Chapter 5 #2
—A mí me recuerda más a una oveja con muletas, ya que lo preguntas.
Giré la cabeza y distinguí la oveja de Angus, aunque no muy bien.
—Mm. Bors, ¿tú qué ves?
Bors estudió el suelo musgoso un buen rato.
—Tierra vieja —concluyó, y siguió limpiando.
Para el día en que llegó la señorita Potter, las ventanas relucían, la chimenea ya no echaba el humo hacia dentro, las camas estaban pulcramente hechas y la casa ya no olía a ratón, sino a pan recién salido del horno.
—Yo no sé nada de esa cocina de postín de Inglaterra —me informó la viuda—. Platos de pueblo y con sustancia, no sé hacer más.
Me paré a pensar en lo que sabía de cocina inglesa y reprimí un leve escalofrío.
—Cocina usted de maravilla, y prefiero sus platos a cualquier cosa que puedan servir en Londres.
La viuda me escrutó con los ojos entornados, con la evidente sospecha de que estaba tomándole el pelo. Yo le dediqué mi más sincera sonrisa.
—¡Tunantes! —masculló mirando al techo, aunque creo que sin mucha convicción.
Angus salió temprano para recibir a la señorita Potter en la capital. Yo me ofrecí a acompañarlo y obtuve una negativa inmediata.
—Pero, Angus, no me cuesta nada…
Le tembló el bigote.
—No hace falta que te molestes.
—Pero que no…
—He dicho que no hace falta que te molestes —repitió con el tono de quien está dispuesto a declarar enemistad mortal contra todo un clan familiar, niños de pecho incluidos.
—Ah. —Se me ocurrió, demasiado tarde, que quizás a Angus le haría ilusión pasar cinco horas a solas con la señorita Potter. (Al parecer, un caballo era una carabina aceptable, pero yo no, por algún misterioso motivo)—. Bueno, pues disfrutad de la cabalgada. Ya os buscaremos esta noche.
Angus acusó recibo con una inclinación de cabeza y un meneo de bigote, y partió.
Decidí hacer algo útil y salí de caza. El lugar estaba pensado para eso, al fin y al cabo, y si bien entre una cosa y otra nunca había cazado nada por la zona, algo tenía que haber que se pudiera comer.
Mi padre sí había venido a cazar alguna que otra vez, antes de que yo naciera, aunque no sabía qué tal le había ido.
No era muy descabellado esperar que hubiera algún corzo.
Probablemente habría venados también, pero si conseguía acertarle a alguno, tendría que cargar con él de vuelta a la cabaña, lo que se me antojó demasiado ambicioso.
—Cuidado con los osos —dijo la viuda al verme bajar las escaleras.
—Lo tendré.
—Y con los jabalíes. —Miró mi rifle con el ceño fruncido—. Con eso no paras un jabalí.
—Señora —dije—, el jabalí parará, se lo aseguro. Pues no habrá visto a nadie subirse más rápido a un árbol en su vida.
—¡Mmfm! —dijo, y, por una fracción de segundo, algo parecido a una sonrisa intentó pasar fugaz por su expresión, pero ella la ahuyentó antes de que pudiera avanzar más allá de la mejilla izquierda.
El silencio me pasó por encima en cuanto dejé el patio atrás. No me había dado cuenta de hasta qué punto Bors y su abuela lo habían hecho retroceder.
Remonté la colina de detrás de la fresquera, resbalando sobre la hojarasca húmeda. ¿Cómo no había reparado nunca en aquel silencio?
Vale que, durante aquel enero eterno, seguramente no me hubiera dado cuenta, y que, antes de aquella ocasión, la mayoría de mis visitas habían sido en mi niñez.
Es innegable que entre mis hermanas y yo éramos capaces de montar suficiente escándalo como para sofocar el sonido de un ejército aproximándose.
¿Habrían notado mis padres algo peculiar?
Madre nunca dijo nada al respecto, aunque es cierto que no habíamos vuelto tras la muerte de padre.
Supuse que se debía a la falta de dinero.
(Es raro que mi madre nunca vendiera la cabaña. El dinero nos habría venido bien, eso está claro. Aun después de heredar la comisión de mi padre y jurar como soldado, mi paga daba lo justo para mantenernos a flote. Las cosas no volvieron a estabilizarse hasta que se casó la mayor de mis hermanas.
Aunque sabe Dios que vender una propiedad cuesta dinero y esfuerzo, así que es muy posible que mi madre no tuviera para pagar a unos abogados que se encargaran del papeleo. Una vez me planteé comprar un piso en París y creo que los papeles costaban más que el piso).
Fui abriéndome paso por entre los troncos de los árboles, intentando no patinar sobre la papilla de hojas húmedas, y busqué un hueco entre el ramaje, algo que pudiera llevar a un claro.
No tenía muchas esperanzas de avistar un corzo a aquellas horas, pero nunca se sabe.
Sí se me ocurrió que quizás a los corzos aquel silencio cargado les parecería tan opresivo como a mí, pero descarté la idea.
Los corzos no habían pasado los últimos años en París, así que, para ellos, aquel sería el estado normal de las cosas.
Bajé a patinazos la ladera opuesta de la colina de la fresquera y subí hasta la mitad de la siguiente. Aunque ya casi se había disipado la niebla, no alcanzaba a ver ni la cabaña ni el humo de la chimenea.
Un sonido repentino, de una potencia abrumadora, me pegó tal susto que por poco no me quedo en el sitio. Levanté el rifle en un gesto instintivo, apunté al enemigo y…
El enemigo graznó con aire afable.
Estallé en una risa un tanto avergonzada y bajé el arma. El corazón me aporreaba las costillas.
La corneja cenicienta — kachulkni , como las llamamos aquí— me miró con el interés cauto y la sutil compasión que los córvidos siempre parecen sentir por la humanidad. Aún quedaban hojas en los árboles, y apenas logré atisbar aquellos ojos brillantes observándome entre manchas de ámbar y oro.
Me llegó el graznido de otra kachulkni a lo lejos, el suspiro de la brisa a través de las hojas. Al oírla, fue casi como cuando van regresando los sonidos después de que se me pase el tinnitus.
Ahora que lo pensaba, aquel silencio se parecía mucho al tinnitus.
Demasiado. Tenía la misma forma de repicarme en los oídos, de ahogarlo todo a su alrededor hasta que mis pensamientos resonaban dentro de mi cráneo con un eco desagradable, como si alguien pronunciara cada palabra demasiado despacio.
¿Y si no era el bosque? ¿Y si era yo? ¿Sería otra desagradable manifestación de mis males, a saber: corazón de soldado, nervios de batalla y lo que fuera que me pasara en los oídos por culpa de los cañonazos y la metralla y aquella vez, siendo joven e idiota, que guardé una pistola debajo de la almohada y se disparó sola a unos centímetros de mi oreja?
Por las sandalias de Cristo, qué idea tan odiosa.
Yo no dejaba de repetirme que volveríamos a París en cuanto llegasen las nieves, pues difícilmente podría buscar setas la señorita Potter en esas condiciones, pero ¿y si volver a París no solucionaba el problema?
¿Y si me asomaba por la ventana y, en vez del lírico sonido de los taxistas declarándose enemistad mortal, lo único que me llegaba era aquel silencio asfixiante?
La corneja echó a volar. Oí el chasquido del aire al contacto con sus plumas. El pájaro graznó otra vez, y el sonido fue como una bendición.
—Basta —murmuré, hablándome en voz alta a propósito—. Ya te acostumbraste al tinnitus y te acostumbrarás a esto. Si es que hay algo a lo que acostumbrarse, y no es simplemente cosa de este bosque, o de la altitud, o de haber comido salchichas en mal estado.
Reemprendí la marcha y me adentré en el bosque con el corazón un poco más liviano.
En mi experiencia, solo merece la pena preocuparse por lo que ocurrirá mañana si puedes hacer algo al respecto.
El sol brillaba, lo cual era un milagro, y, aunque no estuviera en París, los bosques de Galacia no eran el lugar más terrible del mundo.
Pasé de caza unas horas de lo más agradables.
No atrapé ni un bicho, que apuesto a que fue el motivo por el que me lo pasé tan bien.
Si acabas dándole a un ciervo, la cosa se pone técnica y engorrosa y hay que hacer cálculos con ramas y palancas y vísceras.
Para cuando desistí y puse rumbo de vuelta a casa, estaba de buen humor, y empecé a cantar esa vieja tonada galaciana de los dos pastores borrachos que esquilaron al oso.
Soy de ponerle más entusiasmo que entonación, pero al menos así no corría peligro de tropezarme con un corzo sin querer y arruinar la excursión.
Prácticamente entre una palabra y la siguiente, el silencio se cernió sobre mí como un manto de niebla.
La mañana de sol radiante pareció desteñirse a mi alrededor.
De repente sentí como si tuviera los huesecillos de los oídos, esos en los que nunca pensamos, envueltos en lana.
Bajo aquella arremetida, me flaqueó la voz y adiós tonada.
«Mierda», pensé, e incluso solo en pensar esa palabra tardé más de lo debido.
Seguramente por eso reaccioné un poco más despacio de lo normal cuando di otro paso y pisé una zona llena de hojas resbaladizas.
Agité los brazos en el aire, derrapé parte del camino que bajaba la pendiente y estaba a punto de recuperar el equilibrio cuando el otro pie se me trabó en una raíz y me vine abajo como un árbol talado.