Chapter 2 #3
«Corazón de soldado». Así lo había llamado Denton, mi amigo americano.
Había sido médico de combate en la guerra civil de su país y tenía mucha experiencia en ese campo.
Mi caso es bastante leve, dentro de lo que cabe.
Sé de soldados que no pueden compartir cama con otra persona por miedo a atacarla mientras duermen.
(Yo simplemente no quiero que me roben la manta).
Por lo general, no me da muchos problemas.
De vez en cuando oigo o huelo algo, o veo algo por el rabillo del ojo, y de repente, durante unos segundos, estoy en la guerra otra vez.
Poco a poco se me pasó el tinnitus. Respiré hondo una vez, luego otra, y me enderecé con una punzada de vergüenza, pese a que no había podido verme nadie.
Era culpa de esas setas del demonio, seguro.
El corazón de soldado no diferencia entre cosas terribles.
Hongos o balas de cañón, da lo mismo: todo es la guerra.
El agua del canal era un hilillo del color del té. Cogí el balde y bajé penosamente hasta el arroyo a por agua limpia para Hob.
Dios santo, qué silencio. Por algún motivo no me había dado cuenta antes.
Aunque tampoco era tan raro. Acababa de llegar de París. Claro que el campo iba a parecer muy silencioso en comparación.
—Es lo que le da fama —dije en voz alta, solo por oírme hablar—. La tranquilidad. La gente paga un buen dinero por ella.
Aquel silencio no era tranquilo. Era espeso.
Como esa capa de pelusa que sientes en la lengua después de pasar toda la noche bebiendo, que no se ve ni se toca, pero vaya que si se saborea.
Ni siquiera se oía cantar a los pájaros.
(No es que pudiera culparlos, pues era uno de esos días grises en los que hasta la luz del sol parece deslucida).
—Esto es ridículo —dije, también en voz alta.
Hundí el balde en el arroyo y le di un puntapié a una roca solo por oír el «clic, clic, plof» que hizo al golpear las otras rocas y caer al agua.
La imagen de la cama sin hacer seguía reconcomiéndome durante el camino de vuelta al establo.
Codrin era exactamente el tipo de persona meticulosa y responsable que cualquiera querría como guarda.
Nunca hacía las cosas de cualquier manera, nunca dejaba nada a medio hacer.
Y si bien no tenía conocimiento de primera mano al respecto, habría jurado por la Santa Madre que también hacía la cama todas las mañanas.
—Si se jubiló porque ya estaba mayor, no habría dejado la cama sin hacer —le dije a Hob cuando le llevé el agua—. Por no hablar de que me habría mandado una carta para avisarme de que se jubilaba, además de recomendarme a alguien para el puesto, probablemente.
Hob me tocó el hombro con el hocico, y decidí tomármelo como consenso.
—Aunque le hubiera dado un patatús estando en el bosque, esa mañana habría hecho la cama.
Llevé leña a la casa. Dentro reinaba tanto silencio como en el bosque, si no más.
Lo cual, de nuevo, era del todo normal, y no había ningún motivo por el que sentir que mis pensamientos hacían eco en la quietud.
Angus me habría dicho que eso era porque tengo la cabeza hueca. De repente eché mucho de menos a Angus.
Por las barbas de Cristo, si no se había ido ni hacía dos horas. ¿Qué mosca me había picado? No era más que una casa vacía. Las sombras se acumulaban densas en los rincones, pero no más densas de lo que se acumulaban en cualquier otra parte, ¿no?
Avivé el fuego, derrochando la leña que acababa de transportar.
Las sombras retrocedieron, pero no lo bastante.
Las telarañas colgaban gruesas como trapos, y las sombras se escondieron tras ellas.
La luz anaranjada lamía los ojos de los trofeos de caza que colgaban de las paredes…
o de los que tenían ojos, al menos. La mayoría eran simples cráneos montados.
Los otros se remontaban a los tiempos en los que el arte de la taxidermia no estaba tan avanzado como ahora.
Quizás fueran los trofeos lo que me estaba alterando tanto.
He visto esa expresión en los rostros de bebedores de absenta especialmente disolutos, pero qué poco gusta vérsela a un ciervo.
Uno de los cráneos me miró y puso los ojos en blanco.
Para cuando me di cuenta de lo que había pasado, yo ya estaba contra la pared opuesta con el corazón desbocado y el espinazo clavado al enlucido. Miré el cráneo fijamente: las cuencas estaban vacías, negras como el luto. ¿Me lo había imaginado? Y, de ser así, ¿era buena señal o mala?
Una polilla blanca se asomó por una de las cuencas y salió trepando.
Me desplomé contra la pared y dejé escapar un sonido que podría pasar por una risa si no te fijabas mucho.
La polilla revoloteó, se detuvo un momento en una de las astas y luego se lanzó hacia una de las ventanas, donde empezó a chocar una y otra vez contra el cristal.
—Vale, bien—dije en voz alta.
La voz me supo extraña en la garganta. Atrapé la polilla entre las manos ahuecadas y volví a salir de la cabaña. El insecto batió las alas contra las palmas de mis manos con un pánico delicado hasta que la solté en el aire frío y gris.
El silencio del exterior parecía haberse espesado aún más. Me puse a silbar, solo por no perder la cabeza. Cuando me miré las manos, vi que las alas de la polilla habían trazado unas líneas de polvo plateado donde me habían rozado la piel.
Aunque podría haber vuelto a entrar, decidí sacar los cepillos de Hob y darle un repaso rápido. Él se apretó contra el cepillo, resoplando, y fijó en mí una mirada dolida cuando paré demasiado pronto.
—Tengo otros trabajos que hacer, amigo.
Hob expresó su escepticismo ante la idea de que esos otros trabajos fueran tan importantes como cepillar a un caballo que se había portado muy bien después de mil años cabalgando sin parar.
—Lo sé. Volveré. Solo tengo que asegurarme de que tenemos donde dormir y que los ratones no se han comido los colchones.
Si el silencio del bosque era inquietante, el de un caballo que se siente privado de su debido homenaje es la cúspide de la elocuencia. Me retiré a la cabaña con la sensación de haberme llevado una buena bronca y cerré la puerta para refugiarme de los dos.