Lo que nos devora de noche Chapter 10 #2
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Chapter 10 #2

—Mejor llevémoslo a mi cuarto —dije—. En su estado no le hace ningún bien dormir en un establo, con tanta corriente de aire.

—Lo agarré del otro lado para cargar con la mayor parte de su peso.

La viuda era dura como una raíz vieja, pero su nieto le doblaba el tamaño—.

Señorita Potter, ¿puede ir a buscar a Angus?

—Pero señor… —Bors se resistió sin fuerza al darse cuenta de adónde lo llevábamos—. No puedo quitarle la cama.

—Por supuesto que sí. Ya duermo yo en el establo. —Bors hizo otro amago de protesta cuando Angus apareció y empezó a quitarle los zapatos. Levanté una mano—. No hay más que hablar, Bors. Además, esa cama es mucho mejor que cualquiera de las que tuve en campaña.

—Pero…

Quizás hubiera perdido la discusión, pero la viuda me respaldó.

El color de los labios de Bors seguramente tuviera algo que ver.

Contra su abuela, Bors no tenía ninguna posibilidad de salirse con la suya, así que lo arropamos con las mantas y la viuda se marchó a preparar algo pestilente en el fogón.

A mí se me encomendó ir al pueblo a comprar grasa de ganso, misión para la cual me dediqué principalmente a vagar por el mercado con aspecto desamparado hasta que alguien se apiadó de mí.

Aquella noche, cuando fui al cuarto de aperos del establo donde Bors había estado durmiendo, descubrí una gruesa línea blanca cruzando el umbral.

Me la quedé mirando un momento, después la removí con la punta de la bota.

Crujió un poco. ¿Nieve? No, la nieve no caía en línea, ni en interiores.

Me agaché, tomé un pellizco de aquellos finos cristales blancos y me llevé el dedo a la lengua.

Sal.

Al instante me acordé de la viuda y su taza colmada de sal.

Otra de sus protecciones contra el mal, sin duda.

Levanté la cabeza y vi que el pañuelo seguía en el ojo de la cerradura.

Lo saqué de un tirón con fastidio. «Sal en el suelo, hilos en las paredes y hierro debajo de las almohadas, pero Dios nos libre de llamar a un médico para que ausculte a su nieto».

El cuarto no estaba mal. La mayor parte del establo no contaba con calefacción, como era de esperar, pero en aquella estancia había una pequeña estufa.

No hacía tanto frío como para molestarme en encenderla, así que me llevé un ladrillo de la chimenea para calentarme los pies, me apilé un montón de mantas encima y me dormí.

En algún momento de la noche desperté sin aliento. Sentí un momento de asfixia en el que me llevé las manos a la cara y me di cuenta de que me había echado una de las mantas sobre la cabeza. Tiré de ella hacia abajo, dejé que el aire frío me tocara la piel y respiré hondo.

—Je —dije en voz alta.

O, al menos, creí decir.

No me oía hablar. Oía las palabras dentro de mi cabeza, sentía su resonancia en los huesos del cráneo, pero nada pasó por mis labios.

Pestañeé en la oscuridad y me cubrió un silencio que lo sofocaba todo, más denso que las mantas.

Poco a poco empecé a distinguir el techo, en el que las formas indefinidas de las vigas se recortaban contra las tinieblas.

Volví la cabeza (debería haberse oído el frufrú de las sábanas, pero no fue así) y vi un fino rayo de luz de luna que se colaba a través de los postigos cerrados y dibujaba una delgada barra azul sobre las mantas.

Seguí la barra de luz hasta la mujer que estaba sentada al costado de mi cama, observándome.

Todo mi cuerpo dio un respingo de sorpresa. «Maldición». No debería haber dado ninguna muestra de vigilia o atención, en caso de que fuera enemiga. Pero como eso ya no era una opción, intenté poner en práctica el descaro.

—Discúlpeme, madame … —empecé, y el silencio se llevó las palabras.

La mujer me miró con una sonrisa pequeña, triste. Tenía la cara redonda y la nariz chata, y me sonaba de algo. ¿La conocía de alguna parte? Tenía la sensación de que debería reconocerla. Lo volví a intentar.

—¿Nos han presentado?

El segundo intento fue tan fútil como el primero. Se llevó un dedo a los labios, cosa que también me pareció innecesaria. Nadie podía oírme, ¿no era evidente?

A menos que ella sí me oyera, y el problema fuera que me fallaban los oídos.

—¿Me oye usted?

No dio muestras de que fuera así. Ahora estaba tan cerca que podía distinguirle uno por uno los cabellos que le caían sobre la cara.

¿Se había movido? No lo recordaba. Su sonrisa era la misma.

Supongo que la describiría como melancólica, salvo porque nunca se me ocurriría decir algo así, y en aquel momento me preocupaba mucho más el hecho de no oír nada.

Hay cierta forma en la que puedo flexionar los músculos de la mandíbula que suele provocarme una oleada de tinnitus.

(Y a la inversa: a veces me doy cuenta de que si me ha dado el tinnitus es porque estoy apretando la mandíbula).

En aquel momento intenté inducírmelo. Si resultaba que aquel silencio era la segunda fase del tinnitus, no iba a poder volver a la primera, ¿verdad?

En mi cabeza tenía sentido —por los pelos—, pero en cualquier caso no funcionó; al menos al principio.

Rechiné los dientes hasta que pensé que se me iban a astillar.

La mujer, con una mano sobre mi pecho, se cernió sobre mí y apretó hacia abajo.

Tenía los párpados negros, como amoratados.

Su mano pesaba muchísimo, y quién era esta desconocida que me estaba tocando, a todo esto, aunque quizás no fuera una desconocida, quizás sí que la conociera y yo había vuelto a beber demasiado…

En mis oídos un rugido se elevó hasta igualar el agudo zumbido de un mosquito.

Aunque estaba todo en mi cabeza, bastó para expulsar aquel silencio espantoso y desconocido y reemplazarlo por un ruido espantoso que conocía bien.

Estuve a punto de sollozar de alivio, y al principio eso tampoco lo oí, pero después el zumbido fue apagándose hasta que pude captar el rumor de mi respiración.

Cuando abrí los ojos, la mujer había desaparecido, y la luz de la luna dibujaba aquella barra azulada sobre mi cama sin nada que la perturbara.

Yo jadeaba contra la almohada. Me dolía el pecho, como si hubiera estado corriendo. Por los clavos de Cristo, ¿estaba pillando lo que fuera que tenía Bors?

«No, ha sido un sueño. Estás respirando sin problema, ¿ves? Solo ha sido un sueño. Como ese otro que tuviste, el de la polilla que se transformó en una mujer. Esa también te sonaba de algo, ¿a que sí?».

¿Era la misma mujer? Intenté evocar su imagen, pero ya empezaba a disolverse, como ocurre con los sueños, y no pude recrear sus rasgos.

Pasé unos minutos más sin moverme de la cama y después me levanté. Busqué a tientas por el cuarto hasta que encontré el pañuelo y, con profundo fastidio, lo volví a meter en el ojo de la cerradura.