Lo que nos devora de noche Chapter 5
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Chapter 5

—¿H as encontrado la casa? —me preguntó Angus cuando fui a su encuentro unos minutos después.

—La casa y a ella, y he mantenido una de las conversaciones más tremendamente incómodas de mi vida adulta.

¿Qué había querido decir Meriam con lo de que «eso fue todo»? ¿Acaso creía que iba a acusarla de acelerar la muerte de Codrin?

Deseché el pensamiento. El duelo afecta a la gente de formas extrañas, y no siempre hay una explicación lógica.

—¿Has encontrado a alguien para adecentar la cabaña?

Angus se frotó la nuca.

—Es de lo más curioso —murmuró—. Nadie quería el trabajo. Si fuera antes de la cosecha, bueno, lo podría entender, pero ahora no es que sobre faena, y aun así me daban calabazas.

—Genial.

Solté un hondo suspiro. No me apetecía nada tener que limpiar la cabaña con mis propias manos.

No es que me importe el trabajo duro —tampoco es que me guste, pero no le tengo miedo—; el problema es que no tengo ni idea de cómo se limpia ni la mitad de las cosas de una casa.

¿Cómo se lustra una chimenea, por ejemplo?

¿Y le importaría lo más mínimo a la señorita Potter que nuestras chimeneas no estuvieran lustradas adecuadamente?

¿Y cómo íbamos a hacer frente al decoro inglés, por el amor de Dios?

—Entonces, ¿no has encontrado a nadie?

—No he dicho eso. He encontrado a alguien, pero no te va a gustar.

Aquello me hizo arquear las cejas.

—Angus, me hieres. A mí me gusta todo el mundo. —Hice una pausa, pensando en varios oficiales superiores de mi pasado—. Bueno, casi todo el mundo.

—No hace falta que lo jures —dijo Angus, en un tono que indicaba el suplicio que suponía para él—. Pero, créeme, esta no te va a gustar. Eso sí: más vale que te muerdas la lengua cuando hables con ella, porque es literalmente la única persona de todo el pueblo dispuesta a aceptar el trabajo.

—Vaya. ¿Qué hemos hecho para caer tan mal a los lugareños?

No pensaba que hubiéramos pasado el tiempo suficiente en Oreja de Lobo como para que se diera el caso, pero quizás esa fuera precisamente la razón. ¿Habían esperado de mí que volviera a la cabaña como un señor que visita su mansión?

Angus puso cara de circunstancias.

—No es eso, exactamente. Aunque he hablado con un par de personas, y se rumorea que la enfermedad de Codrin fue cosa de una moroi .

—¿Una qué?

El bigote de Angus pareció exasperarse.

—Ya sabes. La moroi de los viejos cuentos. La yegua, la bruja, la vieja que vive detrás de la pila de leña.

Me encogí de hombros con expresión desamparada.

—Lo siento. Esa no me la sé.

—Mm. No, supongo que no. Tu madre nunca quiso que tu padre os contara los viejos cuentos. Decía que tendríais pesadillas. Tiene ironía la cosa, pues justo eso es lo que traen las moroi, según dicen.

Me encorvé. Había empezado a lloviznar: el broche de oro a un día ya lo bastante difícil.

—Madre tenía ideas progresistas en cuestión de educación.

(Esto era cierto. Mi madre opinaba que las niñas deberían recibir la misma educación que los niños, cosa que a su manera me resultó de extrema utilidad.

Cuando juré como soldado, había olvidado tanta geometría y latín como cualquier otro miembro de mi unidad, y una vez gané una apuesta en un bar recitando el prólogo de los Cuentos de Canterbury en inglés medio).

Angus gruñó. Este gruñido en particular indicaba que siempre le había parecido que mi madre estaba un poco chiflada, pero no pretendía insultarla delante de mí.

Sé que es una idea compleja como para expresarla con un único gruñido, pero Angus llevaba conmigo desde que yo tenía catorce años, pronombres nuevecitos y un rifle que no tenía ni idea de cómo disparar.

—¿Crees que la gente no quiere aceptar el trabajo por miedo a esa criatura, la moroi? —pregunté.

—Es una explicación tan buena como cualquier otra.

Le di unas vueltas mientras volvíamos donde los caballos.

—Angus, es una explicación pésima.

—¿Eso crees?

—Nos encontramos a las puertas del siglo veinte, y me estás diciendo que la gente no quiere trabajar por miedo a una… una…

—Una bruja que se te sienta encima del pecho y te roba el aliento —continuó Angus, solícito—.

Y puede que el resto del mundo se encuentre a las puertas del siglo veinte, pero nosotros estamos en Galacia, por si no te has dado cuenta.

—Me miró con el ceño fruncido—. Y tú mejor que nadie deberías saber que no siempre se sabe a qué hay que tenerle miedo.

—Sí, pero…

No seguí. Angus tenía razón. En la casa de los Usher había visto cosas y no había tenido los dos dedos de frente de temerlas hasta que fue demasiado tarde. Aun así, ¿un personaje de cuento que se te sienta sobre el pecho? ¿En serio?

Me froté la cara con las manos y pensé en París con añoranza.

— oOo —

La viuda Botezatu llegó al día siguiente.

Tenía unos nudillos como viejos proyectiles de mortero y una nariz de punta roja y afilada.

Había accedido a «hacer por nosotros» durante nuestra estancia en la cabaña, cocinando, limpiando y llevando la casa, y se trajo a su nieto como parte del trato.

El nieto era un joven fornido y amigable que cortaba leña, ordeñaba a las cabras y levantaba objetos pesados con una mano.

Cuando hablabas un buen rato con Bors, te dabas cuenta de que el hombre era lento, y si con eso hubiera querido decir «tonto», eso es lo que habría dicho.

Bors tenía una mente como una colada de lava.

Tardaba un buen rato en llegar adonde se proponía, pero nada podía detenerlo. Me caía la mar de bien.

Como Angus había vaticinado, la viuda no me caía tan bien, pero eso no venía al caso, pues la entendía a la perfección.

La mujer necesitaba el dinero y agradecía contar con él, y estaba resentida tanto por una cosa como por la otra.

Un resentimiento con el que lidiaba a base de pagarlo con su contratante; es decir, yo.

No en su trabajo, por supuesto: habría sido un pecado capital, en la mente de la viuda, eludir sus deberes.

Así pues, nos preparaba buena comida, si bien poco imaginativa, y desgastó los tablones del suelo de tanto frotar.

Entretanto, se crispaba y me llevaba la contraria con cada sugerencia, y si osaba expresar algún gusto en particular, elevaba los ojos al techo y comunicaba a Dios, en términos claros e inequívocos, la opinión que tenía de los jóvenes tunantes que íbamos por el mundo como si de un vergel dadivoso se tratara, y que algún día, mal que nos pesara, íbamos a enterarnos de lo que valía un peine.

Había sargentos de instrucción que me habían dicho cosas mucho peores. Yo desoía aquellos sermones improvisados con una sonrisa ausente y le pasaba a Bors monedas extra de tapadillo.

Fueran cuales fueran sus defectos, la viuda era un portento limpiando, y aún mejor coordinando la limpieza de los demás.

Angus y yo fregamos lo que nos mandó fregar, sacamos cosas para airearlas, quitamos las telarañas de las cornamentas y desempolvamos la cabeza de jabalí y los ciervos dispersos sobre la chimenea.

Aunque nuestro trabajo nunca estaba a la altura de sus expectativas, al menos bastaba para ponerse con lo siguiente, como decía mi madre.

No juraré que mis motivos fueran puramente altruistas: sacudir colchones y golpear rejillas hacía retroceder el silencio.

Aún lo sentía a mi alrededor, saturando las esquinas como una especie de polvo auditivo extraño.

Un polvo que, mientras me moviera, hiciera ruido y hablase con otras personas, no podía depositarse.

Se me hizo raro limpiar la habitación de Codrin.

Había que hacerlo, pues no iba a permitir que la viuda durmiera en el sofá o en el establo, pero no dejaba de ser una tarea desagradable.

Si alguna vez habéis tenido que haceros cargo de las posesiones de un difunto, seguro que sabéis a lo que me refiero.

Retiras sus cosas y dejas vacío en su lugar, y todo lo que quitas —cada sábana y funda de almohada, cada calcetín perdido, cada cuchilla vieja— borra una parte de la huella que dejó la persona fallecida en el mundo.

Te imaginas el momento en que vacíen tu casa y se la lleven así, pieza por pieza, y esperas que sean tus seres queridos, y no unos desconocidos, quienes lo hagan.

Intenté expresar mis pensamientos a Angus, que rio por la nariz y dijo:

—No te preocupes, para vaciar tu apartamento de París harán falta diez hombres, y los siguientes inquilinos seguirán encontrándose botellas de livrit por los rincones durante años.

Por raro que parezca, lo cierto es que aquello me consoló un poco.

Con ayuda de Bors, volvimos a la carga en la fresquera.

Ni siquiera él pudo mover la roca caída que había obstruido el lado derecho.

(Mentiría si dijera que no me resultó un tanto gratificante, pues yo no había sido capaz de moverla ni unos centímetros).

Angus aventuró que la roca formaba parte del techo de la construcción original.

Por suerte, no parecía haber sido de carga.

Dado que no era pleno verano y no necesitábamos dos abrevaderos para refrigerar, nos conformamos con limpiar la parte que estaba libre, despejando baldes de barro y hojas mustias que luego tirábamos por la ladera.

En deferencia a la llegada inminente de la señorita Potter, dejé un solo grupito de setas en el suelo de tierra del centro, pero pedí a Bors que quitase las demás.

Los pies estaban recubiertos de una corteza blanquecina, mientras que los sombreros eran unos bulbos rojizos semejantes a la carne.

Me parecía una visión obscena que no tenía especial intención de tocar.

Bors se deshizo de las setas con un par de rastrillazos.

Por fortuna, una vez retiradas, solo quedó tierra musgosa cubierta de manchas de moho, o de depósitos de mineral, o de la sustancia concreta que tiña el suelo de las fresqueras.

—¿A ti no te recuerda a una persona tumbada de costado? —pregunté, señalando la mancha de gran tamaño.

Angus ladeó la cabeza.