Chapter 11 #2
Me quedé mirando el suelo de tierra compacta.
Supuse que era posible que hubiera un cadáver allí enterrado, contando con que no fuera especialmente alto, o que estuviera doblado.
Eso sí; había que tener pocas luces para enterrar un cadáver allí, teniendo en cuenta la humedad y, cabe suponer, el olor, pero era al menos técnicamente factible.
Además, al tratarse de una cabaña de caza, enterrar a alguien justo al final de la temporada te daría casi un año entero antes de que volviera la gente y empezase a preguntar cosas como que por qué huele a muerto en la fresquera.
La viuda me miró y asintió con la cabeza.
—Eso dijo mi abuela un par de veces.
Me froté la frente.
—Pero esta cabaña es nuestra desde hace años. Nadie ha tenido nunca ningún problema. ¿Por qué ahora?
—El agua dejó de correr —contestó la viuda, señalando—. El agua impide el paso de las cosas, ¿no? Si es agua corriente, aunque solo sea un hilo. Por eso enterrarías a alguien en una fresquera, si creyeras que va a dar problemas. Pero entonces esa roca se cayó y la moroi se escapó.
—Entonces, usted cree que alguien la enterró aquí para contenerla. —Me froté la nuca—. Pero eso es absurdo. Me habría enterado de algo así. ¿No?
La viuda alzó la vista al cielo y cerró los ojos un momento, como pensando que hasta al mismísimo Dios le costaría creer la insondable profundidad de mi ignorancia.
—¿Crees que la gente registra todos los muertos que se entierran?
—Bueno, no, claro que no, pero…
No supe cómo seguir. ¿Qué era lo que había dicho el cura?
Eso de los espíritus de los enterrados en suelo sin consagrar.
Vale, de acuerdo, estaba pensando tonterías.
Sabe Dios que durante la guerra enterramos suficientes cuerpos sin registrar.
¿Y cómo iban a contarme a mí cuando no levantaba dos palmos del suelo que había un cadáver enterrado en la fresquera?
—¿Sabe quién es? —pregunté.
La viuda negó con la cabeza.
—Es de antes de mis tiempos —respondió—. Y de los de mi abuela, incluso. Solo sé que enterraron a alguien ahí. Mi abuela contaba que había oído decir que era un licántropo. Ya casi se me había olvidado, pero cuando Codrin murió… Bueno. No hay que ser muy lista para atar cabos.
—Pero si de verdad creía usted que había una moroi aquí, ¿por qué aceptó el…?
No seguí. La viuda miraba fijamente la entrada de la fresquera con los puños aferrados al delantal.
Sus dedos nudosos se cerraban sobre la tela como raíces de árbol.
Sabía de sobra por qué había aceptado el trabajo: necesitaba el dinero.
La viuda no era más valiente que el resto de los habitantes del pueblo, solo estaba más desesperada.
—Habría podido equivocarme. O habría podido no llevarse a nadie —dijo—.
Habría podido llevarte a ti, o a tu hombre, o a la señora extranjera tan agradable.
No es que yo lo deseara —añadió, y seguramente fuera cierto, aunque dudo que hubiera llorado mucho mi muerte.
Ka se lo merecía, por tunante y por ser una vergüenza para Galacia en general.
—Ah —dije, porque no sabía qué otra cosa decir.
—Debería haberlo sabido —dijo la viuda, más para sí misma que para mí—.
Yo habría podido con ella. Vosotros sois soldados, tú y tu hombre.
Podríais luchar. Pero mi pobre Bors, que nunca le ha hecho daño ni a una mosca…
—Se le perdió la mirada en el interior de la fresquera—.
Nunca dio ningún problema. Ni siquiera de bebé, ni un berrinche…
Volvió en sí de golpe, se despidió con una inclinación de cabeza y se volvió para desandar sola el camino ladera abajo. La vi marchar, pasando la vista de la fresquera oscura a la anciana, preguntándome qué demonios iba a hacer yo ahora.
Por las barbas de Cristo. Me pasé la mano por el pelo. «¿Un fantasma, en serio?».
No es cuestión de escepticismo, que conste. Es solo que… Veréis, en lo que a mí respecta, los fantasmas son como los avestruces.
(«Pero Easton —diréis—, ¿cómo que avestruces?». Callaos un momento, que ahora lo explico).
No pongo en duda que los avestruces existen.
Muchas personas mucho más inteligentes que yo han viajado a las tierras donde moran los avestruces y han confirmado su existencia a su regreso.
Hay fotografías y taxidermia y siglos de anécdotas y civilizaciones enteras que han habitado la misma región que los avestruces y producido ingentes cantidades de arte que retrata a esta noble ave.
Sin embargo, yo nunca he visto un avestruz en persona.
Los avestruces no forman una parte importante de mi vida, simple y llanamente.
Si me despertara en mitad de la noche y oyera unas pisadas en el corredor, un avestruz no sería lo primero que me vendría a la cabeza.
¿Por qué iba a serlo? Los avestruces son algo que les sucede a otras personas, muy lejos, en países con el Serengueti más a mano.
Si alguien quiere contarme la saga de su encuentro con un avestruz, la escucharé de mil amores, pero el caso es que no es algo que tema que vaya a ocurrirme a mí.
Asimismo, los fantasmas desempeñan en mi vida un papel igual de marginal.
He dormido en casas presuntamente embrujadas y nunca he visto nada peor que una cucaracha desorientada.
En cuanto a los alaridos de las banshees y las damas grises, podríamos decir que hago oídos sordos (o al menos gravemente afectados por el tinnitus).
Nunca he asistido a una sesión espiritista y, si bien los médiums me inspiran un vago escepticismo, es el mismo que siento hacia caseros y trovadores.
No dudo que habrá alguno que sea buena persona, y tampoco cuestiono la existencia ni de las propiedades en alquiler ni de la música.
Y antes de que digáis nada sobre Madeline Usher: Madeline no era un fantasma. Lo que ocurrió en aquella casa a la orilla del lago fue un espanto inenarrable, pero no tenía nada de sobrenatural. La naturaleza se basta y se sobra a la hora de crear horrores.
Sin embargo, aquí estábamos, y aunque yo no creyera del todo en las moroi, la viuda sí.
Al parecer, pensaba que si la moroi estaba paseándose por aquí era porque la fresquera había dejado de contenerla.
Yo no podía hacer mucho por Bors, pero al menos podía mover aquella maldita roca que había cortado el flujo del agua.
Era demasiado pesada como para levantarla a pulso, eso era cierto, pero contaba con sesera, soga y un caballo, y era probable que haciendo uso de los tres pudiera restaurar el flujo del agua.
A Hob no le hizo ni pizca de gracia que lo utilizara para tirar de cosas.
Yo le expliqué que no era más que una roca de nada, y él me explicó que no era un caballo de tiro.
Tras recurrir a premios y obscenidades y acabar suplicándole abiertamente, llegó Angus y supervisó el desplazamiento de la roca mientras yo guiaba a Hob para que avanzara, diciéndole el corcel tan bueno y leal que era, y también que como se le ocurriera parar dejaría que la viuda hiciera salchichas de paprika con él.
Al fin la roca volcó y cayó en la parte más ancha del canal.
El agua empezó a gotear lentamente por el dique de lodo que se había acumulado a su alrededor.
Cavé con las manos, que me ardían de frío, lanzando fango a ambos lados como un perro escarbando en la tierra, hasta que el hilo de agua pasó a ser una corriente constante.
Sudar con frío es la combinación que menos me gusta de todas.
Me pasé la manga por la frente, lo cual seguramente me dejó una mancha de barro.
Angus, que había estado sujetando a Hob y contemplando la escena con desconcierto, me preguntó al fin si había algún motivo por el cual había elegido la mañana más fría hasta la fecha para dedicarme a la demolición selectiva.
—La viuda cree que la moroi vive en la fresquera.
Angus digirió la información un momento.
—Y supongo que no puede cruzar corrientes de agua.
—Esa parece ser la idea, a grandes rasgos.
Miré el flujo del agua, una corriente que apenas llegaba a los tobillos y no retendría ni a un conejo, por no hablar de un fantasma, y con un suspiro me dispuse a conducir a Hob de vuelta al establo.
La señorita Potter apareció por la puerta de la cabaña con su inmaculado vestido de paseo y sus botas idóneas para la ocasión. Levanté una mano para saludarla, consciente de que en aquel momento mi aspecto no era ni inmaculado ni mucho menos idóneo para ninguna ocasión.
—No nos haga caso —dije—. Estamos viendo qué hacer con unos fantasmas.
La señorita Potter digirió aquella información y miró al cielo.
—El día se presta —observó.
Tuve que reírme.
—Ya sé que usted no se cree ni una palabra. No la culpo; no sé si yo me lo creo tampoco.
La señorita Potter me miró con sorprendente severidad.
—Hace usted suposiciones infundadas, teniente.
—¿Me está diciendo que cree en los fantasmas? —Arqueé las cejas. Pese a mi opinión acerca de la existencia de fantasmas, había esperado que la señorita Potter fuera mucho más escéptica—. Pero es usted científica.
—Yo soy micóloga, teniente. —Me dio un golpecito con el paraguas en la espinilla—.
Mi estrecha familiaridad con el mundo de los hongos no se traduce en saber de espiritismo, de almas o de la vida después de la muerte.
Aborrezco a quienes dan por hecho que por ser expertos en un campo son infalibles en otra materia sin relación alguna, solo por haberle dedicado cinco minutos de reflexión.
—Ah… mm —dije—. Entonces, ¿cree que en efecto podría tratarse de un fantasma?
—Podría ser. No tengo ninguna experiencia personal en tales asuntos. —La señorita Potter se mordisqueó el labio inferior—. No obstante, harían falta pruebas, y bastante fehacientes. El espiritismo era el último grito cuando yo era niña, pero la prensa también se ha hecho eco de numerosos fraudes.
Intenté imaginarme a la viuda Botezatu llevando a cabo una sesión fraudulenta de mesa giratoria, pero no pude. Y si estuviera intentando extorsionarme, estaba recurriendo a un método bastante extraño, desde luego. Como mínimo, sabía que podía confiar en su fe.
—No creo que sea un fraude. Es solo que… ¿fantasmas? ¿En serio?
—He visto cosas —dijo Angus de improviso—. Y tú también, aunque no lo quieras admitir.
—No es verdad —opuse contra aquel agravio.
Angus me taladró con un ojo.
—¿Nunca viste nada raro en el frente?
Encogí el gesto.
—Claro que sí, pero eso no significa que fuera real. Todo se vuelve raro y borroso al cabo de unos días, es verdad, pero eso no quiere decir que sea obra de fantasmas.
—¿Y nunca has oído alguna historia que te haya hecho dudar?
Abrí la boca y la volví a cerrar. Claro que las había oído, cómo negarlo.
Siempre se cuentan muchas historias de la línea del frente.
La mayoría son falsas. Se suele saber que lo son porque van de fantasmas, de milagros y de la Virgen que paró una bala con la mano.
Son historias limpias y ordenadas. Lo envuelven todo y te lo presentan atado con un lacito, con una ocurrencia para rematar.
Las que te crees son las que no tienen nada de limpio ni de ordenado.
Las que no tienen sentido. Como esa que me contó Birdy, la de la cabaña del pastor.
Ka me dijo que en aquella cabaña no había nadie con vida.
Solo había una estancia y no había ningún lugar en el que esconderse.
Birdy tenía hombros de buey y una imaginación a juego, y me juró sobre la tumba de su abuela que tardó una hora en cruzar aquella habitación desierta y oyó a alguien cantando nanas todo el tiempo.
En ningún momento dudé de que fuera verdad.
Nunca he visto a nadie con tanta vergüenza de dar parte y, aun así, decir la verdad con tanta determinación.
Allá vosotros si queréis decir que eso es cosa de los nervios de batalla o del corazón de soldado, si así os sentís mejor.
Hay demasiadas historias como la de Birdy, y a la gente le da vergüenza contarlas.
Angus carraspeó y dijo:
—El mundo es muy grande. Yo me imagino que hay partes que a veces se pasan por alto. Como si Dios fuera barriendo cosas pero se le olvidase repasar algún rincón de vez en cuando.
—Técnicamente, eso es blasfemia, Angus —dije con tono apacible.
Angus profirió una blasfemia que no tenía nada de técnica y se ruborizó de inmediato al acordarse de que la señorita Potter estaba presente.
Esta se apresuró a contraer las comisuras de los labios para ocultar una sonrisa.
Yo negué con la cabeza y empecé a cepillar a mi caballo para disculparme por obligarlo a hacer un trabajo así en un gélido día de otoño como aquel.
Fuera el día era frío y gris, y dentro del establo hacía frío y estaba oscuro. Encendí una linterna para ver lo que estaba haciendo. Las mosquitas y las pálidas polillas llegaron para dibujar círculos alrededor de la luz y chamuscarse contra el cristal.
Hob acabó por perdonarme, pero me costó un rato. Y cuando le froté el hocico y le dije que era un caballo muy bueno y muy guapo, me di cuenta de que el silencio había vuelto y se había instalado como un invitado inoportuno.