Lo que nos devora de noche Chapter 6 #2
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Chapter 6 #2

—Su nombre popular es «capota sangrienta» —explicó—.

Se parece bastante a la Mycena haematopus , aunque esta última es más habitual encontrarla en la madera podrida.

Mmm. —Sostuvo la seta en alto y la giró para verla por un lado y por otro—.

Una sanguinolenta sería más común, dada la ubicación…

Aunque, claro, no sería tan grande… —Asintió con la cabeza en mi dirección—.

Un interesante espécimen. Le haré una esporada.

Bors, que había estado observando la situación con bastante interés, teniendo en cuenta que no hablaba el idioma, intervino.

—¿No es un pie de sangre?

—¿Es así como se la llama aquí? —pregunté con un hilo de voz.

Bors asintió con la cabeza.

—Por aquí no nos las comemos —añadió—. Crecen donde se aloja el familiar.

Angus se lo tradujo a la señorita Potter.

—El familiar de una bruja, quiere decir.

—Más vale que no haya ningún familiar alojándose en mi fresquera —refunfuñé.

Angus rio por la nariz, pero Bors me miró y asintió con gravedad.

—Si entierra un gato aquí, ahuyentará a los espíritus.

—¡Ni hablar! Me gustan los gatos.

—¡No un gato vivo! —exclamó Bors, horrorizado por el hecho de que lo considerase capaz de perpetrar actos violentos contra un felino inocente—. Pero quizás haya alguno ya muerto en el pueblo. Podría usted comprarlo.

Me froté la frente.

—Solo es una seta, Bors. No nos hace falta ir al pueblo a comprar gatos muertos.

Bors mostró genuina decepción, como si ir de recados en busca de gatos muertos fuera una alegría que raras veces podía darse. Angus volvió la cabeza, me miró y arqueó las cejas. Yo mascullé una grosería y entré tras él en la cabaña para sentarnos a cenar.

— oOo —

La señorita Potter y la viuda Botezatu no compartían idioma, pero de algún modo se las arreglaban para comunicarse.

El galaciano de la señorita Potter, sacado de su libro de frases (previa aprobación de Angus), servía para decir «por favor», «gracias» y «¿Puedo ayudarla?

», suficiente para ganarse el cariño de la viuda.

(Intenté reprimir una punzada de rencor al pensar que yo también decía todas esas cosas, pero la viuda nunca pasaría por alto mi pecado: ser su contratante.

La señorita Potter, siendo extranjera, encajaba en la misma categoría que los niños y los inocentes, cuyas virtudes se magnifican y fracasos se ignoran de buen grado.

Yo, sin embargo, no era más que un mal ejemplo de galacianidad).

Seguramente ayudó que la señorita Potter no exigiera platos ingleses y comiera con entusiasmo todo lo que cocinaba la viuda, además de trasladarle sus alabanzas a través de Angus o de mí.

La calidad de la comida experimentó una notable mejora.

No es que antes fuera mala, pero sí resultaba bastante monótona.

Ahora solo nos ponía salchichas de paprika en una de cada tres comidas.

(Esas se las robamos a los húngaros, en los tiempos en que nos metimos con ellos y nos dieron para el pelo.

Así es como Galacia ha adquirido la mayor parte de su cocina.

La viuda preparaba unas salchichas de paprika excelentes, pero de vez en cuando a las tripas les van bien unas horas para recuperarse).

Por desgracia, subirle el listón tuvo sus inconvenientes.

—Mañana irás a misa, por supuesto —me informó la viuda tras arrinconarme en mi habitación.

Había estado planteándome echar una siesta, pero ella se puso a limpiar a mi alrededor de forma bastante agresiva.

—Eh… ¿mañana?

Me ensartó con una mirada como una bayoneta.

—¿No es domingo mañana?

No tenía ni idea de si mañana era domingo. Los días en la cabaña se habían fundido en uno solo.

—Ah. Domingo, sí.

La viuda cogió mi cepillo, le quitó unos pelos sueltos, buscó alrededor algún lugar en el que deshacerse de ellos y chasqueó la lengua.

—Al contrario que algunos tunantes que podría nombrar —dijo mirando al techo y metiendo los pelos en el delantal—, la señorita Potter es una mujer decente, temerosa de Dios, y sin duda querrá atender a su alma inmortal.

—Ah, eh… ¿Es probable?

Que conste que por lo general no tengo nada en contra de ir a misa.

Para quien quiera ir, está bien. En mi experiencia, es más probable encontrar a Dios en una alcantarilla o en el fondo de una trinchera infecta que en la arquitectura indicada para ello, pero eso seguramente sea porque es ahí donde Ha hace más falta.

( Ha y Har son los pronombres específicos que tenemos en galaciano para referirnos a Dios.

Cuando me enteré de que en inglés esos son los sonidos que suelen asociarse a la risa, lo único que pensé fue: «Sí, la verdad es que encaja»).

Con todo, no creo que a Dios le importe si le rindes culto o no.

Las oraciones de los moribundos en el lodo del campo de batalla y los ruegos de quienes se esconden en sótanos, muertos de miedo, ascienden igual de rápido —o más, si hay justicia en el universo— que los que se pronuncian bajo la luz de las vidrieras.

Y luego estaba el pequeño detalle de que la señorita Potter probablemente fuera anglicana y Galacia es católica (más o menos).

Abrí la boca para explicarle todo esto a la viuda, pero lo único que me salió fue:

—Me… Esto… ¿Voy y le pregunto?

La viuda Botezatu se cruzó de brazos y me fulminó con la mirada. Me batí en retirada a toda velocidad.

— oOo —

Descubrí con moderada consternación que la señorita Potter estaría encantada de oír misa en una iglesia galaciana.

—Es en latín —la advertí.

—Sé bastante latín, teniente. No comulgaré, puesto que sería un poco complicado, teológicamente hablando, pero no creo que Dios se oponga a que asista.

Yo exhalé un suspiro y me resigné a madrugar para acudir a la liturgia.

Como Oreja de Lobo estaba a tres kilómetros largos de la cabaña, efectivamente tuvimos que levantarnos bien temprano.

Bors había tomado prestada una carreta con su burro correspondiente.

Debía haberse levantado antes del alba para ir a por ella.

La señorita Potter y la viuda viajaban con él, con Angus y yo a la zaga, como dos escoltas montados vigilando por si nos asaltaban los bandidos.

(A esta distancia de la capital no tenemos tantos bandidos.

Nadie tiene lo suficiente como para que le roben y todo el mundo se conoce, así que, si a alguien le diera por salirle al paso a un viajero, sacar una pistola y gritarle: «¡La bolsa o la vida!

», lo más seguro es que se llevara un pescozón y la temible amenaza de contárselo a su madre.

Muchos aspirantes a bandido han visto sus carreras truncadas por puro bochorno).

Cuando entramos en la iglesia, todo fue cuchicheos y giros de cabeza.

Lo más seguro es que la mayoría se debiera a la señorita Potter, dado que ser extranjera es mucho más interesante que ser terrateniente ausentista, pero me incomodó igual.

Nunca me ha gustado estar delante de grandes grupos de personas que te miran con expectación.

Me recuerda demasiado a mis inicios como oficial, cuando aún creía que las tropas esperaban que lo que decíamos los oficiales tuviera sentido.

(Con el tiempo aprendí que los sargentos se encargan de traducir lo que farfullas, pero en aquel momento era aterrador).

Yo habría preferido sentarme en la última fila y poner pies en polvorosa nada más terminar la misa, pero la viuda tenía otros planes.

Había traído a una extranjera y a su tunante pródigo a la iglesia, y por Dios que iba a asegurarse de que todo el mundo lo viera.

Nos pastoreó a todos hasta el segundo banco por delante y se cercioró de que hacíamos la genuflexión en condiciones al pasar.

Salió el cura, nos saludó a todos y procedió a soltar un rollo en latín, seguido de un sermón, que me entró por una oreja y me salió por la otra.

Puede que tratara sobre los macabeos. A esto le siguió más latín todavía.

Tuve un ataque de tinnitus hacia la mitad, que no cambió mucho la situación.

Cuando todo el mundo se arrodilló, yo hice lo propio, murmuré las respuestas e intenté redimirme ayudando a la viuda a levantarse después.

Acabamos haciendo cola para hablar con el cura tras la misa. Vi que la señorita Potter sostenía su libro de frases en galaciano y me encogí de expectación.

—Recuerde que a los sacerdotes nos referimos como va y var —le murmuré al oído.

La señorita Potter miró el libro con el ceño fruncido antes de mostrarme un pasaje.

—¿Es este un saludo aceptable?

La traducción aproximada sería: «Mira la basura que ha metido el viento en casa». Me estremecí y señalé el renglón de debajo. La señorita Potter lo pronunció para sí y asintió con la cabeza.

Felizmente, recordó usar va , y aún más feliz fue el hecho de que el padre Sebastian hablaba alemán con fluidez, al igual que la señorita Potter.

Va dejó que esta concluyese su saludo vacilante, respondió con cortesía y cambió de idioma, lo cual nos liberó de la carga de traducir tanto a mí como —lo que era más importante— al libro de frases.

El padre Sebastian era alto, todo cuadrados y rectángulos: barba cuadrada, hombros cuadrados, cejas rectangulares y extremadamente tupidas.

—Perdóneme —le dijo la señorita Potter—. Estoy intentando aprender galaciano, pero este libro no ha resultado ser muy… de fiar.

Va sonrió y dijo:

—No publicamos tantos libros en nuestra lengua materna.

Es una situación que llevo mucho tiempo queriendo cambiar, pero entre una cosa y otra…

—Extendió las manos—. La Iglesia me envía por rotación a cuatro pueblos distintos.

Paso un mes en cada uno, y no tengo casi tiempo para escribir.

Pero volver a practicar mi alemán es todo un deleite.

—Debe usted venir a cenar con nosotros, padre, sin falta —dijo la señorita Potter, mirándome un momento para confirmar si era una invitación apropiada.

Asentí con gesto afable. No tengo nada en contra de invitar a un cura a cenar, siempre y cuando no intente convertir la bendición de la mesa en un sermón interminable—.

Así podrá practicar su alemán y yo tal vez ponga a prueba mi pésimo galaciano con usted.

—Nada me gustaría más —dijo el padre Sebastian. Después se detuvo a pensar un momento—. ¿Les vendría bien el martes?

—Permítame preguntarle a la persona más importante involucrada —dije.

La viuda Botezatu, que había estado observando la conversación entre el cura y su extranjera favorita con un regocijo mal disimulado, recibió con sumo placer la idea de alimentar a los dos a la vez y accedió de inmediato.

Nos despedimos del padre Sebastian con la promesa de verlo en dos días, y al fin se nos permitió abandonar la iglesia y regresar a nuestra depravación cotidiana.