Chapter 8
E l problema de contar una historia, por supuesto, es que vosotros ya sabéis que os estoy contando algo trascendente que ocurrió.
No es como si estuviéramos todos sentados tranquilamente y me hubierais dicho: «Alex, cuéntanos una historia sobre tu agradable viaje a tu tierra natal, donde lo más peligroso que viviste fue la cantidad de paprika que la viuda echaba a las salchichas».
No: queríais una historia que os pusiera los pelos de punta, así que aquí estoy, haciendo lo que puedo por vosotros, quienesquiera que seáis.
Por eso, al leer sobre mi sueño de la moroi, es normal que os parezca un momento trascendente.
No dudo que parezco idiota por no hacer las maletas y volver a París de inmediato.
Cualquier lector pasará a la siguiente página convencido de que él sería mucho más sensato en mi situación.
(Y lo más probable es que así fuera. Nunca me he jactado de ser el diente más afilado de la boca del lobo).
Sin embargo, en aquel momento, para mí no era más que un sueño que había tenido después de pasarme con el alcohol y hablar de un monstruo que acecha en sueños.
El poder de la sugestión, como había dicho el padre Sebastian.
Me levanté y bajé a la cocina, donde la viuda refunfuñaba sobre esos jóvenes tunantes que duermen hasta la hora que les parece, y lo cierto es que no volví a pensar en aquel sueño en bastante tiempo.
No tardamos en asentarnos en una rutina.
La señorita Potter salía temprano a por setas, y Angus la acompañaba para defenderla de lobos, osos y siniestros ladrones de setas.
Yo dormía hasta una hora indecente, me levantaba, aguantaba los comentarios de la viuda acerca de la suerte que tenían «algunos» y me dedicaba a hacer esto y lo otro por la cabaña hasta que Angus y la señorita Potter volvían a la hora del almuerzo, sonrientes y con las mejillas sonrosadas.
(Doy por hecho que esto último se debía al frío otoñal.
Desde luego, no había ninguna otra causa posible.
Al fin y al cabo, todos estábamos observando las leyes del decoro a rajatabla).
Bors dejaba el trabajo durante una hora cuando el sol estaba en su cénit para eludir las atenciones de la bruja del mediodía.
(¿En vuestro país tenéis de eso? Quizás sea autóctona de nuestra región.
Tiene la apariencia de una chica vestida de blanco y lleva una guadaña.
Si te habla mientras estás trabajando, nunca debes intentar cambiar de tema, pues si lo haces te decapitará o te dará un golpe de calor.
Nunca he oído que aparezca en invierno, pues es un demonio de la insolación, pero obviamente más valía prevenir que lamentar).
Bors y yo pasábamos una hora jugando al ajedrez.
No le ganaba ni una sola partida, pero al menos tenía que esforzarse para derrotarme.
Por las tardes, la señorita Potter se retiraba a echar la siesta, y Angus y yo nos sentábamos a pasar el rato en un agradable silencio compartido, leyendo el periódico de hace dos semanas que Angus hubiera logrado adquirir en el pueblo.
Yo sacaba a Hob a galopar si el tiempo lo permitía, y después disfrutábamos de una agradable comida que la señorita Potter amenizaba con sus hallazgos del día, profusamente glosados, eso sí, por el bien de mi delicada sensibilidad antifúngica.
Había encontrado su viscosa lengua de tierra, la cual me aseguró que era inofensiva, si bien incomestible, y tuve el placer de escuchar una disertación acerca de la importancia de las praderas como hábitat de la cera bermellón.
Hacia el atardecer, jugábamos a las cartas, y Bors se prestaba a ser el cuarto para unas partidas de whist siempre y cuando no apostáramos dinero, y, aunque siempre tardaba una eternidad en hacer sus jugadas, cuando se decidía era absolutamente despiadado.
Era como morir apaleado a manos de una tortuga risueña.
Al tener una rutina establecida, se me empezaron a calmar los nervios lo bastante incluso como para quitarle importancia a algún que otro muro de silencio. Podía pasar varios días sin sobresaltarme por una sombra, y mis sueños no eran más espantosos de lo habitual.
Esta agradable situación duró aproximadamente una semana, y entonces se fue todo al garete.
— oOo —
Era una mañana húmeda y fangosa cuando me encontré a Bors cortando leña en el patio.
El hombre llevaba unos días sin venir a jugar al ajedrez, y yo me preguntaba si lo habría ofendido de algún modo. Bors parecía moverse más despacio de lo normal. Lo vi colocar un trozo de leña sobre el tocón, alzar el hacha, golpear y… fallar.
La hoja cayó mal y descentrada, resbaló hasta el suelo y se hincó en la tierra justo junto a uno de sus pies, casi rozando el cuero de la bota. Un centímetro más y Bors se habría quedado sin un par de dedos del pie.
—¡Bors! —grité, y él retrocedió bruscamente por la sorpresa, levantó el hacha y por poco no se la clavó en la espinilla cuando esta cayó por el propio peso de la cabeza.
Agarré el mango y le quité el hacha de la mano.
—Bors, ¿te encuentras bien?
Él se volvió para mirarme y, sin querer, di un paso hacia atrás con el hacha todavía en alto entre los dos.
Bors no se encontraba bien. Tenía los ojos enormes y ensombrecidos; la cara, demacrada y cerosa. El único color lo aportaban sus ojeras, que el agotamiento había amoratado de turquesa y violeta. Parecía más una calavera con maquillaje que un hombre con vida.
—¿Bors?
—Disculpe, Easton, señor —balbuceó, pasándose la mano por la frente—. No estoy durmiendo bien.
—Tienes un aspecto terrible.
Dejé el hacha en el suelo.
—Lo siento, señor.
—Eso no es… No quería decir… —Agité las manos—. ¡Necesitas descansar! No estás en condiciones de andar blandiendo un hacha.
Bors recorrió el patio del establo con una mirada difusa.
Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, habría pensado que estaba pasando por la peor resaca de su vida, pero, que yo supiera, el único alcohol que Bors había bebido jamás se lo había dado un cura, con una oblea y latín de guarnición.
—Todavía me queda trabajo —dijo.
—Ya has terminado por hoy. Vete a la cama.
Intenté darle la vuelta hacia el establo, pero se resistió.
—No puedo. Tengo que terminar. —Tragó saliva—. Ganarme el jornal.
Estuve a punto de decir: «Al cuerno el jornal», pero me mordí la lengua. Para mí era fácil decirlo; al fin y al cabo, el jornal se lo pagaba yo. Así que le dije:
—Ya has hecho el trabajo de dos hombres esta semana. Te has ganado el salario hasta el domingo. Ahora ve a descansar. Esa es tu tarea para el resto del día.
Su abuela habría protestado por puro orgullo, pero o bien Bors era menos testarudo o simplemente no tenía energías para discutir.
Se dirigió al establo con paso vacilante, y yo fui tras él hasta asegurarme de que entraba en su cuarto.
Después fui a avisar a la viuda. Esta masculló algo sobre lo que les gusta remolonear a los jóvenes, aunque no muy convencida, teniendo en cuenta lo rápido que se quitó el delantal y fue a ver cómo estaba su nieto.
— oOo —
—¿Cómo está Bors? —pregunté a la viuda a la mañana siguiente, mientras esta pasaba las salchichas de la sartén al plato.
—Ahí está.
(Cuyo significado, como ya he dicho, abarcaba desde «se ha recuperado por completo» hasta «le están tomando las medidas para el ataúd»).
—Sí, pero, ¿se encuentra mejor o…?
—Ahí está, poco a poco —respondió, añadiendo más palabras, que no más información. Empujó el plato hacia mí—. Come. No pienso hacerte otro desayuno si dejas que este se te enfríe.
Cogí mi plato, engullí el desayuno y decidí visitar al paciente en persona.
La puerta de su habitación estaba entornada. Alguien había metido un pañuelo por el ojo de la cerradura, lo que me pareció un poco raro. En esas estaba, mirando aquel trozo de tela colgado como una pequeña bandera de rendición, cuando oí un gemido ahogado procedente del interior.
—¿Bors? ¿Cómo estás? —Miré por la abertura y lo vi: una forma gibosa bajo un montón de mantas.
Respiraba con dificultad, como si le doliera, o como si se le hubiera metido un extremo de la manta en la boca.
Aun así, no quería acercarme y despertarlo; se me antojaba una intimidad un tanto agresiva.
Intenté probar levantando la voz—. ¿Bors?
Este se incorporó y aspiró aire en un resuello entrecortado, lo que le provocó un ataque de tos. Entré en el cuarto y empecé a darle palmadas en la espalda.
—Calma, muchacho. ¿Se te ha ido algo por el otro lado?
—Lo siento, señor —balbuceó—. ¿Ya es hora de volver al trabajo? —Negó con la cabeza y tosió otra vez—. Lo siento, pero es que estoy tan cansado…
—Hoy no tienes trabajo —dije con falso entusiasmo. Tenía un aspecto espantoso. He visto hombres muertos con mejor color—. Tú céntrate en recuperarte. Voy a pedirle a tu abuela que te traiga té y algo para desayunar, ¿te parece?
—Sí, señor.
Bors volvió a hundirse en el colchón y miró alrededor con confusión aletargada.
Yo seguía sin tener muy claro si había sido buena idea despertarlo, pero no me había gustado nada cómo sonaba su respiración.
Me recordaba al sueño que había tenido la otra noche, cuando me desperté y no podía tomar aire…
Pero no: esa sensación había desaparecido en unos instantes; no era lo mismo.
Deseché la idea y me dije, con severidad, que era Bors el que estaba enfermo y que yo ya tenía una edad como para buscar protagonismo.
Al menos, ahora respiraba mejor. Entré en la cabaña en busca de la viuda.
Y podéis llamarme idiota si queréis, pues ni siquiera entonces me acordé de Codrin.