Chapter 6
—¿Q ué te has hecho en los pantalones? —me preguntó la viuda en cuanto entré por la puerta con mis galas embarradas.
—He peleado contra un jabalí —contesté—. Sin ayuda de nadie. Tenía usted razón: mi rifle le pareció de risa, así que tuve que someterlo contra el barro en una lucha cuerpo a cuerpo.
—Sé bien, Señor —dijo la viuda al techo—, que no tienes a los mentirosos en alta estima. «No dirás falso testimonio», dijiste, Señor…
—Me he caído en el barro —repliqué con un suspiro—. Era salvar el arma o mis pantalones, y el arma me parecía más importante.
Ante esto, la viuda resopló, pero no tuvo mucho que objetar. Los pantalones, al fin y al cabo, se podían lavar. (A ver quién puede pasar un rifle por un escurridor).
—Imagino que querrás que te los lave.
—Se lo agradecería en el alma, señora Botezatu.
La viuda se quitó el delantal y fue a por los baldes que había junto a la puerta.
—Voy al arroyo a por agua y luego veo si los has arruinado sin remedio.
—¿Al arroyo? —Pestañeé—. ¿No usa la fresquera?
—No me llama —espetó.
—Pero si está ahí mismo, al lado de la puerta trasera…
—¡Que no me llama, he dicho!
Acto seguido cogió los baldes y salió de la cocina hecha una furia.
Hasta yo, que quizás no sea la bayoneta más afilada del campo de batalla, sé que, si alguien elige cargar con baldes de agua cien metros en vez de quince, es por un motivo de más peso que un capricho pasajero.
Y si bien me escocía un poco que hubiéramos hecho todo el trabajo de limpiar y fregar la fresquera para nada, ¿qué iba a hacer? ¿Gritarle?
Sea como sea, nunca discutáis con vuestra lavandera: tiene formas sutiles y terribles de cobrarse su venganza.
Por fortuna, ya me había puesto unos pantalones limpios cuando oí un «¡Holaaa!» desde el patio del establo y bajé corriendo las escaleras, olvidados ya todos mis pensamientos en torno a la fresquera y las preferencias por una u otra agua.
Cuando abrí la puerta, vi un coche de caballos que se empezaba a alejar y a Angus entregándole su montura a Bors. Nuestra invitada esperaba rodeada por una modesta colección de baúles y maletas.
Eugenia Potter era exactamente la misma que la última vez que la había visto: una inglesa fornida de pelo gris que calzaba, para la ocasión, unas botas impermeables.
Inclinó la cabeza y me dedicó una sonrisita, lo cual para las clases altas inglesas es el equivalente a rodearte el cuello con los brazos y palmearte la espalda con entusiasmo.
—Teniente.
—Señorita Potter.
Hice una reverencia.
Para mi leve perplejidad, la señorita Potter sacó un librito, lo ojeó un momento y asintió una vez. Después, con un acento marcado pero bastante nitidez, exclamó en galaciano:
—¡Easton, joven canalla! Conque el demonio no se te ha llevado todavía, ¿eh?
Mi barbilla tocó el suelo. Bors, que aún estaba en el patio del establo, dejó escapar una risa como un rebuzno antes de taparse la boca de golpe. Angus se cubrió los ojos con la mano.
—Ay, cielos —dijo la señorita Potter, fijándose en mi expresión—. ¿Tan mala es mi pronunciación?
—No —dije, recogiendo mi barbilla del suelo—. Pero ¿quién le ha enseñado a decir eso?
La señorita Potter blandió el libro en mis narices.
—Este es el único diccionario de frases en galaciano que he podido localizar. Esta expresión la describía como… Veamos: «Un saludo afectuoso apropiado entre dos amistades del mismo estatus social».
—Ya le he dicho a Eugenia que ese diccionario podría no ser del todo exacto —aportó Angus.
—Bueno, supongo que no está del todo equivocado. —Negué con la cabeza—. Yo… no usaría esa frase, señorita Potter. Es… eh… —Me quedé en blanco un momento antes de dar con un ejemplo—: Digamos que es como se saludarían los parroquianos de una tasca.
La consternación de la señorita Potter era evidente, pero enseguida se repuso.
—Le ruego me perdone, teniente.
—En absoluto. Es un verdadero placer poder ofrecerle la oportunidad de contemplar la belleza natural de Galacia.
—Sobre todo las setas —dijo Angus.
Me dio un tic en el ojo.
—¡Ah, sí! —El semblante de la señorita Potter se animó de pronto—. ¡Hay muchísimas! Me han dicho que por aquí pueden encontrarse incluso Boletus regius , que ahora son terriblemente raros en Europa.
—¿Ah, sí? —dije con un hilo de voz, preguntándome de qué tipo de hongo pesadillesco se trataba.
—Desde luego. Los bosques de abetos son su entorno predilecto.
Me encantaría pintar alguno. —Se frotó las manos—.
Y si hay alguna dehesa donde pasten las ovejas, a ser posible muy antigua, confío en encontrar lenguas de tierra.
Pronto estarán en temporada, y en Inglaterra ya casi no hay, como es de esperar.
—Lenguas de tierra —repetí. Si bien no había olvidado el tesón que la señorita Potter era capaz de mostrar en cuestión de setas, admito que el tiempo me había emborronado un poco la memoria—. Por aquí hay dehesas, desde luego. Un montón de ellas.
—Fabuloso. Si puedo dar con un buen espécimen de lengua de tierra viscosa, me llevaré una alegría.
—Seguro que algo podremos hacer —dijo Angus, con tal luz en la mirada que supe que aquel hombre peinaría el campo sin descanso hasta depositar una lengua de tierra viscosa a los pies de la señorita Potter.
Bors empezó a entrar los baúles en la cabaña. Yo cogí una maleta y señalé la puerta.
—¿La acompaño a su habitación?
—Sí, gracias. —En aquel momento la señorita Potter se detuvo y levantó la vista—. ¡Qué edificio tan encantador!
—Es pequeño, pero nos vale —dijo Angus con tono huraño, aunque supe que le había alegrado el comentario.
—Espero que esté a gusto aquí —añadí.
—Estoy convencida de que así será. Sinceramente, estaría igual de agradecida en un entorno mucho más agreste, con tal de poder pasar el tiempo rebuscando hongos por sus bosques. De hecho, en una espesura como esta, la cifra de setas podría alcanzar…
Alcé una mano.
—Señorita Potter —dije, con toda la elegancia que fui capaz de reunir—, usted sabe que nadie le servirá con más devoción que yo.
Viajaría hasta los confines del mundo si me lo pidiera.
Sus enemigos son también los míos. Me dejaría caer sobre mi propia espada si creyera haber contribuido lo más mínimo a su infelicidad.
La señorita Potter me escrutó con unos ojos afilados como navajas y dijo secamente:
—Percibo que se aproxima un «pero», teniente.
—Por favor, se lo suplico. No me diga que estamos rodeados de hongos por todas partes.
No me recuerde que hay esporas en el agua o micil…
milel… pelusa de setas en el aire. Es superior a mí.
Si le es absolutamente indispensable hablarme de una seta interesante, por favor, empiece por decirme que es imposible que me infecte, o que me brote de la piel, o que me envenene, o… bueno, ya sabe.
Percibí un leve espasmo en los labios de la señorita Potter.
—La inmensa mayoría no pueden hacer ninguna de esas cosas, se lo aseguro.
Negué con la cabeza. No es que no la creyera: Eugenia Potter era una verdadera científica, dijeran lo que dijeran esos fósiles de la Real Sociedad Micológica, y un día cualquiera antes de desayunar ya había descubierto más sobre el mundo de los hongos de lo que la mayoría de nosotros aprenderíamos en toda una vida. Aun así…
—¿De verdad no la preocupan? —pregunté—. ¿Incluso después de…?
No terminé la frase, pero sabía que no hacía falta.
—La micología es la labor de mi vida —dijo la señorita Potter, lacónica—. Si una veterinaria hubiera tenido que vérselas con un lobo rabioso, nadie esperaría que empezara a tenerles miedo a los animales. De modo que sí, incluso después de…
Agitó una mano hacia la puerta, y presumo que también hacia Ruravia y el lago oscuro que había consumido la casa Usher.
Suspiré. Quizás para ella fuera más fácil, al ser micóloga y ver el mundo en tonos de hongos, y pudiendo distinguir sin problema entre las setas que se echan a la tortilla y las que devoran el cerebro de una mujer muerta. O quizás simplemente se tratara de la micóloga en cuestión.
—Tiene usted mucho más valor que yo, señorita Potter.
Ella arqueó una ceja.
—¿Cuántas medallas tiene usted metidas en una caja, teniente?
—Demasiadas. Pero la mayoría no se las dan a los valientes, sino a quienes no tenemos la sensatez de salir por patas.
La señorita Potter frunció los labios. Parecía a punto de llevarme la contraria, pero sorteé la discusión con una ofrenda de paz.
—Dicho lo cual, hay una seta en la fresquera. No sé de qué tipo es, pero cuando limpiamos el lugar se la dejé para que la viera.
—Venga —dijo Angus—, no empieces ya a atosigar a la señorita Potter, que ni siquiera ha deshecho su equipaje.
—No, no. —La señorita Potter se giró para mirarlo y lo obsequió con una sonrisa mucho más cálida que cualquiera que le hubiera visto dedicar a algo que no echara esporas—. Prefiero ir a verla mientras siga habiendo buena luz. Deshacer el equipaje es aburrido y de noche es igual de fácil.
Todos marchamos hacia la fresquera. Aun a la luz de la tarde, el interior estaba en penumbra, pero a la señorita Potter le bastó una ojeada rápida.
—¡Ah! Una bonita especie de Mycena .
—Es asombroso que pueda saberlo de un vistazo —dijo Angus.
—Ah —dijo la señorita Potter—, pero esta podría reconocerla cualquier aficionado. —Se agachó, arrancó una de aquellas pequeñas setas y la sostuvo a la luz—. Tengan a bien observarla.
Nos apiñamos alrededor de la señorita Potter: Angus, arrobado; yo, reticente, y Bors… Bueno, lo más seguro es que simplemente se estuviera preguntando a qué venía tanta cháchara. La señorita Potter se quitó un alfiler del sombrero y se lo clavó a aquella seta rosácea y asquerosa.
Al instante empezó a sangrar.
—¡Argh! —exclamé, y retrocedí. El sombrero del hongo rezumó un sirope rojo oscuro que chorreó sobre los dedos de la señorita Potter.