Lo que nos devora de noche Chapter 12
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Chapter 12

C uando desperté a la mañana siguiente, me dolía el cuerpo y los charcos del patio estaban cubiertos por una fina capa de hielo.

Comprobé que los caballos tuvieran agua y después fui tambaleándome a la cocina a por café.

Tenía el hombro —donde me habían disparado con una antigualla de mosquete hacía años— como si me hubieran encajado una brasa encendida en la articulación.

—Así se paga el pecado de beber de más —insinuó a Dios la viuda Botezatu, poniéndome la taza delante con admirable vigor—. Algunos jóvenes tunantes se creen que pueden estar de juerga hasta la madrugada y que les va a salir gratis. Pero Tú y yo sabemos que eso no es así, ¿eh?

—Sepan Dios y usted —contesté— que no he bebido ni una gota de alcohol. Lo que estoy pagando es el precio de mover esa maldita roca de la fresquera.

El silencio que obtuve en respuesta fue tan repentino y abismal que por un momento pensé que aquella terrible quietud del bosque había irrumpido en casa y asfixiado el estrépito de la cocina.

—Has movido la piedra —dijo la viuda despacio.

—¿Sí? —Me froté la frente. Por las sandalias de Cristo, qué agotamiento. Dormir en los establos pasaba factura al cuerpo. Debía recordar que ya no tenía veinticinco años—. Ya vuelve a fluir el agua. Sé que la tenía preocupada.

—Maldita sea tu estampa tres veces. —Lo dijo exactamente en el mismo tono en que decía todo lo demás, y por un momento ni siquiera me di cuenta de que me estaba insultando—. ¿Tú eres idiota? ¿Te han criado unas gallinas? ¿O tu madre te amamantó con livrit? ¡¿Cómo se te ocurre hacer algo así?!

Aunque no había esperado que se me echara al cuello en un arrebato de gratitud, sí me pareció que se estaba pasando un poco.

—Eh… ¿Pero no dijo usted que…?

—Yo dije, yo dije, pero no estaba segura. Pero has cambiado algo y ahora sí que nos vamos a enterar… ¡Y Bors está durmiendo!

Con esto último, tiró el tenedor al suelo y echó a correr hacia las escaleras.

No me habría imaginado a la viuda capaz de correr, pero cogió una velocidad que habría humillado a una mujer treinta años más joven. Yo no había llegado al último escalón todavía cuando la viuda abrió la puerta de la habitación de par en par.

—¡Bors!

Lo oí antes de llegar a la puerta. Bors estaba incorporado en la cama con los ojos abiertos y la mirada perdida, emitiendo esos ruidos entrecortados que hace un hombre al que no le llega el aire a los pulmones.

Bors se agarraba a las mantas con gesto desesperado, pero no creo que estuviera despierto.

La viuda, sin pensárselo dos veces, agarró el aguamanil y se lo volcó a Bors sobre la cabeza.

Bors despertó aspirando una larga bocanada de aire, como un hombre en un naufragio. Después se desplomó contra las almohadas, agarrándose el pecho, y por un momento pareció que se le hubiera olvidado cómo exhalar, o que temiera no volver a respirar si soltaba el aire.

—Mi niño —dijo la viuda, envolviendo la cabeza de Bors en sus brazos—. Ay, mi niño, mi vida, el último que me queda…

Aparté la vista con cierto apuro. La viuda habría detestado que yo fuera testigo de cualquier emoción por su parte que no fuera la exasperación.

—Era ella, abuela —dijo Bors al fin, con una voz como un graznido—. Era la mujer de la cara rota.

—Ya lo sé —dijo la viuda—. Ya lo sé. Tienes que luchar contra ella, mi niño.

—Pero, abuela, estoy soñando. No me acuerdo de luchar. No me acuerdo de hacer nada. Es un sueño.

—Ya lo sé. —Levantó la cabeza y me miró con los ojos de alguien que llevara tres días muerto—. Ya lo sé.

— oOo —

Esperé en la cocina, presa del desconcierto, el bochorno y la preocupación. La viuda volvió a bajar, recogió el tenedor de tostar y por un momento temí de verdad que fuera a intentar ensartarme con él. Al final se contentó con el brutal empalamiento de las tostadas.

—¿Está Bors…?

—Gracias a tu cabeza hueca no es —gruñó—. Has movido la piedra.

Todo aquello me resultaba demasiado complejo.

—Eh… ¿he hecho mal?

—¡Claro que has hecho mal! ¿Por qué crees que no lo hice yo misma?

De hecho, lo que yo creía era que no habría podido mover aquella roca ella sola, pero no me pareció el momento de señalarlo.

La viuda dejó el tenedor de tostar, volvió a cogerlo y lo volvió a dejar, agitó el salero y el pimentero y finalmente expulsó el aire entre los dientes en un largo siseo.

—Mira. Quizás antes robaba el aliento por la noche, ¿no? Pero igual en vez de eso podía anudar la cola del caballo, o se iba a ulular con las lechuzas. Quizás echara a perder la semilla de la tierra o el huevo del nido, y después se volvía a su cuerpo a dormir.

—Entiendo…

—Soldados —dijo, con un desprecio devastador—. No entendéis nada. ¿Sabes lo que es el cordón del parto?

—¿Sí? —Di por hecho que hablaba del cordón umbilical, aunque no tenía ni la más mínima idea de lo que tenía que ver eso con Bors. En algunas partes del país, la gente lo guarda en una bolsa y lo lleva atado al cuello, aunque siempre me ha parecido un poco sensiblero.

—Cuando cortas el cordón, el bebé se queda solo. —Cogió un cuchillo y lo hincó en la tabla de cortar a modo de explicación. Yo di un paso atrás, preguntándome si al final iba a tener que defenderme de verdad—. Se acabó la comida de su madre, se acabó el aire, se acabó el abrigo.

—¿Entiendo…?

—Tú has cortado el cordón. Has puesto la corriente de agua entre la moroi y su cuerpo. Ya no tiene comida, ni aire, ni sitio en el que dormir. Ahora solo vive en los sueños. Los sueños de mi pobre Bors.

—Esto… Podría volver a mover la piedra.

No habría creído posible que la viuda se enfadara más. La anciana alargó el brazo, me agarró de la pechera y tiró de mí hacia abajo. Era fuerte como las raíces de un árbol, y las arrugas de su cara eran profundas como los cañones de un río.

—Si cortas una cuerda, ¿puedes deshacer el corte? Pedazo de inútil. Maldita sea tu estupidez. Y maldita sea yo dos veces por traer aquí a mi nieto.

¿Qué tenía aquella mujer antigua, encorvada y desgastada como las montañas que nos rodeaban que me rompía por dentro?

—Dígame qué debería haber hecho —supliqué—. Lo que sea. Dígame cómo remediarlo.

La anciana tiró todavía más de mí hasta que su nariz tocó la mía. La leve opacidad de sus ojos hacía que parecieran cubiertos de escarcha.

—Algunas cosas no tienen remedio —dijo entre dientes, y me soltó de un empujón.

Volvió a subir para sentarse con Bors. ¿Pretendía pasar la noche en vela y echarle agua en la cabeza cada vez que dejara de respirar?

«¿Qué otra cosa puede hacer? ¿Acaso tiene elección?».

Otra parte de mí objetó: «Esto es imposible. No puede estar pasando de verdad».

Me senté a la mesa con la cabeza entre las manos sin saber qué hacer. Angus llegó de acomodar a los caballos y me miró con aire interrogante. Yo me aferré a su ayuda con alivio.

—Tal vez tú puedas sacar algo en claro de todo este lío, Angus, porque que me aspen si lo entiendo yo.

Angus escuchó, asintió con la cabeza y finalmente se frotó la nuca.

—Mm.

—¿Cómo lo arreglo?

—Dudo que puedas. Ella está convencida de que es la moroi, y parece que ha convencido a Bors también. Que vuelvan a casa hasta que se mejore.

—¿Y si no mejora?

Angus suspiró.

—Entonces le ocurrirá lo que a otros mil en Galacia este invierno. La única diferencia es que este sabes cómo se llama.

—Eso no es ningún consuelo.

—No pretendía serlo.

Angus me apretó el hombro al pasar y fue a preparar la cena, dado que era evidente que la viuda no iba a cocinar aquella noche.

Al anochecer, reuní fuerzas a base de livrit y subí a decirle a la viuda que se llevase a Bors a casa y no se preocupara por la paga. No había llegado a la puerta cuando oí la voz de la anciana.

Por un momento pensé que estaba rezando y me detuve; no quería molestarla.

—Dama. —Su voz atravesó la puerta—. Dama Moroi, por favor, no te lo lleves.

Ah.

Bajé la vista. Una gruesa línea de sal se extendía a lo largo del umbral.

—Es un buen chico —dijo la viuda—. Soy vieja y no me queda nadie más de mi sangre.

Te lo suplico, Dama, llévate a uno de los otros.

Llévate a ese soldado. Es joven e inconsciente, y no sirve para nada salvo disparar a otros jóvenes inconscientes.

Fue ka quien puso el agua a correr alrededor de tu cuerpo.

Llévate a ka. Pero déjame a mi nieto, que nunca le ha hecho daño a nadie.

Bueno. No era como si me hubiera esperado otra cosa, pero no por ello me dolió menos. Además, era tarde, y de todas formas tampoco podía coger la carreta a esas alturas de la noche.

Di media vuelta y bajé las escaleras sin hacer ruido, regresando al establo y a las sábanas frías de mi propia cama.

— oOo —

Esta vez vi entrar a la polilla. El insecto dibujó un círculo por la habitación, como una pequeña chispa blanca en la oscuridad, antes de acabar posándose sobre mi pecho.

Al principio apenas pesaba; después empecé a notarla cada vez más y más e intenté levantar las manos para ahuyentarla, pero las tenía atrapadas debajo de las mantas, y la mujer que se cernía sobre mí me sujetaba con fuerza por los hombros para que no me moviera.

—Otra vez usted —dije.

Mi voz sonaba débil. Al hablar gastaba aire y me costaba inhalar para reemplazarlo. Aquella mujer pesaba muchísimo, o quizás fuera la polilla lo que pesaba y ella fuera liviana.

(Y sí, esta vez sabía que era la moroi. No soy tan rematadamente idiota, aunque me consta que a veces no lo parece.

Pero Bors tenía razón. Era un sueño. Costaba sentir urgencia.

Todo era lánguido, pesado. Si hubiera podido moverme, quizás habría intentado pelearme con ella, o quizás habríamos acabado bailando un vals vienés. Parecía dar igual una cosa que otra).

—He movido la roca —dije, o creí decir.

Ella asintió con la cabeza.

—No debería haberla movido, ¿verdad?

La moroi negó con otro gesto de cabeza. Me dispuse a disculparme, pero ella me miró con aquella sonrisa vaga y triste y me acarició la mejilla con la mano.

Y entonces se le desgarró la cara.