Chapter 11
L a verdad es que Bors tenía mejor aspecto a la mañana siguiente. Sus labios habían perdido aquel tono azulado y, aunque bostezaba todo el rato, no parecía a punto de quedarse dormido en cualquier momento. Algo balbuceó de devolverme mi cama y yo deseché la sugerencia al instante.
—¿Ahora que la habitación huele a grasa de ganso y alcanfor? Ni hablar del peluquín —respondí—. Ahí te quedas mientras dure la peste.
La viuda, consciente de todo esto, pagó su gratitud conmigo a base de huevos gomosos y pan chamuscado, que yo me comí igual.
Después de desayunar, me subí a una silla y quité el hilo rojo que había acabado colgado de la cornamenta de la pared.
La viuda no tardaría ni un día en volver a ponerlo, pero ¿recibir a nuestros invitados a la cena en una sala que parecía envuelta en telarañas sanguinolentas? Por ahí no pasaba.
—Aquí no hay niños que se puedan llevar… —mascullé, desenrollando el hilo de los colmillos del jabalí—. ¿Será que está probando todos los trucos que conoce por si alguno funciona?
(La verdad es que tenía sentido. Me pregunté en qué otros métodos no me habría fijado. Ahora que lo pensaba, el otro día había pillado a la viuda echando ruda en las esquinas, y me dijo que ahuyentaba a los ratones. Aunque, claro, quizá sea verdad. ¿Qué sabré yo?).
El padre Sebastian llegó pasada la hora del té, acompañado por un hombre alto de pelo oscuro.
El doctor Virtanen resultó ser finlandés, y hablaba muy bien galaciano, seguramente porque su idioma era casi igual de aparatoso que el nuestro.
Su alemán también era bastante mejor que el mío, sobre todo en cuestión de terminología científica, con lo cual no tardó en enfrascarse con la señorita Potter en una animada conversación sobre setas, micología y otra diversidad de cosas que yo solo entendía en parte.
La viuda se quedó helada al ver al médico; después volvió hacia mí una mirada hostil.
Puse la mejor cara de vivir en Babia que tengo, una expresión que según Angus se me da especialmente bien, pero ella asió el aire por encima de la manga de mi camisa, y el gesto me clavó al sitio de inmediato.
(Lo siguiente habría sido agarrarme de verdad, pero no sé si ni ella ni yo habríamos podido soportar la escalada de la situación).
—¡Te dije que no mandaras a por él! —siseó.
—No ha venido por Bors —mentí—. Está aquí para hablar en alemán con la señorita Potter.
La viuda inhaló con brusquedad por la nariz. Yo sabía que no me creía del todo, así que añadí:
—Lo ha traído el padre Sebastian. Son amigos.
La viuda no se atrevió a difamar a un sacerdote en mi presencia, aunque no me cabía la menor duda de que más tarde le diría a Dios un par de cosas.
Asintió con gesto rígido, se apartó y volvió a la cocina, desde donde empezaron a oírse unos sartenazos más vigorosos de lo habitual.
No siendo la atmósfera la más favorable para mantener una conversación, salimos a charlar al patio.
Seguramente «patio» sea un término demasiado pomposo para describir el espacio triangular que se formaba entre la cabaña, el establo y la cuesta que daba a la fresquera, sobre todo teniendo en cuenta que estaba embarrado por la lluvia y lleno de astillas de leña.
Cuando oigo «patio», me vienen a la cabeza setos y topiaria.
Podar setos de formas artísticas no era ni mucho menos una de mis aficiones, y de los anteriores dueños de la cabaña, tampoco.
No obstante, se estaba a gusto, sobre todo al contar con bebidas con las que mantener a raya el frío.
Contemplamos el sol ponerse detrás de los árboles y pintar de una efímera luz sangrienta el tejado de la fresquera, y hablamos de las dificultades que entraña mantener una propiedad mientras las sombras se difuminaban con el crepúsculo y las polillas blancas chocaban contra las ventanas de la cabaña.
El doctor Virtanen era un invitado muy agradable, buen conversador y de un ingenio sutil.
Se había mudado a Galacia hacía unos años, al enamorarse de una chica de aquí, y ahora tenía consulta y familia en uno de los pueblos cercanos.
Me caía bien, aunque lo cierto es que siempre he tenido debilidad por los finlandeses.
Hay quien dice que son antipáticos, pero no hay finlandés que haya conocido que no haya sido de lo más agradable, si bien reservado.
Transmiten como pueblo una discreta confianza en sí mismos, conscientes de que de un momento a otro pueden calzarse los esquís, adentrarse en el bosque y liquidar a un escuadrón entero de soldados enemigos antes de que nadie note su presencia.
Además, son el único país que conozco cuyo licor nacional es peor que el nuestro.
Esto lo sé porque el doctor Virtanen trajo una botella de licor de salmiakki como obsequio.
Según él, mantendría el frío a raya, y era cierto.
No había ráfaga helada que pudiera abrirse paso a través de semejante cantidad de regaliz negro.
La cena fue especialmente fastuosa, por lo que se deducía que la viuda consideraba al médico un enemigo digno de ser cebado hasta el atragantamiento, si hacía falta. Tomé nota mental de traer a mis enemigos a cenar más a menudo.
Terminado el festín, el padre Sebastian preguntó por Bors, y la viuda lo condujo al dormitorio.
—Conque andamos pachuchos, ¿eh? —dijo el cura—. Doctor Virtanen, usted sabe de estas cosas. ¿Hay algo rondando últimamente?
—Ah, bueno —dijo el médico desde la puerta—. Por desgracia, no me he traído el cabás, pero es otoño y ya se sabe cómo es la humedad, que se mete en los pulmones. Es tos lo que tienes, ¿muchacho?
—No mucha. Pero me cuesta respirar —admitió Bors—. Sobre todo por la noche.
—Una sauna, eso es lo que te hace falta —dijo Virtanen, dándose un golpetazo en el pecho—.
Con eso lo echas todo. Una sauna y un trago de vodka curan más males que un médico.
—Guiñó un ojo a la viuda, que merodeaba por la zona—.
Y si no funciona, haz caso a tu abuela. Apuesto a que es una experta en cataplasmas de mostaza, ¿eh?
La viuda aflojó lo bastante como para admitir que tal vez le sonaran de algo.
—¿Ves qué bien?
Bors dijo algo más en voz tan baja que no lo oí, pero Virtanen contestó:
—No me sorprende. El cuerpo afecta a la mente, así que es normal soñar cosas extrañas cuando se está enfermo. Si no te has recuperado en unos días, mándame llamar, y quizás pueda pensar en alguna cosilla que te ayude, pero el mejor tratamiento suele ser aire fresco y descanso.
El médico bajó las escaleras y todos fingimos que no habíamos estado espiando en el pasillo. El padre Sebastian se quedó con Bors para tomarle confesión, ofrecerle consejo espiritual o lo que sea que hagan los curas cuando visitan a los enfermos.
—No sospecharía de una tuberculosis a menos que siga así unas cuantas semanas más —murmuró el doctor Virtanen con disimulo—.
Pero si empieza a toser más, o a toser sangre, llámenme de inmediato.
Todo apunta a que no es más que una infección pasajera de los pulmones, pero siempre cabe la posibilidad…
Abrió las manos.
—Dudo que la señora Botezatu nos permita mandarlo llamar —dije con aire sombrío—. Cree que los médicos son un tipo de enterrador.
El doctor Virtanen esbozó una sonrisa compungida.
—Una creencia bastante común por aquí. Y si se es forastero, aún peor. Pero plantéese lo de la sauna. Mal no le hará, y si no le ayuda, al menos tendrá una sauna.
Lo cual no era ni de lejos el peor consejo médico que había oído en mi vida.
A la mañana siguiente, Bors no había mejorado, y el hecho de que hubiera traído a un médico e involucrado a un cura en mi artimaña tenía a la viuda bullendo de rabia por dentro.
—Pero si no hizo nada —protesté mientras ella gruñía y se quejaba a Dios de mi infracción—. Y dijo que no parecía tuberculosis.
Si no hubiera estado dentro de casa, creo que en ese momento la viuda habría escupido.
—¡Tuberculosis! Hasta esos carroñeros inútiles de los médicos sabrían algo así.
Claudiqué. No sabía cómo hacerla feliz ni lo que debía hacer.
—Si necesita llevárselo a casa y cuidar de él allí… —empecé.
—De poco le sirvió a Codrin, ¿no?
Aquello me cerró la boca. La observé cocinar, miré sus dedos nudosos moviéndose con gran precisión. La viuda echó una pizca de sal al puchero y en aquel momento recordé la línea blanca del establo.
—¿Echó usted la sal que hay delante de la puerta?
—Pensé que serviría de algo, pero no. Quizás si se ha metido tu aliento en los pulmones, ya no hay nada que hacer.
—¿Quién?
La viuda me fulminó con la mirada.
—La moroi, cabeza hueca. ¡Mira!
Se dio la vuelta y salió de la cocina hecha una furia, cogiendo un cuchillo de la mesa por el camino. Yo la seguí con cautela, preguntándome si la viuda pretendía llevarme fuera y apuñalarme, y qué demonios iba a hacer yo en ese caso.
Seguramente tendría que despedirla por algo así. Maldije para mis adentros. Quizás fuera más fácil no salir de la cabaña y evitar que me apuñalara.
Titubeé en la entrada, pero ella se volvió y me lanzó una mirada llena de irritación y agotamiento, que empezaba a sombrearse de decepción. Prefería que me apuñalasen a tener que sostener aquella mirada durante mucho más tiempo. La seguí.
Para mi sorpresa, la viuda subió la cuesta en dirección a la fresquera. Avanzaba despacio, y yo intenté ofrecerle un brazo, lo cual tuvo el resultado que os podréis imaginar.
—Aquí —dijo, deteniéndose en la entrada. Señaló el lado donde el agua se había estancado—. Aquí es donde vive la moroi. —Hizo una pausa y, a regañadientes, añadió—: O eso creo.
Miré la fresquera con desconfianza. No era más que una pequeña estructura de piedra, apenas más grande que un cobertizo.
—¿Dónde?
—En el medio, pedazo de zoquete.
Estampó el pie en el suelo.
—¿Cree que hay alguien enterrado ahí en medio?