Chapter 7
L legó el martes y la viuda se sumió en un frenesí culinario, como si esperara que el cura se fuera a presentar con la familia real al completo.
Sin embargo, va apareció sin acompañante, lo cual fue práctico para la conversación durante la cena, pero también supuso que la comida se apilara hasta el techo, como quien dice.
Después de la cena, pasamos al vino y, lo que es más importante, al livrit. La señorita Potter nunca había experimentado nuestro licor patrio, y, si hubiéramos sido personas decentes, habríamos dejado que permaneciera en dicho estado de gracia.
La señorita Potter olisqueó su vaso, se lo apartó de la cara y dijo:
—En Inglaterra, después de cenar, lo tradicional es que las mujeres se retiren a otra sala mientras los hombres beben. Nunca he sido partidaria de esa tradición, pero estoy empezando a replanteármela.
—No tienes por qué bebértelo —dijo Angus—. Estoy seguro de que hay más vino…
—Angus —respondió la señorita Potter—, soy científica, ¿y qué es la ciencia sino audaz experimentación?
Dicho esto, se ventiló de un trago medio vaso de livrit y lo dejó en la mesa con una luz en los ojos y los labios apretados para reprimir la tos.
Pese a lo difícil que es interpretar sus emociones, tengo casi la total certeza de que, en aquel instante, Angus entregó a la señorita Potter el resto de su corazón.
El padre Sebastian y yo vitoreamos. Me ofrecí a echarle un poco más de livrit, pero ella cubrió el vaso con una mano y negó con la cabeza.
—Desde luego, ha sido toda una experiencia —dijo, sin aliento, pero solo un poco—. Sin embargo, no me veo en necesidad de reproducir el experimento.
El padre Sebastian se echó a reír.
—Ahora es usted una galaciana honoraria.
—Santo cielo, padre, ¿cómo se le ocurre echarle a la señorita Potter una maldición semejante?
Hice un gesto para prevenir el mal de ojo y oí a la viuda resoplar con fuerza desde la cocina.
—Veo que ha empleado a la viuda Botezatu —dijo el padre Sebastian una o dos horas después, una vez que la viuda nos hubo informado de que podíamos limpiar la mesa nosotros solitos, porque ella se iba a la cama.
—Ah, sí —dije, sirviéndole más vino—. Nos cuida de maravilla.
—Una mujer harto encantadora —respondió va, demostrando que hasta los clérigos mienten cuando les conviene—. Ha sido miembro incondicional de la parroquia desde que empecé a oficiar aquí.
—Y es una excelente cocinera —apuntó la señorita Potter—. Hacía mucho que no me daban tan bien de comer.
Me encontraba en esa agradable fase de la ebriedad en la que no siento nada sino buena voluntad hacia mis semejantes. Aun así, me llevó unos instantes pensar en algo agradable que decir acerca de la viuda. Fijé la vista en la cabeza de jabalí disecada en busca de inspiración.
—Es muy valiente.
Todos los ojos se posaron en mí, y me di cuenta de que iba a tener que explicarme.
—Angus no consiguió a nadie más para trabajar aquí. Todos le tenían miedo a una… ¿Cómo era? Una moroi, aunque parezca mentira. Pero nuestra querida Botezatu, no.
—¿Una moroi? —preguntó la señorita Potter—. ¿Qué es eso?
—Un monstruo que se te sienta en el pecho —expliqué.
La señorita Potter ladeó la cabeza, como un perro muy inteligente que acaba de verte hacer una tontería sin explicación.
—Disculpe, ¿cómo dice?
Me encogí de hombros con gesto derrotado, agotado mi escaso conocimiento acerca de las moroi. Seguramente fuera hora de pasar al agua.
—Ya lo siento, pero nunca me contaron los cuentos debidos durante mi niñez. Padre Sebastian, ¿los conoce usted?
—Conozco los cuentos, por supuesto. —Va me miró con aire compungido—. Incluso me llegaron rumores de que había una… suelta. Obviamente, he intentado sofocarlos, pero a veces no se puede llegar a todo.
—¿Es una superstición local? —preguntó la señorita Potter.
—No es solo local. Se encuentran variantes en diversos lugares de esta parte de Europa.
Mare , marra , moroi… La criatura goza de un amplio territorio.
—Va unió las yemas de los dedos formando un triángulo—.
Es un demonio que entra en el cuarto de su víctima mientras duerme y se agazapa sobre su pecho para robarle el aliento de los pulmones.
—Como un alb —dijo la señorita Potter.
—Sí, es muy similar. Aunque en el caso de la moroi, siempre es mujer. Además, a menudo se piensa que es como un licántropo, ya que a veces es una persona viva que sale a merodear por la noche.
La señorita Potter negó tristemente con la cabeza.
—Cuando estuve en Ruravia, donde conocí a mis anfitriones aquí presentes, oí historias de licántropos, pero no daba la impresión de que la gente se las creyera de verdad.
Aquello no era ni de lejos lo peor con lo que se las había visto en Ruravia, pero no quise agriar el vino de mi estómago pensando en ello. «Me pregunto si alguna vez ha intentado contarle a alguien lo del lago. ¿Se lo creería alguien?».
—Galacia sigue empapada de las viejas costumbres —dijo el padre Sebastian—. Y mucho. ¿Sabe por qué Oreja de Lobo se llama así?
Se dirigió a mí al hacer aquella pregunta, y yo tuve que admitir que no.
—Ah. Se dice que aquí había un pueblo con otro nombre, hace mucho tiempo, que sufría los ataques de un licántropo.
Una noche un hombre estaba volviendo a su casa cuando fue atacado por un lobo.
El hombre se resistió y logró cortarle una oreja al animal.
A la mañana siguiente, vieron que al alcalde le faltaba una oreja.
Este intentó ocultarlo, pero el hombre clavó la oreja de lobo en la puerta de la iglesia, y así todo el mundo supo que era el alcalde.
—O puede que simplemente tuviera muy mala suerte y perdiera una oreja en el peor momento posible —murmuré.
—Ah. —El cura curvó los labios con pesar—. Eso también se les ocurrió a ellos. Los galacianos somos de espíritu práctico, ¿no? Primero le cortaron la otra oreja, que también se convirtió en la de un lobo, y después lo echaron del pueblo a pedradas.
La señorita Potter se llevó la servilleta a los labios. El padre Sebastian pareció arrepentirse de inmediato.
—Perdóneme, señorita Potter, por tratar estos temas en tan noble compañía.
—En absoluto. —Negó con la cabeza—. He sido yo quien ha preguntado por los licántropos. Entonces, ¿la moroi también se transforma en un lobo?
—En una polilla, si las historias son ciertas.
El padre Sebastian se reclinó en la silla.
—Es complicado cortarle la oreja a una polilla —observó Angus, lacónico.
—En efecto —respondió va—. Y a una polilla le es más fácil colarse en una casa sin ser vista.
Supongo que casi todo el mundo se daría cuenta si un lobo entrase por la noche en su habitación.
Así que, para detener a una moroi, hay que descubrir quién es de verdad, si es que es un ser vivo.
—Suspiró—. Lo he tenido bastante difícil para acallar ese rumor.
No quiero que mis feligreses empiecen a acusarse unos a otros.
Pero se niegan a abandonar su creencia en la moroi; simplemente han decidido que no es un ser vivo.
—No le sigo.
Empezaba a recuperar la sobriedad, lo cual me deprimía.
El padre Sebastian se encogió de hombros con gesto derrotado.
—Si no está viva, tiene que estar muerta. La amplia mayoría cree que esas son las peores, porque la entrada por la que se cuela una moroi viviente siempre se puede obstruir; pero una moroi fantasma entra a través de los sueños, ¿y cómo se obstruye la entrada de un sueño?
No se puede, por supuesto. Tengo algunos sueños a los que también impediría el paso si pudiera. Me serví una saludable cantidad de agua.
—¿Eso es lo que creen que le ocurrió a Codrin? ¿Que un fantasma se coló en sus sueños?
El padre Sebastian suspiró.
—Hacia el final, poco antes de morir, empezó a sufrir alucinaciones. ¿Entiende?
—A veces así es como se va la gente —dijo Angus con aspereza.
El cura pestañeó, y vi el momento exacto en el que recordó que Angus y yo éramos soldados.
—Claro, por supuesto. Qué les voy a contar a ustedes.
—Dio un largo trago de vino—. Codrin empezó a despotricar contra la moroi que tenía sentada encima del pecho y le robaba el aliento.
Y es un hecho desafortunado que haya quienes velan a los moribundos y…
Bueno, digamos que la historia se propagó, y no como si fueran las imaginaciones de un hombre en su lecho de muerte.
Me estremecí. La muerte no me es desconocida, lamento decir.
Su versión más instantánea es la que mejor conozco —la que aparece al contacto con las balas o la metralla—, pero de la lenta también he visto lo mío, cuando la infección y la fiebre que acompañan a las heridas pasan factura.
Recuerdo que a menudo los moribundos veían cosas que no existían.
A veces era el enemigo, que venía a por ellos.
Normalmente veían a sus madres. Un par de veces fueron cosas más dramáticas.
No había nada que indicase que fuera a ser de un modo o de otro.
He servido junto a soldados que, tras toda una vida de fantasías, mostraron la más fría lucidez poco antes de que se les detuviera el corazón.
Y otros, que tenían menos imaginación que una oveja, al revés: Melisa se pasó los dos días que tardó en morir gritando sobre ángeles, demonios y ruedas en llamas.
Me parecía de una insensibilidad monstruosa que alguien hubiera propagado cuentos sobre los vituperios de Codrin en su lecho de muerte. Lo que dicen los moribundos es algo entre Dios y ellos.
—¿Y ahora corre el rumor de que ese fantasma está atormentando a la gente en sueños? —preguntó la señorita Potter.
—Eso dicen. Supuestamente se aparece en la forma de una polilla o de una mujer hermosa. Aunque creo que en este último caso se debe a que confunden la historia con esa leyenda de las mujeres que visitan a los hombres por la noche para robarles… Eh…