencia, y mis reflejos tomaron el mando.
Me abalancé hacia delante con todas mis fuerzas y me estrellé contra la silla que estaba entre ellas.
La moroi abrió mucho los ojos, ojos todavía humanos. Esperaba que se me echara encima, pero no sé cómo la viuda se le adelantó. Arremetió, rauda como una serpiente, y clavó las tijeras en el aire. Yo levanté las manos por instinto y una de las hojas de acero me cortó la palma y caí,
caí
caí
y aterricé en un palmo de barro justo al otro lado de la frontera con Bulgaria.