Chapter 2 #2
A decir verdad, no lo tenía tan claro. La ansiedad de mis tripas empezaba a adquirir el gusto metálico del miedo. «Lo cual es ridículo. Es un camino descuidado, no un escuadrón enemigo remontando la colina. Tranquilízate».
—Juraría que estaba pagando a Codrin para mantener esto en buen estado —murmuré mientras Hob empezaba a abrirse paso por el camino estrecho. Hierbajos muertos por las heladas asfixiaban las orillas—. Le mando dinero dos veces al año.
—Codrin es más viejo que yo —dijo Angus, que fue como no decir nada, pues sigo sin saber cuántos años tiene.
(Yo le echo entre cincuenta y muchos y sesenta y pocos, pero hace una década le echaba los mismos, así que a saber.
Antes tenía el pelo rojo y ahora lo tiene gris, pero esa es la única concesión que ha hecho a la edad).
—Aun así, habría podido contratar a algunos mozos del pueblo para que vinieran a despejar esto. —Me detuve un momento a hacer un cálculo mental—. Eh… Porque ahora sí que tenemos mozos de pueblo, ¿no? Los que nacieron en la época en que me alisté. Nadie los ha llamado a filas, ¿verdad?
Angus se encogió de hombros, como para indicar que la trayectoria vital de los mozos del pueblo no era asunto suyo. Hob suspiró otra vez.
—Muy bien —dije, alentándolo a avanzar—. Hagamos el recuento de daños.
— oOo —
Podría haber sido peor. Es lo mejor que puedo decir.
La cabaña era vieja y estaba construida para durar, así que el techo no se había hundido y las vigas seguían siendo sólidas.
Pero la puerta estaba atascada, y tuve que darle un empujón con el hombro para abrirla.
El olor a polvo y a nidos de ratón viejos me golpeó como algo vivo, y hacía mucho frío.
Dentro estaba oscuro. Las ventanas estrechas, ya de por sí sumidas en la penumbra por el grosor de las paredes de la cabaña, estaban cerradas con postigos.
Dudo que hubieran dejado pasar mucha luz en cualquier caso, dada la mugre.
Prendí una cerilla y la moví aquí y allá, con el desagradable recuerdo de la mansión Usher y sus oscuros corredores.
Ninguna criatura horrible se abalanzó sobre mí, así que, por esa parte, bien.
—¿Codrin? —dije, alzando la voz—. Codrin, ¿estás por aquí?
No hubo respuesta.
—Esto es pasarse un poco —murmuré.
Quizá un plato caliente esperándonos era mucho pedir, pero ¿ni un fuego siquiera?
Sentí una culpa inmediata. Codrin siempre había sido implacable en su meticulosidad. Si no había hecho preparativos para nuestra llegada, debía haber un motivo impepinable.
Había leña apilada junto a la chimenea. Angus se arrodilló en el hogar y prendió uno de esos fuegos pequeños y cautelosos que se encienden cuando uno no sabe si la chimenea está llena de nidos de pájaros.
Yo deambulaba chocándome con todo, confiando más en mi recuerdo de la disposición de la cabaña que en la débil luz de la cerilla.
Por desgracia, mi memoria resultó ser extremadamente falible, y me golpeé en las espinillas, el hombro y los nudillos antes de localizar al fin la cocina y un juego de velas.
La luz tampoco ayudó mucho. Era una cabaña de caza, como ya he dicho, lo que quería decir que había docenas de cornamentas en las paredes.
Las telarañas colgaban entre las astas como si fueran guirnaldas.
Había una cabeza de jabalí disecada sobre la chimenea, y cuanto menos tenga que decir al respecto, mejor.
Vela en ristre, mi primer objetivo fue el pequeño cuarto donde Codrin dormía. No olía a muerte, pero eso no significaba que no le hubiera pasado algo. Si estaba herido o había sufrido una caída, quizás me lo encontrara en apuros.
La puerta estaba abierta, y los postigos de la ventana también, pero una fina capa de mugre oscurecía el vidrio.
Me detuve en el umbral y contemplé la escena: la cama sin hacer con las sábanas desparramadas, un lavamanos con su palangana, paredes encaladas y un crucifijo sobre la cabecera de la cama.
Las sombras brincaron con el movimiento de la llama de la vela, y me invadió la sensación, breve e intensa, de que había alguien acurrucado bajo el lío de sábanas.
Di un paso al frente y las arranqué de la cama de un tirón con un gesto casi de rabia, que enseguida fue sustituido por el sentido del ridículo cuando la ropa de cama se deslizó hasta el suelo y dejó a la vista el colchón desnudo.
Ni rastro de Codrin.
Sentí, lo confieso, una punzada de alivio al comprobarlo. Prefería mil veces que se hubiera ido a que hubiera muerto en la casa. La muerte ya no me impresiona, pero sigo prefiriendo que no visite a mis amigos y conocidos en mi presencia.
La palangana estaba vacía, al igual que el aguamanil.
Ni gota de agua. Había una cuchilla que había empezado a oxidarse, y la vela se había consumido casi por completo.
Una polilla muerta, con las alas chamuscadas, yacía sepultada en el charco de cera.
Me puse a cuatro patas y saqué el orinal de debajo de la cama.
Estaba seco, aunque con una capa maloliente en el fondo. Volví con Angus.
—Hace tiempo que Codrin no viene por aquí —dije—. Creo que al menos un par de semanas.
Angus gruñó y se levantó.
—Iré al pueblo a por provisiones —dijo—. Y preguntaré por ahí.
Asentí con la cabeza.
—Yo me encargo de los caballos.
A Angus se le daría mejor sonsacar información a los lugareños. Ya se me empezaba a pasar el dolor de cabeza, pero no me veía capaz de mantener conversaciones prolongadas o, Dios no lo quiera, regatear.
Los establos estaban en condiciones aceptables.
No había goteras ni podredumbre, y el heno se había quedado seco y rancio, más que húmedo y mohoso.
Creía recordar que Codrin tenía un burro y una pequeña carreta para ir al pueblo, pero no los vi por ningún lado.
Imaginé que se los habría llevado consigo al marcharse.
Al otro lado de la pared del establo había leña cortada y apilada hasta el tejado.
Desensillé a Hob y al caballo gris de Angus, los conduje a sendos compartimentos y recogí el balde de agua. Un arroyo corría a unos cien metros de la cabaña, pero la fresquera estaba mucho más cerca, así que eché a andar loma arriba hacia la entrada.
Galacia tiene tantos manantiales como pulgas tiene un perro, y con frecuencia son igual de inoportunos.
Hay muchas carreteras con pequeñas curvas y saltos en sitios inesperados para evitar las surgencias, que de otro modo convertirían el camino en un lodazal.
Con todo, estos manantiales son muy prácticos para mantener las cosas frescas en verano.
Solo hay que encontrar una buena fuente, colocarle una fresquera encima y dejar que el agua fluya hasta el interior de unas profundas cisternas de piedra instaladas en el suelo, que se mantienen lo bastante frías como para tener siempre la leche fresca y la mantequilla sólida.
Nuestro manantial en cuestión brotaba a mitad de pendiente de una colina, de modo que la fresquera estaba incrustada en la ladera.
Unas piedras pesadas enmarcaban la puerta, de poca altura, lo que daba a todo el asunto el aspecto de esos viejos túmulos en los que los irlandeses enterraban a sus reyes.
Aunque el canal de agua parecía funcionar, los pies me chapotearon en el barro al acercarme.
Reprimí un gemido. El exceso de flujo del manantial debería discurrir por el canal hasta desembocar en el arroyo, pero, por supuesto, eso también estaba en mal estado.
Cuando miré dentro, vi unas rocas que habían caído del techo y montones de hojas muertas acumuladas en los rincones.
Todo el edificio apestaba a moho y humedad.
El agua del manantial aún goteaba del muro del fondo y se dividía entre los dos pilones de piedra dispuestos a ambos lados de la fresquera, pero uno de ellos estaba seco y la otra mitad, a rebosar, atascada por las hojas.
Habían brotado setas del suelo del centro; la tierra húmeda se amontonaba entre sus pies delgados del color de la carne.
Me estremecí. Pies carnosos, hilillos blancos brotando del ojo inerte de una liebre…
Reprimí aquel recuerdo. Solo eran unas setas. Qué demonios, seguramente hasta nos vendrían bien. «Así la señorita Potter tendrá algo que pintar durante su visita».
Parecía que una piedra se había desprendido del techo y había bloqueado el lado derecho.
Iba a suponer un poco más de trabajo del que tenía intención de afrontar en aquel momento, así que me contenté con agacharme y limpiar el canal de barro y hojas húmedas, que fue una tarea menos apetecible incluso de lo que parece cuando lo lees.
De esa guisa estaba, en cuclillas y con las manos llenas de barro, cuando me volvió el tinnitus en una ola ensordecedora, un zumbido que fue volviéndose más agudo hasta convertirse en el pitido habitual, y de repente supe con total certeza que el enemigo se me acercaba por detrás y que yo tenía la espalda tan expuesta que podría llevar colgado un cartel en el que pusiera «INSERTE BALA AQUÍ», ya puestos, y eso que supuestamente estaba de reconocimiento, pero por algún motivo no los había visto y un soldado búlgaro estaba a punto de dispararme y ni siquiera podía culparlo porque no deberíamos estar luchando contra los malditos búlgaros, para empezar, si eran nuestros aliados, por Dios, ni siquiera deberíamos estar aquí, y agarré el balde y me di la vuelta bruscamente para atacar…
Al aire.
Por un instante me quedé inmóvil, incapaz de oír siquiera mi propia respiración por encima del pitido, y entonces me dejé caer contra el marco de la puerta de la fresquera. El asa del balde se me escurrió de entre los dedos.