Lo que nos devora de noche Chapter 13
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Chapter 13

E ra como si su piel fuera un lienzo y alguien hubiera arrancado la mitad inferior.

Los labios, aún sonrientes, se deslizaron hacia abajo junto con la barbilla y la mitad de los carrillos.

Unos jirones de piel sin sangre se enroscaron hacia atrás y revelaron un espacio vacío.

Me quedé mirándole el cráneo, la hueca caverna de hueso que parecía ocuparle toda la cara. El interior era rojo, rugoso y húmedo.

Recuerdo a un ruso llamado Peter que se llevó un balazo en la cabeza.

En aquel momento Peter estaba hablando conmigo, y por una fracción de segundo, antes de desplomarse, su cara se había parecido mucho a lo que estaba viendo.

Pero aquella visión había durado solo un instante, emborronada por una explosión de sangre y hueso, así que me dije que no podía haberlo visto en realidad, que solo era una imagen horrible creada a partir de un batiburrillo de tantas otras.

La moroi inhaló y aspiró el aliento de mis pulmones.

Esta vez no fue como sentir un peso en el pecho.

Era como si estuvieran arrancándome el aire de dentro, como si mi aliento tuviera peso y forma y me rasgara el tejido blando de la garganta a medida que la moroi lo liberaba de mi interior.

Cerré la boca con fuerza en un acto reflejo, pero solo conseguí que el aire me saliera por los orificios de la nariz en oleadas de puro dolor.

Me había enfrentado a tantas muertes que ya no podía contarlas, pero esta me pareció mucho peor que la que dan una bala o una bomba.

«¡Para!», supliqué, y la palabra salió de mi tráquea como un cristal roto, arrastrando consigo la sangre del tejido que arrancaba, y se desvaneció en el interior de aquella hueca caverna de hueso.

Pero la moroi siguió inhalando hasta que llegó un punto en el que me parecía imposible que me quedara una gota de aire, en el que ya no quedaba nada salvo que los pulmones se me dieran la vuelta y se abrieran paso por mi boca en trozos de tejido sanguinolento.

Al fin, paró.

Resollé y sentí un dolor como no había sentido nunca, peor que cuando me dio la bala del mosquete en el hombro, tan brutal que intenté no respirar; pero mi cuerpo tenía los reflejos de quien está a punto de ahogarse y siguió absorbiendo aire mientras yo me atragantaba entre espasmos, agarrándome a las sábanas con desesperación.

La moroi se echó hacia atrás. Aún se le veía aquella sonrisa en el jirón de piel inerte que le colgaba por debajo de la calavera.

El boquete de la cabeza cambió un poco de forma.

Estaba demasiado oscuro; se parecía más a un túnel de ferrocarril que a una garganta humana.

Sus dedos estaban fríos al tacto: me acarició la mejilla sin abandonar aquella expresión triste y esperanzada en los ojos.

—No más —grazné. La boca me sabía a bilis y a cobre—. Por favor.

Ella negó con la cabeza. La mitad inferior de su cara osciló como un péndulo, y la curva de su sonrisa tembló como una hoja agitada por un viento otoñal.

Y entonces se inclinó sobre mí y volvió a inhalar, y descubrí que se puede perder el conocimiento en sueños.

— oOo —

En un primer momento, al despertar, no me podía mover.

Sentía el pecho como una hoja de vidrio roto.

Me concentré en respirar y, como me hacía daño, intenté no respirar, que era insostenible a largo plazo.

Al final me conformé con tomar pequeños sorbos de aire por la boca.

Era como si tuviera los pulmones llenos de cemento hasta justo por debajo de las clavículas y me quedara apenas un resquicio en el que respirar.

¿Cómo había acabado en esta situación?

«Ha sido la moroi. Sabes de sobra que ha sido la moroi».

«No puede ser —opuse, aunque con poca convicción—. Ha sido un sueño. La moroi no es más que una superstición local».

Mi cerebro ni siquiera se molestó en contestar. Los sueños no hacían que se te pusieran los pulmones así.

«¿Quizás esté soñando todavía? ¿Podría ser?».

Tomé otro sorbo de aire y esbocé una mueca de dolor. Tenía los labios en carne viva. Nunca me habría imaginado que un sueño podría doler tanto.

Me incorporé con dificultad. La habitación estaba a oscuras; la puerta abierta dibujaba un rectángulo de un gris más claro.

El pañuelo seguía en el ojo de la cerradura, aunque con la puerta abierta de par en par no es que sirviera de mucho.

El aire parecía hecho de hielo, lo que debía estar empeorando las cosas.

«Si consigo llegar a la cabaña, hará menos frío y seguramente no me duela tanto al respirar». Si era un sueño, acabaría despertando. Si no lo era, más me valía buscar ayuda, o de lo contrario tal vez no volviera a despertar.

«Si es un sueño, puede que la moroi siga por aquí, en alguna parte».

Decidido. Si estaba soñando y la moroi seguía en el sueño, sabía dónde encontrarme si me quedaba en el establo.

Ponerme en pie requirió más heroísmo que casi todo por lo que me han condecorado. Tuve que arrastrarme hasta la puerta y agarrarme al pomo para izar mi propio peso. Cada uno de los músculos de mis costillas era un nudo de dolor indescriptible.

La situación mejoró un poco cuando logré ponerme vertical. Avancé junto a los compartimentos de los caballos, agarrándome a los soportes. Tarde o temprano llegaría al patio, donde no tendría nada en lo que apoyarme. Decidí que ya me preocuparía por eso cuando llegara allí.

Hob sacó el hocico por encima de la puerta de su compartimento y me miró con curiosidad. Me recorrió un hilo de preocupación. Hacía muchísimo frío en el establo. Los caballos debían de estar helados también. Debería hacer… algo…

La idea de echarle una manta a Hob por encima del lomo me dio ganas de llorar: tendría que girarme y levantar los brazos, y después lo más seguro era que me desplomara allí mismo. Sabía que Hob nunca me daría un pisotón, pero sí se llevaría un buen susto.

«Iré a la cabaña y despertaré a Angus. Angus puede ayudar a los caballos. Puede ayudarme a mí».

Le di a Hob una palmadita en la nariz en un gesto que pretendía ser tranquilizador. Se me hundió la mano.

Creo que si simplemente lo hubiera atravesado, como si se tratara de un espejismo, habría sido soportable. Me habría resultado confuso, pero no espantoso. Aunque no habría entendido nada, tengo mucha experiencia no entendiendo cosas.

Pero no fue eso lo que pasó.

Los dedos se me hundieron en el pellejo de Hob como si no fuera más grueso que las alas de una polilla, y se clavaron en algo seco y esponjoso que se desmenuzó al contacto.

Retiré la mano de golpe con estupor, incapaz de entender lo ocurrido, y con ella arrastré grandes jirones de piel que se desprendieron del cráneo de Hob como si apenas estuvieran adheridos al hueso.

No podía gritar, pero me salió un sonido ronco y desagradable, y trastabillé hacia atrás.

Era lo primero que oía desde que había despertado, y solo entonces me di cuenta del silencio que lo cubría todo como un manto de escarcha.

No había oído mi respiración, ni mis pisadas. No había oído nada en absoluto.

Hob giró las orejas hacia mí cuando grité.

O, más bien, giró una. La otra se le había caído, junto con la mitad de la cara.

Le veía el cráneo, igual que se lo había visto a la moroi en el sueño.

Aquella textura seca y esponjosa era hueso.

Veía las marcas que le había dejado con los dedos sobre la quijada expuesta, y no había apartado la vista todavía cuando de pronto el hueso se deshizo y cayó al suelo, a mis pies, en una cortina de polvo.

A Hob no parecía dolerle. Ni siquiera daba señales de haberlo notado.

Yo me obligué a apartar la vista y me miré la mano.

Aquellos jirones de piel que tenía pegados a la muñeca, tan ingrávidos como las alas de una polilla, se habían desgarrado igual que la piel de la cara de la moroi.

Veía pelo castaño y negro y una oreja puntiaguda y, en el centro, un ojo oscuro y apacible que se giraba para mirarme pese a no tener ni cuenca ni músculo por debajo.

Esta vez grité con más fuerza, y casi no percibí la intensidad del dolor ni la forma en que el grito fue sofocado por el silencio.

Di un manotazo contra el compartimento, tratando de zafarme de aquel horrible pellejo viviente.

La idea de tocarlo con la otra mano era insoportable, así que la restregué contra la madera entre gemidos mientras los jirones de la cara de Hob se resistían a caer de entre mis dedos.

—Hob —grazné, levantando la vista—. Santo Dios, Hob…

Los huesos alargados de su cráneo estaban agujereados por la podredumbre.

Hob volvió a agitar la oreja y, de repente, se desintegró: su piel se desplomó al fondo del compartimento como un pedo de lobo demasiado maduro.

Unas polillas de alas más pálidas que el hueso salieron revoloteando de ella.

Vi levantarse una nube de polvo y pensé: «Esporas».

Y el terror que sentí, el terror ante la posibilidad de que un hongo atacase a un ser querido, me dio fuerzas suficientes para seguir avanzando, aunque fuera a trompicones.

Las lágrimas me nublaban la vista y se me había olvidado que el capón de Angus estaba en el compartimento de al lado.

El animal me empujó el hombro con el hocico, y chillé.

Era como si me pincharan con un leño putrefacto que se desintegraba al tacto.

«No mires —pensé—. No mires». Aprendí hace mucho tiempo que lo que no ves te puede matar, pero al menos así te evitas décadas de visiones atormentando tus pensamientos.