Lo que nos devora de noche Chapter 10
61%

Chapter 10

L a señorita Potter insistió en ir al pueblo con nosotros, pero como no teníamos la carreta —obviamente, nadie iba a pedirle a Bors que fuera a por ella, y yo desde luego no iba a plantarme en la granja de un desconocido a pedirle una carreta y un burro—, esta fue con Angus en su caballo.

Así pues, fui cabalgando a un buen trecho a propósito, dejando que Hob siguiera a la pareja, pero sin importunarla.

Al menos alguien se lo estaba pasando bien.

Seguía nevando. Los copos siseaban un poco al tocar las hojas, sin llegar a cuajar. Desde luego, era mucho más agradable montar así que bajo la lluvia. Dejé caer la barbilla contra el pecho mientras el mundo se volvía pálido y borroso y los sonidos se amortiguaban suavemente a mi alrededor.

En algún punto del trayecto, volví a la guerra.

No era algo malo. No quiero que penséis que todas las veces que visito la guerra me planto en mitad de una batalla.

La verdad es que por lo general no suele ser así.

Simplemente iba cabalgando a mi aire, cabeceando, a salvo en la certeza de que toda la zona era territorio amigo y el frente se encontraba a muchas millas de allí.

Iba a lomos de Skipper, un viejo compañero de campañas que me avisaría si había algo de lo que debiera preocuparme.

(Esa es una de las normas que aprendes como explorador montado, si no quieres arder a la velocidad de una mecha: confía en que tu caballo te dirá cuándo hay que prestar atención).

Si me lo hubierais preguntado, habría podido deciros que estaba en Galacia.

Era capaz de recordar que había perdido a Skipper hacía años, cuando metió la pata en la entrada de una conejera, y que no había ningún frente.

Pero esos eran meros hechos, y no cambiaban lo que sabía en aquel momento, a caballo entre el sueño y la vigilia.

Y por eso, porque sabía lo que sabía, lo primero que pensé al oír una voz delante de mí fue: «¿Qué hace la señorita Potter en Serbia?

». Bajé la vista y vi que mi caballo era castaño en lugar de gris, y que era Hob, no Skipper; cómo iba a ser Skipper.

Entonces me espabilé, me enderecé un poco en la silla y la guerra fue desvaneciéndose tras de mí.

A veces creo que la desconexión fundamental que siento con los civiles es que estos creen que la guerra es un suceso, algo que puede delimitarse limpiamente por una fecha a cada extremo.

Lo que cualquiera que haya vivido una guerra te va a decir es que la guerra, en realidad, es un lugar.

Tú podrás estar o marcharte, pero los lugares no dejan de existir solo porque tú no estés mirando.

La guerra sigue ahí. Yo ya no vivo en ella, pero está ahí mismo, justo al otro lado de… No sé. De algo. Quizás de ese velo místico del que siempre hablan los espiritualistas, salvo porque de místico no tiene nada.

Y a veces, aunque sea solo un rato, me cuelo otra vez en ese otro lugar. La guerra.

No es como recordar algo malo. Tengo un montón de malos recuerdos, y muchos de ellos son de la guerra, de hecho, pero recordarlos no significa que «esté» ahí, del mismo modo que recordar que tuve gripe con cinco años no me da fiebre ahora.

Esto de lo que hablo se parece más a doblar la esquina y toparme de pronto con que he aparecido en un barrio conocido.

Es un lugar al que voy, aunque nadie más vea que he ido.

Un lugar que se huele y que, desde luego, se oye, aun cuando no siempre se vea.

Ese es el problema con la gente que intenta consolarte, con toda su buena intención, diciéndote que todo va bien, que ya estás en casa, que la guerra ha terminado, como si fueras idiota y no pudieras leer un periódico y ver que se ha declarado un armisticio.

Es como decirle a alguien que Grecia ha terminado, o Inglaterra, o Rusia.

No tiene sentido. Los lugares nunca «terminan», salvo quizás Pompeya.

Aun así, todos los que a veces nos colamos en el otro lado, ese lugar que conocemos tan bien, fingimos creerlos.

Si intentas explicar que la guerra nunca terminará, solo conseguirás parecer una víctima de la locura o de la autocompasión, y que tus parientes te miren con preocupación y te den palmaditas en la mano, y eso es mucho más agotador.

Por eso acabas aprendiendo a cambiar de tema y seguir con tu vida.

Ni siquiera te da la sensación de estar mintiendo.

Mientras no hagas daño a nadie y no te comportes de forma abiertamente extraña, la mayoría de la gente lo deja estar. Hay otros que son como tú y te entienden. Hace mucho tiempo que quienes estamos así nos dimos cuenta de que ahora tenemos doble nacionalidad, venimos de dos lugares diferentes.

Galacia y la guerra.

— oOo —

El padre Sebastian se alojaba en un diminuto edificio de una sola habitación cerca de la iglesia.

A duras penas se le podría llamar una rectoría.

Cuando los tres llamamos a su puerta y nos invitó a pasar para resguardarnos de la nieve, abarrotamos el espacio.

Había un crucifijo en una de las paredes encaladas.

Me recordó al cuarto de Codrin: transmitía la misma sensación de ser un lugar en el que vivía alguien que apenas dejaba huellas de su paso.

El padre Sebastian viajaba entre parroquias, así que tenía excusa.

En el caso de Codrin, no me quedaba tan claro.

—Señorita Potter, teniente Easton… Señor Angus. —(Nadie sabe cómo se apellida Angus. Ni siquiera yo lo sé, y lo conozco de toda la vida)—. Es un placer volver a verlos a todos. Eh… ¿Vienen en busca de consejo espiritual?

—Algo así —respondí, y procedí a contarle la saga íntegra de la viuda Botezatu, los cuchillos debajo de las almohadas y, por supuesto, la enfermedad de Bors.

El cura lo escuchó todo con aire grave, aunque le dio un sospechoso ataque de tos cuando llegué a la parte en la que me clavaba el cuchillo.

—Acero afilado bajo la almohada —comentó—. Una superstición muy común por estos lares.

Me pasé las manos por el pelo.

—¡¿Es que aquí nadie mete los brazos debajo de la almohada a la hora de dormir?!

—Imagino que no tardan en aprender a evitarlo —respondió el padre Sebastian con tono apacible, aunque noté que estaba aguantándose la risa—.

Con tanto cuchillo y demás. —Tamborileó con los dedos sobre la pequeña mesa—.

Mi triste sospecha es que, incluso si yo mismo insistiese a la viuda en que llamara al médico, no serviría de mucho.

La gente parece dividida entre pensar que los médicos viven para acudir a cualquier hora del día o de la noche a la primera señal de resfriado, o verlos como heraldos de la muerte. No hay término medio.

—Pero habrá algo que podamos hacer —opuso la señorita Potter—. El pobre muchacho parece a las puertas de la muerte.

El padre Sebastian se levantó, quizás con la idea de caminar de un lado a otro, pero descubrió que no tenía sitio para eso con otras tres personas en la habitación. Al final acabó describiendo un círculo bastante cerrado, tras lo cual se dejó caer de nuevo en la silla.

—Puede que… mm. Tengo una idea. Da la casualidad de que el médico habla alemán. ¿Querría invitarnos a ambos a cenar y practicar su vocabulario? Como poco, una vez esté en la casa, podrá ver al joven muchacho del que hablan y darle algún consejo.

—Un ardid admirable viniendo de un hombre de fe —comenté—. Padre Sebastian, ¿le gustaría venir a la cabaña a cenar con nosotros? Lo antes posible, y tráigase a su amigo médico también.

—Será un honor —contestó el padre Sebastian con una inclinación de cabeza—. ¿Qué le parece mañana?

Ya nos marchábamos cuando me detuve en el umbral.

—Padre, ¿sabe usted si el hilo rojo tiene algún supuesto uso para ahuyentar algo en concreto?

Va me miró con el ceño fruncido.

—¿Hilo rojo? Sé que hay gente que lo cuelga sobre las cunas de los bebés para protegerlos de que se los lleven las… eh… las otras familias.

—Ah. Gracias.

El cura asintió con la cabeza.

—Pura superstición, por supuesto —añadió al cabo de un instante, aunque sin mucha convicción.

— oOo —

Nuestra parte del plan no entrañaba gran dificultad.

Le dije a la viuda que el cura iba a venir a cenar con un amigo, y ella le dijo al techo que al parecer era su sino en esta vida preparar festines sin antelación, pero que como se trataba del representante electo de Dios, no se lo tendría en cuenta.

Lo que no esperaba era que el techo contestase, si bien, eso sí, con la voz de la señorita Potter.

—¿Bors? ¿Qué ocurre?

La viuda y yo subimos las escaleras a toda prisa y nos encontramos a la señorita Potter en el pasillo del piso superior.

Esta se apartó y reveló a Bors de pie, de cara a la pared.

Tenía los ojos cerrados, pero de repente levantó una mano vacilante y empujó la pared, casi como si esperara que se abriera como una puerta.

Las puntas de sus dedos habían adquirido un enfermizo tono rojo violáceo que destacaba contra el encalado. Sin querer, me salió un:

—¡Por Dios, muchacho!

La mirada que me echó la viuda habría podido descascarillar la pintura de la pared. Demasiado tarde recordé la creencia de que, si despiertas a un sonámbulo, su alma podría perderse para siempre.

—Perdón —murmuré, retrocediendo.

La viuda hizo la señal de la cruz en el aire a toda prisa, incluyendo en el gesto a Bors, a la señorita Potter y a sí misma.

Bors abrió los ojos; los tenía enrojecidos.

—¿Dónde ha…? —preguntó, amodorrado.

—Calla —dijo la viuda, y se echó por los hombros uno de los brazos de Bors—. Estás soñando, cariño, nada más. Venga, vamos a bajar a tu habitación.

La señorita Potter me miró preocupada por encima de la cabeza del hombre. Tuviera lo que tuviese, Bors parecía estar empeorando a toda velocidad.