Lo que nos devora de noche Chapter 7 #2
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Chapter 7 #2

De repente el cura recordó que la señorita Potter estaba presente y le dio un ataque de tos.

Angus se inclinó y le sirvió más vino mientras todos hacíamos como si el padre Sebastian no hubiera estado a punto de hablar de sueños húmedos.

(Cabe aclarar que no es algo que yo haya experimentado personalmente, pero viviendo entre soldados que cuentan con sus propias lenguas de tierra que de vez en cuando brotan sin avisar, es imposible no hacerse una idea bastante exacta).

—Como iba diciendo —prosiguió va, retomando el hilo—, se supone que las moroi muertas son los espíritus de quienes están enterrados en suelo sin consagrar, sin los ritos debidos, que intentan robar el aliento suficiente para volver a la vida.

A veces incluso se dice que las moroi son los fantasmas de los niños que murieron sin bautizar o al nacer, que todavía están intentando tomar su primera bocanada de aire.

—Se enderezó—. Aunque eso, por supuesto, es un disparate.

Dios es misericordioso y nunca castigaría de esa forma a un recién nacido.

—El disparate lo será todo, ¿no? —exclamó la señorita Potter—. No irá a decirme que se cree estas… ¡estas burdas supersticiones!

El padre Sebastian enarcó las cejas y esbozó una sonrisa repentina.

—¿Me pregunta si creo que la moroi es un ser real que merodea por la noche y se sienta sobre el pecho de la gente?

No, por supuesto que no. Pero en cuanto la historia empezó a propagarse por el pueblo, acudieron a mí una docena de personas a contarme que habían soñado con la moroi.

El poder de la sugestión, como lo llaman los mesmeristas.

Pero no puedo decirles que están diciendo tonterías; solo puedo decirles que confíen en el Señor.

—Miró dentro de su copa de vino—. He aprendido a no luchar contra las supersticiones locales.

Cuando estaba recién salido del seminario, me asignaron una parroquia bastante al sur de aquí.

En aquel lugar tenían la creencia de que, el primer día del año que un pastor llevara a sus rebaños a pastar, este debía ir completamente…

—Lanzó a la señorita Potter una mirada fugaz, y fue evidente que modificó lo que iba a decir—…

sin ropa. De lo contrario la enfermedad perseguiría al rebaño y mataría a muchas de las ovejas.

La cara de la señorita Potter adquirió un tono rosado muy sutil. Angus miró al cura, asintió y dijo:

—Sí, eso también lo hacían en mi pueblo.

—No me sorprende. Quiero decir, intenté ponerle fin, como es obvio.

Era indecente, y lo hacían tanto los hombres como las mujeres.

Además, por lo general seguía haciendo muchísimo frío, y no se ponían ni las botas.

Recuerdo a un hombre que tendría unos setenta años.

Allá iba, con sus ovejas, desnudo como el día que vino al mundo.

Era cuestión de tiempo que pillara un resfriado.

—Imagino que no se lo tomaron muy bien —dijo Angus con lo que sin lugar a dudas era una sonrisa, pero que logró contener detrás del bigote.

El padre Sebastian asintió con aire pesaroso.

—Cuando pensaba que empezaba a ver progresos, el obispo se me echó encima y me ordenó que no interfiriera bajo ningún concepto, a menos que quisiera cargar con la culpa de las muertes de las ovejas.

Resultó que él también era de un pueblo donde tenían esa costumbre.

Desde entonces he aprendido a elegir mis batallas.

El cura apuró su copa.

Angus abrió la boca para decir algo, pero se detuvo antes de pronunciar la primera palabra.

Una polilla blanca había localizado una de las velas y ahora daba vueltas a su alrededor, agitando sus alas pálidas peligrosamente cerca de la llama.

Los cuatro nos la quedamos mirando, debatiéndonos entre la vergüenza y el susto.

—Fuera —dije, agitando una mano hacia ella.

La llama de la vela se plegó en respuesta. Las alas del insecto me rozaron el dorso de la mano y me dejaron un rastro de polvo; después, la polilla se alejó revoloteando hacia la oscuridad de las vigas.

—Bueno, todo esto ha sido fascinante, padre —dijo la señorita Potter, rompiendo aquel silencio incómodo—. No tenía ni idea de que las tradiciones locales fueran tan… eh… temerarias. —Esbozó una sonrisa débil—. En Inglaterra lo único que había era druidas. Y hadas, claro.

Angus no llegó a arrugar la expresión cuando la oyó mencionar a las hadas en voz alta, pero sí se quedó quieto un momento, como si hubiera oído a alguien amartillar una pistola a lo lejos.

—Aquí también tenemos. Esto… los druidas no. —Me sorprendió mi propia reticencia a pronunciar la palabra «hadas»—. En Galacia, las llamamos «las otras familias». Se dice que engañan a la gente que va por el bosque para que se salgan del camino y… demás.

La señorita Potter barrió la mesa con la mirada, como esperando que alguno de nosotros se echara a reír. Cuando nadie lo hizo, dijo:

—Mm.

—Hablando de perderse por el bosque —dijo el padre Sebastian, poniéndose de pie—, debería ir volviendo antes de que esté demasiado oscuro como para ver a un palmo.

—Puede usted pasar aquí la noche si quiere.

¿Fue una sombra de duda lo que percibí en su voz?

—Es usted muy amable —dijo va—, pero debería irme a casa, de verdad.

— oOo —

Aquella noche soñé con la moroi.

Todo empezó con dos hilillos blancuzcos enganchados a una grieta de la puerta de mi habitación. Yo, desde la cama, los veía moverse sin descanso, como si estuvieran buscando algo. Entonces, algo se contoneó y se desplazó de lado, y de pronto una polilla enorme se abrió paso por la grieta.

El insecto aleteó en círculos por la habitación.

Pasó por entre la cornamenta que había colgada sobre la cama, se posó un instante en una de las afiladas puntas de un asta y emprendió el vuelo de nuevo.

Era de color gris plateado, sombreado de pardo en las alas; el tono de la arcilla galaciana cuando se seca.

Atisbé unas líneas del color de la carne en el abdomen, y de repente la polilla aterrizó sobre mi cama y se transformó en una mujer.

Estaba agazapada a cuatro patas junto a mí y miraba hacia abajo. Tenía la piel muy pálida y los párpados pintados de colores oscuros.

No era ni guapa ni fea. De hecho, tenía unas facciones ordinarias y poco memorables: cara redonda, nariz chata, párpados pesados.

A una parte de mí aquello le pareció sumamente raro.

Si una polilla iba a tomarse la molestia de convertirse en mujer, lo suyo era que fuera horrenda o de una belleza inhumana, en lugar de poder confundirse con otras cien mujeres de las que te cruzas por las calles de la capital.

El sueño me había sumido en un lento estupor, pero aun así luché por decir algo, lo que fuera, y al fin me salió un:

—Disculpe, mademoiselle , pero creo que no nos han presentado.

Ella sonrió un poco, o quizás ya sonreía desde el principio. Tenía los labios curvados, aunque sus ojos eran tristes. El código básico de la caballerosidad me empujó a preguntar:

—¿Le pasa algo?

La mujer ladeó la cabeza sin dejar de esbozar aquella sonrisa débil y triste y se acercó un poco más, tanto que casi habría podido besarla.

Si bien he besado a mujeres que no me habían presentado alguna que otra vez, prefiero saber al menos cómo se llaman si estoy en una cama con ellas.

(Cabía la vaga posibilidad de que supiera su nombre y simplemente se me hubiera olvidado, pero me parecía improbable.

No me acuesto con muchas desconocidas, en realidad).

Tomé aire para preguntarle otra vez cómo se llamaba, pero no ocurrió.

Lo de tomar aire, quiero decir. Algo pesado me apretaba contra la cama, y entonces me di cuenta de que la mujer se me había arrodillado sobre el pecho.

No tenía conciencia de que hubiera ocurrido, pero ahora la mujer pesaba mucho, muchísimo, y me impedía tomar aire salvo en pequeños sorbos.

Al ir a agarrarla me di cuenta de que tenía los brazos inmovilizados debajo de la manta.

La mujer me miró con tristeza. Era evidente que no tenía ni idea de que me estaba aplastando.

La oscura habitación empezó a sumirse aún más en penumbra, bordeada de plata.

«Qué vergüenza vamos a pasar como me desmaye», pensé.

En ese momento me sobrevino una oleada de tinnitus que reverberó en mi cabeza como el tañido de unas campanas.

Cerré los ojos con fuerza, pero el tañido solo fue a más, hasta alcanzar el ya habitual pitido que me hacía rechinar los dientes…

Y de repente tomé una bocanada desesperada de aire y me incorporé en la cama como un resorte.

Me llevó un instante recuperar el aliento. El tinnitus fue remitiendo poco a poco. En la cama solo estaba yo, con un lío de sábanas a mi alrededor y un demoledor dolor de cabeza que bien podía achacarse al livrit.