Lo que nos devora de noche
© inepub.com
Chapter 2
D ecía un poeta que los bosques de Galacia son tan profundos y oscuros como la pena de Dios, y si bien los poetas suelen inspirarme bastante escepticismo, algo me dice que quizás este no fuera tan desencaminado.
Desde luego, la porción de mi tierra natal por la que me encontraba cabalgando era tan profunda y oscura como salida de un cuento de hadas.
El otoño empezaba a agotarse, lo que quería decir que muchos de los árboles habían perdido sus hojas.
Podríais pensar que eso a su vez quería decir que los bosques estaban más despejados, pero entonces lo más seguro es que nunca hayáis pisado Galacia.
Unas hileras serradas de pinos flanqueaban el camino, por entre las que se abrían paso las ramas desnudas de los robles como dedos artríticos.
El cielo era del color de un perdigón de plomo y parecía apenas suspendido por encima de los propios árboles.
Eso, combinado con los surcos de las carretas, que formaban una franja elevada por el centro del camino, me daba la desagradable sensación de estar adentrándome en una garganta gigante.
Todo estaba húmedo. El agua goteaba de los árboles, y las hojas caídas habían formado una papilla marrón y viscosa que cubría el suelo como una salsa de carne grasienta.
Solo los árboles perennes conservaban su elegancia.
Si de verdad me encontraba en un cuento de hadas, era de esos en los que se comen a todo el mundo y la moraleja es que no hay que desviarse del camino, y no de esos otros, más sentimentales, que terminan con una boda y las palabras: «Y, si no se han muerto, allí viven todavía».
El camino ascendió en pendiente y los árboles de la derecha se volvieron más escasos, dando paso a un elevado barranco de piedra.
Esto es normal. Galacia es, por encima de todo, compacta.
Nuestros barrancos son muy escarpados y normalmente quedan justo al lado de los caminos; los árboles se apelotonan por todas partes, y si bien es cierto que contamos con una cantidad nada desdeñable de cascadas que rompen pintorescas sobre pedruscos cubiertos de musgo, es probable que, si intentas apartarte un poco para admirar la estampa, te despeñes por otro barranco y te rompas la crisma.
Y encima hay osos.
—¿Sabes qué? —dije a Angus—. Ahora mismo podríamos seguir en París.
Angus refunfuñó. Fue mi ordenanza en la guerra y ahora combinaba las funciones de ayuda de cámara, palafrenero y voz de la razón. Lo heredé de mi padre, junto con el mentón, el color del pelo y un hígado a prueba de bomba.
—Yo no te he obligado a venir —contestó.
—Me chantajeaste.
—Nada más lejos.
—Culpabilidad. Recuerdo un claro elemento de culpabilidad implicado.
Angus refunfuñó otra vez. Su bigote, que a veces es capaz de expresarse de forma independiente, indicaba en aquellos momentos un evidente desdén hacia mis quejas.
—Al menos yo recuerdo nuestra deuda con la señorita Potter.
—Créeme, no la he olvidado.
La señorita Potter, formidable micóloga británica, había salvado el mundo, como quien dice, de la monstruosidad que en su día acechó en el lago de los Usher.
Un médico americano y yo habíamos hecho gran parte del trabajo pesado, pero, de no ser por Eugenia, seguramente seguiríamos en aquel caserón preguntándonos por qué habían empezado a salirnos unos extraños filamentos blancos por las orejas.
(Había pasado el tiempo suficiente como para bromear sobre el asunto, pero solo el justo).
—No podía permitir que se alojara en tu cabaña de caza sin intérprete —añadió Angus—. La señorita Potter no habla galaciano.
Nadie habla galaciano si puede evitarlo.
Nuestra lengua es tan confusa y deprimente como todo lo demás en este país.
La lógica de Angus era intachable. Y no había ningún motivo por el que no pudiéramos aprovechar la cabaña de caza.
La había heredado hacía años, y nadie más le estaba dando uso, desde luego. Aun así…
—Dime la verdad, Angus. ¿Es una escapada romántica lo que intuyo?
El bigote de Angus me fulminó con la mirada.
—No siento sino el más profundo respeto por la señorita Potter —dijo con rigidez el resto de su persona.
—Tú y todo el mundo. Pero una cosa no quita la otra.
Mi más viejo y querido amigo dijo algo entre dientes que no entendí y dejó que su caballo se quedara atrás para que no pudiera chincharlo más.
A decir verdad, costaba imaginar un entorno menos romántico que Galacia en otoño.
Aparté a Hob despacio del margen de la carretera, donde una maraña de enredaderas envolvía un árbol desnudo como entrañas desparramadas.
El camino engulló otra colina y emprendimos el descenso.
Clavé la vista entre las orejas de mi caballo, sintiéndome una víctima de toda aquella situación.
Cuando dejamos París, la ciudad brillaba en todo su esplendor.
Mucho se habla de su primavera, pero, en mi opinión, un otoño cálido es igual de espectacular, además de que das una patada a una piedra y no salen ni la mitad de poetas.
Los geranios de los maceteros fulguran como ascuas, y, aunque llueva, eso solo hace que el sol reluzca aún más bello en los cristales.
No hacía ni una semana, había podido asomarme por la ventana de mi piso, envolverme en el aroma a pan recién hecho que flotaba desde la panadería de abajo y escuchar la discusión de dos cocheros a cuenta de un pasajero.
Se habían lanzado los más extraordinarios insultos, pero, como se gritaban en francés, sonaba a una declaración de amor en el apogeo de una gran pasión.
París era, con toda verdad, la ciudad de mi corazón.
Y ahora, aquí estaba, de vuelta en Galacia. El país que me vio nacer, para bien o para mal. Cabalgando por una carretera que me hacía sentir como si se me estuvieran tragando de un bocado.
Emprendimos otro ascenso. Hob, mi caballo, suspiró como solo un caballo desafecto sabe suspirar. Le di una palmadita en el cuello. Hob era un viejo soldado, pero técnicamente yo también lo era, y tampoco lo estaba llevando muy bien.
—Tranquilo, muchacho. Cuando lleguemos tendrás afrecho calentito esperándote.
Al menos, eso esperaba. Había escrito a Codrin, el hombre que se encargaba del mantenimiento de la cabaña, para avisarlo de nuestra llegada, pero no había recibido respuesta.
Mi esperanza era que solo se debiera a que a Codrin nunca se le habían dado bien las letras, pero entre la lúgubre carretera, los lúgubres árboles y el lúgubre cielo —por no mencionar la sangrante ausencia de París—, empezaba a sentir una inequívoca preocupación.
—No te enfurruñes —dijo Angus.
—No me enfurruño. —No quería admitir una ansiedad sin razón de ser, así que añadí—: Es el tinnitus.
Lo cual era verdad, en cierto modo. Los cambios de altitud siempre me lo disparan, y el trayecto en tren de París hasta la capital había sido un cambio de altitud tras otro. Aquel chirrido agudo procedente de algún punto de mi cabeza me había dado el viaje.
Pese a todo, podría ser mucho peor. Según el médico que me dijo el nombre de aquel pitido, hacía unos siglos se creía que lo causaba el viento al colarse por las orejas.
El tratamiento consistía en hacerte un agujero en el cráneo con un taladro para sacar el viento que estaba atrapado dentro.
Ahora se limitaban a decir: «No te puedo ayudar, ya lo siento», y te recetaban láudano para ayudarte a dormir.
Un poco de láudano me habría venido de perlas en ese momento. Quizás así me desaparecería el nudo que sentía cada vez más apretado en la base del estómago.
«No pasa nada —me dije—. Será el cansancio o el enfado. Seguro que la carta de Codrin llegó cuando ya nos habíamos marchado y estará esperándonos en París en alguna parte. Ya sabes cómo es el correo por aquí una vez que sales de la capital».
Todo esto era cierto, pero no por ello me sentí mejor. Era evidente que Hob percibía mi ansiedad, pero era demasiado educado o estaba demasiado cansado del viaje como para darle importancia.
Hacía unas cinco horas que habíamos dejado la capital atrás: yo, con una jaqueca matadora; Angus, con su habitual calma imperturbable; y los caballos, con la profunda sospecha que siente la mayoría de su especie ante un viaje en tren.
Angus había ido a buscar a los caballos, había dispuesto que nos enviaran el equipaje aparte, y ambos partimos de inmediato.
(La ciudad más grande de Galacia no está mal, supongo, pero no sentí ninguna necesidad de entretenerme allí.
Imaginaos que un arquitecto hubiera querido recrear Budapest, pero con un presupuesto miserable y sin ninguna de esas partes llanas tan prácticas. Mientras lo atacaban los lobos).
Aquella carretera voraz comenzó no mucho después de que dejáramos la ciudad atrás.
Viajamos de olor en olor por los altibajos del camino, que ascendía hacia el aroma de los pinos y se hundía en el humo de leña y la humedad, para luego subir a los pinos otra vez.
El olor a humo de leña generalmente precedía a un pequeño pueblo construido al estilo galaciano, con sus casas de cañas recubiertas de barro, todas ellas con desgastadas tejas de madera.
Dado que nuestras arcillas locales son grises en su mayoría, es de esperar que nuestros pueblos sean, en su mayoría, grises también.
(Durante un breve periodo tras la guerra, perdimos a tantos jóvenes que nuestra población masculina también fue gris, lo cual inspiró la popular y trágica tonada «Plata, arcilla y escarcha» que todos y cada uno de los músicos del país tocaron sin parar durante una década, hasta que todo el mundo terminó hasta el gorro de ella).
Cuando al fin llegamos al camino que llevaba a la cabaña, estuve a punto de pasar de largo.
La maleza había invadido los márgenes, y los charcos eran lo bastante profundos como para perder una oveja dentro.
Hice girar la cabeza de Hob en esa dirección y él agitó las orejas con gesto escéptico.
¿Seguro que quería ir hacia allí? ¿Segurísimo?