Lo que nos devora de noche Chapter 4
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Chapter 4

P or la mañana, Angus y yo cabalgamos hasta el pueblo cercano.

El tiempo seguía siendo húmedo y desapacible, la carretera seguía tragándonos como una serpiente fría y gris, y encima ahora había que añadirle la niebla.

Yo estaba de un humor de perros y lo sabía, y estaba haciendo lo posible por no pagarlo con Angus ni con Hob.

Se me ocurre que tal vez creáis que estoy haciendo una montaña de un grano de arena con esto de viajar, teniendo en cuenta que pasé gran parte de mi juventud zanganeando por Europa, en ocasiones al tiempo que me llovían balazos.

Y puede que tengáis razón. Lo único que puedo decir en mi defensa es que, mientras estuve en el ejército, llevábamos una rutina allá donde fuéramos.

La rutina consistía en levantarnos, comer bazofia, quejarnos, atender a los caballos, aburrirnos como ostras, comer más bazofia y dormir.

De vez en cuando cambiábamos de sitio y nos aburríamos allí.

En contadas ocasiones, pasábamos unas horas de angustia y tensión absolutas antes de proceder a aburrirnos con el susto en el cuerpo, pero, por norma, la rutina era dueña y señora de nuestros días.

Años atrás, cuando dejé el ejército, la falta de una rutina fue lo más difícil de sobrellevar.

¡La gente no paraba de hacer cosas a cualquier hora del día y de la noche!

¡Y esperaban que yo hiciera lo mismo! No sé cómo nadie es capaz de soportarlo.

Con el tiempo elaboré una nueva rutina centrada en torno a París.

Comía en el mismo café todos los días a la misma hora, iba al mismo bar según abría, y los miércoles siempre había Salón, al que asistía sin falta, y los viernes siempre montaban alguna fiesta, y los domingos me despertaba con el tañido de las campanas de la catedral y pensaba: «Podría ir a misa», y luego no iba.

(Esta también era una parte esencial de la rutina).

No es que tenga nada en contra de viajar.

Por lo general, me gusta. Ni siquiera tengo tanto en contra de Galacia.

Pero, tras el incidente con los Usher, me había aferrado a mi rutina con uñas y dientes, y justo estaba empezando a sentir algo cercano a la normalidad cuando de pronto me la volvieron a trastocar.

Una niebla densa cubría el bosque y solo retrocedió un poco cuando llegamos a los cultivos. Para cuando vimos el pueblo ya estábamos prácticamente en él, como si hubiera estado escondido detrás de una puerta con la esperanza de que nos marcháramos.

El nombre del pueblo significa «oreja de lobo» en galaciano.

En su día fue de tamaño medio, con una población de unos doscientos habitantes, que, como en muchos otros lugares, habían ido disminuyendo en los últimos años, de modo que había más casas de las que hacían falta, y muchas en las afueras se habían deteriorado o estaban directamente en ruinas.

El pueblo consistía en dos calles que se cruzaban formando un ángulo agudo, con la iglesia encajada en el triángulo dibujado por la intersección y los muros del cementerio extendiéndose a lo largo de ambas calles.

Angus se llevó a los caballos y se dirigió hacia la posada, donde esperaba saber de alguien que pudiera trabajar en la cabaña. Yo hundí las manos en los bolsillos y partí en busca de alguien que pudiera indicarme el camino a la casa de la hija de Codrin.

Oreja de Lobo no era precisamente una bulliciosa metrópoli y, como hacía un poco de frío, tardé unos minutos en encontrar a alguien por la calle.

Todo el mundo había cerrado los postigos para que no entrara la humedad.

(La mayoría de los postigos tienen nabos tallados.

No, no sé por qué. Es algo que hacemos en Galacia.

Los suizos tallan flores en sus postigos y nadie les pregunta por qué, ¿verdad?

Bueno, pues a nosotros nos gustan los nabos).

Al fin di con un hombre mayor que se dedicaba a hacer esto y lo otro en el jardín delantero de una casa.

Se le daba muy bien; recogía alguna cosa, se paseaba unos metros, dejaba la cosa allí, después cavaba durante un minuto, arrancaba unos hierbajos y se paseaba hacia la siguiente tarea. Casi me dio rabia interrumpir.

—Buen día tenga usted —exclamé.

El hombre volvió la cabeza y se paseó hacia mí con una expresión de campechana curiosidad.

—Y que el demonio lo pase por alto a usted, señor —respondió, que es un saludo que ya no se oye mucho.

No pude reprimir una sonrisa.

—No pretendo importunarlo —dije—, pero ¿sabría decirme dónde puedo encontrar a la hija de un hombre llamado Codrin?

—¿Codrin? —Su sonrisa se desvaneció—. Ah. Murió, ¿sabe usted?

—Sí, eso he oído. Me gustaría hablar con su hija. ¿Sabe dónde vive?

—Sí, claro. —Me dedicó una mirada larga, casi compasiva, antes de señalar a lo lejos, calle abajo—. Doble la esquina y pase cuatro casas. Es la de la puerta azul.

Le di las gracias. Esperaba que volviera a dedicarse a hacer esto y lo otro, pero al doblar la esquina y volver la vista, vi que seguía observándome, aunque la niebla era tan densa que ya no pude distinguir su expresión.

— oOo —

Contemplé la puerta de la hija de Codrin con el corazón encogido.

La teoría de eso que llamamos «dar el pésame» está muy bien, pero, en esencia, la práctica consiste en acercarse a una desconocida y decirle: «Ah, sí, esa persona a la que tanto quería usted.

¿Recuerda lo horrible que fue su muerte?

Pues lo siento mucho». Es distinto cuando se lo dices en el funeral y el recuerdo está reciente, pero dos meses después… Me parecía macabro.

Sin embargo, no hacerlo habría sido una falta tremenda de educación, y no era como si la hija de Codrin no se fuera a enterar de que la persona para la que había trabajado su padre estaba de vuelta en la cabaña. Apreté los dientes y llamé.

Al cabo de un momento la puerta se abrió y por ella se asomó una mujer flaca y ojerosa que se me quedó mirando. No se parecía mucho a Codrin, salvo por la estatura, pero algo en sus ojos…

Carraspeé.

—Disculpe, ¿es usted Meriam?

Me miró de arriba abajo con expresión recelosa antes de responder.

—Sí, soy yo.

Me quité el sombrero y lo sostuve contra el pecho.

—Soy Alex Easton. Eh… —De repente me quedé en blanco y recurrí a la cortesía ritual—. ¿Cómo está usted?

La hija de Codrin ladeó un poco la cabeza y dijo:

—Aquí estoy.

—Claro —dije—. Por supuesto.

«Aquí estoy» es lo que respondemos en Galacia a cualquier pregunta del estilo, y abarca una gama tan amplia de situaciones que transmite una cantidad nula de información.

Puede significar tanto «Me embarga una felicidad inenarrable, se me ha curado la gota, y los ángeles me guardan a cada paso que doy», como «Un oso acaba de arrancarme una pierna y en estos momentos me estoy desangrando, pero usted no se apure». El caso es que aquí estamos.

—¿Puedo ayudarle?

Respiré hondo y me aferré al ala del sombrero con dedos nerviosos.

—He oído lo de su padre. Codrin. He venido a… —De repente, «darle el pésame» sonaba absurdo y forzado—… a decirle cuánto lo siento. Me acabo de enterar.

Meriam tendría fácilmente unos veinte años más que yo y unas pronunciadas arrugas alrededor de la boca, que se marcaron aún más cuando me miró.

—Es usted quien manda las cartas.

Tenía un acento que era puro galaciano rural; cada consonante le salía con la fuerza de un escopetazo.

—Eh… sí.

Su mirada adquirió una traza de hostilidad.

—Quiere saber por qué no le escribí para contárselo, ¿no?

—¿No? —No era el caso, al menos no hasta que ella lo había mencionado—. No quería… Es decir…

Estrujé el ala del sombrero entre las manos.

Se me ocurrió, tarde, que tal vez Meriam creyera que venía a que me devolviera el sobre con la última paga de Codrin.

Ni siquiera se me había pasado por la cabeza, y, si lo hubiera hecho, habría expulsado la idea con mi pistola en una mano y un látigo en la otra.

—Solo quería decirle que lo lamento mucho —añadí—. Era un buen hombre. Espero que fuera… Al final, quiero decir… que no fuera…

Santo cielo, ¿qué se les dice a los civiles en momentos así? «Espero que tuviera una muerte fácil» era verdad, pero no te dejan decir algo así como si nada.

Las arrugas de Meriam se pronunciaron aún más. No podía culparla. Quise meterme el sombrero en la boca para no hablar más. Pero no. Le solté:

—Me hizo mucho té.

Un desconcierto fugaz le recorrió el semblante y ahuyentó por un momento la hostilidad. Respiré hondo, decidí que ya no podía echarme atrás y continué:

—Hace unos años vine a pasar una temporada aquí, a recuperarme de mis heridas.

—(Lo cual era cierto, aunque no en el sentido que ella debió darle)—.

Yo… eh… pasé un tiempo sin poder hacer mucho.

Él no dejó de traerme té. Siempre estaba caliente.

Por mucho rato que pasara sin moverme del sitio, su padre nunca dejó que se me enfriara el té.

Debía de tener la tetera al fuego dieciocho horas sin parar. Fue… muy amable.

La última palabra me salió con voz estrangulada.

Eso no me lo esperaba. Yo ya no lloro. Le he perdido el truco.

Les pasa a muchos soldados, tarde o temprano, y solo los más afortunados lo recuperan.

Pero, aunque no me salen las lágrimas, de vez en cuando todavía se me cierra la garganta, y eso fue lo que ocurrió en aquel momento: porque sabía que no podía explicar lo mucho que había significado para mí, aquel mes que pasé mirando la nieve sin moverme de la silla, con la boca llena de cenizas y la cabeza llena de hombres muertos, que siempre hubiera té y siempre estuviera caliente.

Meriam me observó otro rato y después apoyó la mejilla contra el marco de la puerta.

—Mi padre me hacía té cuando estaba enferma —dijo con voz queda—. De niña tuve neumonía. El médico dijo que las bebidas frías me harían toser, así que nunca dejó que se enfriara el té.

Asentí con entusiasmo.

Nos sumimos en un silencio incómodo; ella, en la puerta, y yo un peldaño por debajo, destrozando mi sombrero con dedos agitados. Carraspeé.

—Solo venía a decirle lo mucho que lo siento. Y que lo echaremos de menos en la cabaña. Eso es todo.

La hija de Codrin agitó una mano, como queriendo decir: «Gracias por el pésame», o, tal vez: «Gracias por no preguntar por la última paga», o, lo más seguro: «Muchísimas gracias por venir a recordarme un tema tan doloroso».

—A papá le encantaba la cabaña. Yo creo que quería morir allí.

—Siento que no pudiera ser así. No, espere. —Mi sombrero no volvería a ser el mismo—. Quiero decir, que no me habría importado si hubiera muerto allí. O sea, obviamente me habría importado muchísimo que muriera, pero no que fuera allí…

En aquel momento, tras un esfuerzo sobrehumano, conseguí recuperar el control de mi lengua y apresarla detrás de los dientes antes de tener la oportunidad de decir algo aún peor.

Meriam me escrutó con ojos cansados.

—Tenía pensado escribirle —dijo, como si yo no hubiera estado farfullando un montón de tonterías—. Papá me dijo que lo hiciera. Pero las cartas nunca han sido lo mío, y entonces murió, y con todo lo demás…

Hizo un gesto vago que entendí de sobra.

Me disponía a despedirme de aquella buena mujer y dar el pésame por entregado, cuando la pregunta que había estado carcomiéndome salió disparada como un perro que se escurre de su correa.

—¿Puedo preguntarle cómo murió?

Los ojos de Meriam se volvieron fríos como esquirlas de pedernal. Me maldije de inmediato, no ya por dejar de lado el tacto, sino por prenderle fuego y tirarlo por un barranco.

—Esto… —tartamudeé—. No quería decir… Yo solo…

—Una inflamación de los pulmones —me espetó, pronunciando cada palabra como una maldición—. Eso fue todo.

Y me cerró la puerta en las narices con un golpe que sonó como un disparo.

Ahí me quedé un momento, inmóvil, aferrándome a los restos desfigurados de mi sombrero, antes de volver al camino en dirección a la iglesia.

El señor que hacía esto y lo otro se había metido en casa, pero vi que las cortinas se movían como si alguien escondido tras ellas estuviera viéndome marchar.