Lo que nos devora de noche Chapter 9
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Chapter 9

A l día siguiente, Bors no había mejorado. Me lo encontré dormido, sentado contra la pared de la fresquera con un balde en el regazo. Cuando lo desperté, dio un respingo, sobresaltado, y me miró con ojos ojerosos.

—¡Ah! ¡Señor! Lo siento, me he sentado un momento y…

—Y deberías sentirlo, Bors —dije con tono severo, quitándole el balde—, porque no te he dado permiso para volver al trabajo. Hace un frío que pela. Venga, apóyate en mí y te ayudo a bajar la cuesta.

Bors protestó con voz débil, pero no se encontraba en condiciones de resistirse a que le quitara el balde.

Al menos, no tenía fiebre; con servirle de apoyo en el camino de vuelta me bastó para saberlo.

Dado que dormir parecía ser anatema —o quizás simplemente el pobre se aburriera como una ostra—, lo llevé a la cabaña, lo coloqué bien abrigado cerca del fuego y le di un par de bridas.

—Toma —dije—. Compruébalas y repara las zonas donde veas desgaste.

—Pero voy a manchar la manta de aceite —murmuró.

—Pues te traigo una manta de montar.

Eso hice. Después preparé té, porque, aunque no fuera capaz de tener té caliente a mano en todo momento, como Codrin, al menos sí podía poner agua a hervir.

Codrin había estado solo en la cabaña cuando empezaron a fallarle los pulmones.

Me pregunto cómo tuvo que ser aquello. Aquel hombre y Bors estaban hechos de la misma sufrida pasta.

Me imaginaba a Codrin intentando trabajar, igual que Bors, sin nadie cerca que le dijera que se sentase y descansara un poco, puñetas.

Di vueltas a aquellos pensamientos mientras esperaba a que se calentara la tetera. ¿Habría pasado miedo Codrin? ¿Habría sospechado que se estaba muriendo?

¿Podría Bors…?

«No si de mí depende», pensé con gravedad.

Encontré a la viuda en la despensa midiendo una taza de sal y, con la delicadeza y el tacto que me caracterizan, dije:

—Creo que deberíamos llamar a un médico para que vea a Bors.

—¡Un médico! —La viuda me miró como si hubiera propuesto traer al verdugo—. ¿Qué quieres? ¿Que se muera?

—¿Quiero todo lo contrario…?

La viuda resopló y me apartó de un empujón, aún con la sal en la mano.

—¡Un médico! Ya puestos, entiérralo directamente y por lo menos me ahorro los cuartos.

Aquello último lo entendí. Me froté la nuca.

—Señora Botezatu, con mucho gusto me encargaría de los gastos…

—Señor, ¿tú te crees? —preguntó al techo—. Jóvenes tunantes ofreciéndose a pagar al médico. Que contrate a un asesino y acabamos antes, como bien sabes, Señor.

—Señora Botezatu…

La anciana cogió de la mesa un cuchillo de trinchar.

Por fortuna, en aquel mismo momento la tetera empezó a humear, y la viuda tomó las riendas de la preparación del té antes de que yo pudiera descubrir el uso que pretendía darle a aquel cuchillo, o la extraña receta para la que podía hacer falta una taza colmada de sal.

— oOo —

Fue un día largo que la preocupación prolongó aún más.

He visto enfermar a demasiadas personas, y demasiadas de ellas no se recuperaron.

Me dije que la mayoría habían recibido un disparo y después habían contraído una infección, que era algo completamente distinto a lo que fuera que aquejaba a Bors.

Después me dije que esta situación no tenía nada que ver con lo que le ocurrió a mi vieja amiga Madeline Usher, que no había ni atisbo de catalepsia, y que era absurdo pensar siquiera en esas cosas.

Después bebí demasiado, aunque conservé la decencia de esperar hasta después de la cena para no ponerme en evidencia delante de la señorita Potter.

Cuando al fin llegué a la cama, me hundí en el colchón, metí el brazo por debajo de la almohada y… solté un alarido al sentir que algo se me clavaba en la mano.

Para cuando logré encender la lámpara, Angus ya estaba en el umbral de la puerta, pistola en ristre. Los nudillos me chorreaban sangre y tenía la camisola salpicada de rojo, pero en la habitación no había nadie más.

—Por el huevo izquierdo que perdió San Elías —rugí—, ¿qué demonios hacía un cuchillo debajo de mi almohada?

No hay nada como que te acuchillen para recuperar la sobriedad de un plumazo. Angus miró el cuchillo, que era de esos que se usan para cortar la fruta. Me había hecho una buena avería entre el primer y segundo nudillo.

La señorita Potter apareció detrás de Angus.

—¿Easton? —preguntó somnolienta—. ¿Qué ocurre?

Mi indignación se vio estrangulada por las leyes de la hospitalidad.

—Le ruego me perdone, señorita Potter. No pretendía despertarla —dije, sangrando con toda la dignidad de la que fui capaz. Cerré los ojos un momento al albergar una sospecha repentina—. ¿No habrá… por casualidad… algún tipo de cubierto debajo de su almohada?

—… Un cubierto —repitió la señorita Potter.

—Eso me temo.

En el caso de la señorita Potter, la legendaria flema británica poseía la fortaleza de un acorazado.

Asintió como si se tratara de una petición absolutamente normal, regresó a su cuarto y reapareció un instante después con un enorme cuchillo carnicero en la mano.

Su expresión titubeaba entre «Podría decirse que esto es un tanto peculiar» y «Toda persona de bien guarda cuchillos en la cama, desde luego».

En aquel momento, «peculiar» iba ganando, pero solo por los pelos.

Angus farfulló por debajo del bigote, volvió a su habitación y salió de ella con un cuchillo del pan en la mano.

—Debajo de la almohada —confirmó.

Solo podía haber una culpable.

—Ha sido la viuda —dije.

El cuchillo descansaba junto a mi almohada, con un trozo de mi piel, como la de un melón, clavado en la punta.

—Pero ¿a santo de qué nos ha puesto cuchillos bajo las almohadas? —preguntó la señorita Potter.

—Es una excelente pregunta —mascullé.

—Es una vieja superstición —terció Angus—. El hierro debajo de la almohada ahuyenta el mal.

—Ah —dijo la señorita Potter.

—Pero qué intentaba…

Cerré la boca antes de terminar la frase. No quería saber a qué mal temía la viuda. Lo que quería era bajar las escaleras, despertarla y echarle una de esas broncas que los reclutas comentarían en voz baja durante años.

Y eso no me llevaría a ninguna parte. No era como si pudiera amenazarla con degradarla a soldado raso, y me habría sentido un monstruo despidiendo a la viuda Botezatu.

Era obvio que necesitaba el jornal tanto como Bors.

Ambos eran pobres como ratones de sacristía, pero la viuda aceptaría caridad cuando las ranas criasen pelo en el Juicio Final.

—Pues nada —dije—. Supongo que no hay mucho más que hacer que volver a acostarnos, ¿no? Siento el alboroto.

—Agradezco la advertencia —dijo la señorita Potter, toda cortesía, sin apartar los ojos de su cuchillo.

Sin querer me fijé en que la viuda le había dado el más grande de toda la cocina. Evidentemente, la señorita Potter se merecía solo lo mejor.

—Primero vamos a vendar esa mano —dijo Angus.

Me dejé hacer con cuestionable dignidad, pero, claro, es muy difícil vendarse la propia mano.

Me la lavé en la palangana, lo cual me dolió más que la cuchillada inicial, y después Angus me la envolvió en un par de capas de vendas.

Yo miraba hacia arriba, que fue como me di cuenta de que la cornamenta de la pared tenía atada una maraña de hilo rojo.

Tras reconocer que en aquel momento no tenía fuerzas para gestionar aquel nuevo descubrimiento, trasladé la mirada a la pared.

—Lo ha hecho con buena intención —dijo Angus, tras remeter los extremos de gasa en el vendaje—. Está preocupada.

—¿Qué es lo que le preocupa? —espeté—. ¿Esa moroi o licántropa o como se llame?

—Naturalmente.

Lo escueto de su respuesta me pilló por sorpresa. Se me fue la mirada hacia los hilos que estaban suspendidos sobre mi cabeza.

—Pero es un disparate. Tú sabes que es pura superstición.

—Como las liebres de bruja.

Me retraje como si me hubieran abofeteado. En Ruravia existían leyendas sobre liebres de bruja. Lo que encontramos al abrir el cadáver de una resultó ser algo todavía peor.

—Yo no digo que sea o deje de ser nada —añadió Angus, levantándose—. Lo que digo es que la viuda no tiene un pelo de tonta, y está preocupada. Y eso me preocupa a mí.

No añadió: «Y a ti también debería preocuparte». No hacía falta.

Me quedé mirando al techo en la oscuridad, escuchando el silencio y con la creciente sensación de que preocuparme, en este caso, era lo más inteligente que podía hacer.

— oOo —

Aquella mañana desperté demasiado pronto y descubrí que había empezado a nevar.

Si hubiera creído por un instante que aquello marcaba el final de nuestra estadía en Galacia, quizás me hubiera alegrado, pero por desgracia se trataba de la nieve que cae en otoño por aquí, en copos que se derriten nada más tocar el suelo tibio.

Podían faltar todavía varias semanas para que la tierra se helara, lo que quería decir que aún quedaba tiempo de sobra para que brotaran más setas.

De todas formas, si salía por piernas en dirección a París, Bors se iba a quedar tirado y sin médico.

Probablemente se recuperara sin problemas, claro.

Era solo un resfriado, lo más seguro.

No tenía motivos para sentirme responsable, salvo por el hecho de que yo tenía dinero para pagar a un médico y la viuda no, y… Maldita sea, ¿y si podía ponerle remedio? Hay tan pocas cosas en esta vida a las que puedo ponerles remedio…

Como, por ejemplo, la práctica de meter cuchillos debajo de las almohadas por la noche.

Moroi. Me había pasado la mitad de la noche en un debate interno acerca de si aquellos seres podían o no existir.

A la agria luz del amanecer, me había parecido todo una ridiculez.

¿Mujeres que se convierten en polillas para atormentarte en sueños?

No me extrañaba que Meriam me hubiera cerrado la puerta en las narices, si llevaba desde la muerte de su padre oyendo a la gente decir esas sandeces.

Entré en la cocina y me encontré a la viuda enfrascada en esa alquimia que convierte los huesos grandes en un caldo delicioso. El funcionamiento lo entiendo, pero lo cierto es que daba la impresión de estar echando los restos de un pobre desgraciado en una marmita. Aun así…

—Señora Botezatu —dije, con una calma portentosa—, ¿sabía usted que anoche encontramos cuchillos debajo de nuestras almohadas?

—Los puse ayer —contestó, como si fuera de cajón.

—Lamento comunicarle que me clavé el mío.

La viuda se detuvo, se dio la vuelta y alargó la mano. Yo me la quedé mirando sin saber exactamente lo que tenía que hacer, y ella chasqueó los dedos y los agitó con impaciencia. Al final entendí que tenía que enseñarle la herida.

—¡Mm! —dijo, cuando no encontró a primera vista nada que objetar a la atención médica de Angus.

—El caso es que usted comprenderá que no hay motivo para poner…

—Voy a mezclar algo de miel con cebolla —dijo, ignorando mis intentos de mostrar firmeza. (Miel con cebolla es una vieja panacea galaciana para todas las lesiones externas. Para las lesiones internas, se cambia la cebolla por livrit).

—No hace falta, de verdad…

—Y acordaos de devolverme los cuchillos para cocinar. Por la noche os los lleváis otra vez.

—Ah, no sé si…

Una hora más tarde, Angus me descubrió merodeando por el establo. Estaba desenredándole las crines a Hob con el cepillo, intentando no hacer ningún ruido que pudiera molestar a Bors. El pobre hombre seguía fuera de combate, y me inclinaba por dejarle dormir.

—¿Qué te ha pasado? —susurró—. ¿Y qué es ese olor?

—La viuda. Eso me ha pasado.

—Ah. —Estiró el cuello para mirar detrás de mí—. ¿Bors sigue dormido?

—Eso espero, desde luego. —Creía oír su respiración agitada desde donde me encontraba—. Ojalá la viuda me dejara llamar a un médico, pero cada vez que lo propongo, se comporta como si quisiera llevarme a Bors detrás del establo y pegarle un tiro.

—Ya, bueno, ya sabes cómo son algunas personas. Como no llaman al médico hasta que es demasiado tarde para que pueda hacer algo, los médicos no sirven para nada salvo para apresurar la muerte. Mi familia era igual.

—Angus.

—¿Sí?

—Tú también eres igual. Poco me faltó para tener que reducirte aquella vez que te rompiste las costillas. No dejabas de repetir que ya se te curarían andando.

—¿Y de qué me sirvió aquel doctor? Yo ya me estaba vendando y tenía una buena cataplasma de grasa de ganso para el dolor.

—Te dio pastillas para el dolor. Y el apartamento olió a mostaza y ganso muerto un mes.

El bigote de Angus parecía poco convencido, pero mi amigo cambió de tema.

—De todas formas, estábamos hablando de la viuda, no de mí. ¿Has pensado en llamar al cura? Puede que va logre convencerla.

Me pareció un plan de una sensatez admirable.

De hecho, con un poco de suerte, quizá el cura pudiera tranquilizar a la viuda acerca de todo aquel asunto de las moroi.

Y a Angus. Y quizás a mí también. Desenredé el último nudo de la crin de Hob y retiré los pelos sueltos del cepillo.

Aquello me recordó a algo, pero no identificaba el qué.

Me quedé mirando las hebras largas y sedosas; después me miré la mano y pensé en cuchillos, miel y cebollas.

—Lo del padre Sebastian es una gran idea. No sé cuánto más voy a soportar todo esto.

Angus empezó a ensillar los caballos. Yo me colé en la habitación del fondo del establo y vi que Bors estaba incorporado contra un montón de almohadas con pinta de tener un pie en la tumba.

—¿Bors?

—¿Mmm?

Me miró con ojos somnolientos.

—¿Cómo te encuentras? Y no digas «aquí estoy».

Logró esbozar una sonrisa lánguida.

—Como si tuviera… algo pesado… —Inhaló aire, apenas un sorbo entrecortado—… en el pecho.

La bruja que se te sienta encima del pecho . Fruncí el ceño al pensar en las palabras de Angus, y Bors me miró con preocupación.

—¿Hay que… hacer algo?

Trató de erguirse con dificultad.

—¡No! Nada de eso. Estábamos pensando en ir al pueblo. ¿Necesitas algo?

Negó con la cabeza. Me pregunté si habría un cuchillo debajo de sus almohadas. Teniendo en cuenta cómo se estaba comportando la viuda últimamente, no me sorprendería que hubiera una armería completa.

—Bien —dije—. Voy a intentar traerte a un médico. No se lo digas a tu abuela.

Bors asintió con la cabeza. Me volví para marcharme, pero las palabras que pronunció entonces me hicieron parar en seco.

—La abuela dice que… tengo que luchar contra ella… Pero pelear no es lo mío… Nunca lo ha sido.

—¿Luchar? ¿Contra quién?

Bors cerró los ojos; estaba perdiendo la batalla contra el sueño.

—Contra esa mujer… de mis sueños…