Chapter 3
L a planta superior de la cabaña la conformaban tres dormitorios. La última vez que estuve dormí en el más grande, pero dado que iba a venir la señorita Potter, me pareció de buena educación dejárselo a ella y ocupar uno de los pequeños.
«Aunque, a menos que limpiemos este sitio, no me imagino hospedando a la señorita Potter de ninguna manera».
Era cierto que seguramente no hiciera ningún comentario negativo.
La señorita Potter pertenecía a una antigua y refinada escuela de cortesía, por la cual, si creía que estabas haciendo todo lo posible, podías ofrecerle ratones desollados y agua de tritón hervida por té, y vive Dios que aquella mujer se bebería el agua con el meñique levantado y elogiaría el emplatado de los ratones.
En cualquier caso, era una cuestión de principios.
Por suerte, no había rastro de roedores en los colchones.
Tendría que sacarlo todo a airear, pero empezaba a oscurecer, y una húmeda noche galaciana distaba mucho de ser el momento ideal para ello.
Me contenté con abrir los postigos de las ventanas y sacudir las mantas unas cuantas veces, lo que levantó una nube de polvo.
Me costaba creer lo mucho que se había deteriorado la casa. No recordaba que hubiera estado así la última vez. Aunque, claro, eso había sido… Eh…
—Puñetas —mascullé para mis adentros, peleando con una colcha como si fuera un enemigo—. No ha pasado tanto tiempo. Es imposible.
El problema era que, si bien siempre había tenido una imagen mental de la cabaña de caza, empezaba a sospechar que estaba anclada en mi infancia y llevaba sin actualizar con regularidad desde entonces.
Mi padre había comprado la propiedad hacía muchos años, y, aunque tras su muerte lo vendimos casi todo, acabé heredando la cabaña.
(Técnicamente, como soldado de jura, lo heredé todo yo, pues mi padre no tuvo hijos varones.
Esto incluye la casa en la que crecí, pero su verdadera propietaria es mi madre, ponga el nombre que ponga en los papeles. La cabaña, no obstante, es mía).
Era solo que no había pasado tanto tiempo aquí siendo ya mayor. Había tenido mucho que hacer, con la guerra… Bueno, las guerras. Y después otras cosas que técnicamente no fueron guerras pero que consistieron en muchos soldados arreglando estropicios.
Mi última visita a la cabaña había sido después de aquel maldito desastre con los serbios y los búlgaros.
Nos presentamos allí con la idea de ayudar a los búlgaros a luchar contra los turcos —otra vez—, y resultó que en vez de eso había que dispararles.
Como si no bastara con eso, habían incorporado a los míos como avanzada de una unidad serbia.
Tuvimos la mala suerte de que el comandante —ojalá cague piñas en el infierno— oyó «caballería ligera de reconocimiento» y se quedó con lo de «caballería», con lo cual esperaba de mis soldados que recrearan la maldita carga de la Brigada Ligera británica mientras sus hombres nos cubrían.
Pero resultó que esos rifles tan modernos y sofisticados que habían traído eran una basura y, en consecuencia, hubo personas excelentes que no vivieron para ver el oprobio de nuestra derrota.
(El desgraciado del comandante se llevó un disparo hacia el final, motivo por el cual estoy aquí contándoos esto y no cumpliendo pena en un calabozo militar por agresión a un oficial superior).
Me pasé la mayor parte de aquel enero en la cabaña de caza, mirando la nieve. Angus me puso delante de una ventana; de lo contrario, me habría dedicado a mirar la pared. No fue una buena época.
Y encima, al parecer, ya había pasado una década de aquello. Por las sandalias de Cristo.
La puerta principal se cerró de golpe. Bajé las escaleras y vi a Angus quitándose los guantes de montar.
—Codrin ha muerto —anunció sin rodeos.
Lo había visto venir desde que me había encontrado la cama sin hacer, pero no por ello dejó de sentarme como un puñetazo en las tripas.
No podía fingir que hubiera conocido bien a Codrin, ni que hubiéramos sido amigos del alma, pero lo conocía desde hacía veinte años.
No dejó de traerme té mientras yo miraba la nieve.
Días, semanas trayéndome té. El combate no duró más de dos semanas, y yo pasé casi el doble mirando la nieve, bebiendo té. ¿Se lo había agradecido alguna vez?
—Mierda —dije, apoyándome contra la pared—. ¿Cuánto hace?
—Unos dos meses. —Yo ya había avivado el fuego, pero Angus lo atizó unas cuantas veces hasta que estuvo colocado a su gusto—.
No murió aquí. —Me miró por debajo de sus cejas pobladas, y yo asentí con la cabeza.
No me habría incomodado si hubiera muerto en la cabaña, pero estaba bien saberlo, en cualquier caso—.
Su hija vino a buscarlo y se lo llevó a casa.
Tragué saliva varias veces.
—¿De qué murió?
No era importante, en el fondo, pero al mismo tiempo era importantísimo, si sabéis a lo que me refiero.
Angus negó con la cabeza.
—Nadie lo sabe, o lo más probable es que nadie me lo quiera decir. Si de verdad no lo supieran, me habrían contado diez historias diferentes.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Cómo que no te lo quieren decir? ¿Por qué?
—He ahí la cuestión, ¿no?
Angus se sentó sobre los talones y empezó a desempaquetar lo que había traído: pan, queso y una botella de vino que no era galaciano, afortunadamente. (Yo que vosotros no bebería nuestro vino. Si lo exportamos es porque nosotros tampoco nos lo queremos beber).
—No puede haber sido nada escabroso, tratándose de Codrin.
—Mm.
Angus encontró un tenedor de asar y empaló una indefensa rebanada de pan.
Reconocí aquel gruñido; era su gruñido de pensar. Cogí el balde y fui al arroyo a por agua para lavarnos.
El sendero que llevaba de la casa al río estaba bien allanado por el uso bajo la hojarasca húmeda.
Como cayera algo de nieve durante nuestra estancia, tendría que retirarla si no conseguía adecentar la fresquera.
Quizás al día siguiente quitara el resto de la porquería, y también comprobaría que no hubiera fragmentos de hongos en los pilones.
No sería la primera vez que paleaba nieve en este lugar.
Mi guardia junto a la ventana terminó el día en que nos cayeron casi dos palmos de nieve de la noche a la mañana.
Cuando Codrin empezó a retirarla, Angus me dijo por lo bajo que no osara dejar que un hombre cuarenta años mayor que yo quitara la nieve del patio del establo mientras yo no movía el culo de la silla.
Cogí una pala y despejé el patio a medias con Angus, y al día siguiente atendí a los caballos, y después de eso empecé a cortar leña.
Y pasó una semana, y se me terminó el permiso, y volví a mi rutina y todo fue bien.
Bueno, quizás no bien, pero tan bien como cabía esperar.
Empezaba a caer la noche para cuando terminé de acarrear el agua. Volví al salón de la cabaña y me apoltroné en una silla. Angus empujó hacia mí un trozo de pan tostado con queso.
—Si fue una muerte escabrosa, o la historia no es tan truculenta o es que no quieren hablar con forasteros —dijo.
Me tragué el bocado de queso y lo bajé con el vino, que era mediocre según casi cualquier criterio, y por lo tanto le daba mil vueltas a cualquiera de nuestros vinos patrios.
—Pero ¿tú eres un forastero?
—Para el baremo local, sí. —Angus se reclinó en la silla, claramente pensativo—. Si tuviera unas horas más, podría dar con el bocazas del pueblo o invitar a una ronda a algunos veteranos y enterarme de algo. Aunque seguramente no sea nada.
—¿Tuberculosis? —Se me fueron los ojos a la puerta del cuarto de Codrin—. Quizás no quieran mencionarlo por si decidimos que es contagioso.
—Podría ser. Aunque juraría que una de las personas con las que he hablado era de esas que no tienen ningún problema en contarte que el hermano de la segunda mujer del primo de su tío estornudó un día como hoy y al poco tiempo se le cayó una pierna.
Alejé de mí el resto del pan.
—Tendré que ir al pueblo mañana a darle el pésame a su hija.
«Nobleza obliga» y todo eso, aunque de noble yo tuviera relativamente poco.
Angus asintió con la cabeza.
—Iré contigo. Tengo que encontrar a alguien que venga a trabajar aquí. Si no, vamos a tener que comernos lo que tú cocines.
—No lo quiera Dios.
Se me da bien preparar exactamente dos platos: puñado de cosas secas sacadas de las alforjas y cosa calcinada pinchada en un palo. Ofrecerle cualquiera de ellos a la señorita Potter habría violado tanto los principios de la hospitalidad como los del civismo más fundamental.
—Una mujer mayor, a ser posible —dijo Angus—. Por decoro.
Mi expresión debió ser de perplejidad, pues prosiguió:
—La señorita Potter es inglesa.
Mi expresión debió de mostrar más perplejidad aún, pues añadió:
—No es de recibo que una mujer soltera se hospede sin carabina en una casa llena de hombres.
—Yo no soy un hombre exactamente —protesté.
—En lo que a decoro inglés respecta, un soldado de jura no es un respetable custodio de la virtud.
—Bueno, ahí me has pillado —dije, con aire filosófico—. Respetable no soy.
(Los ingleses no tienen soldados de jura, que yo sepa. Casi ningún país los tiene, aparte de Galacia).
—Pues nada, busquemos una respetable mujer mayor —concedí—. Pero, entonces, ¿no necesitaría ella otra carabina, estando nosotros aquí?
Angus me indicó con la mirada que dejara de decir estupideces.
—Antes de que te vayas…
Se agachó y sacó una pequeña botella de color ámbar de su morral.
Antes incluso de que la abriera ya reconocí el olor del livrit, nuestro amado aguarrás nacional, elaborado a base de liquen, moras de los pantanos y rencor.
No hay soldado galaciano sin su botella de livrit, que nos sirve como recordatorio de aquello por lo que luchamos.
(Principalmente, la oportunidad de estar en alguna otra parte donde haya mejor licor).
—Ah —dije—. Por supuesto.
Me terminé el vino y alargué la taza. Angus me sirvió un trago y luego hizo lo propio con su vaso.
—Por Codrin.
—Por Codrin.
— oOo —
Aquella noche el sueño no me trató bien.
Me dormí con facilidad —no es algo que me suela costar, y menos después de un largo viaje—, pero, al despertar, sentí que el silencio recubría la casa como una capa de nieve.
Sin moverme de la cama, agucé el oído, tratando de captar algún sonido que no fuera el de mi propia respiración.
Me habría alegrado de oír incluso el chillido de un ratón o los ronquidos de Angus.
Pero no se oía nada.
—He pasado demasiado tiempo en París —refunfuñé en voz alta, proyectando la voz contra el muro de silencio, pero las palabras repiquetearon y cayeron como guijarros.
El contraste agravó la sensación. En el fondo, sabía que lo que había dicho no era verdad.
En todo caso, había pasado demasiado poco tiempo en París.
Tras los recientes horrores que había experimentado en la campiña ruraviana, nada deseaba más que renunciar por completo a la vida rural.
Tenía ahorros suficientes como para buscarme un pisito digno en la ciudad y dedicar mi vida a un sosegado libertinaje.
Dondequiera que me instalara en París, nunca reinaría aquel silencio. Tiré de la manta y me cubrí hasta la barbilla, sintiéndome una criatura diminuta, como un ratón que escucha atento las pisadas de un ser gigantesco caminando en lo alto.