Chapter 15 #2
Horas más tarde, no llevábamos más de medio metro cavado y mi resolución empezaba a flaquear.
¿Qué pruebas tenía de que la moroi estaba allí enterrada?
Solo las palabras de la viuda, que no tenían fundamento más allá de un rumor heredado de su abuela.
¿Estaba agotando a Angus basándome en un mero sueño febril?
—Easton… —Angus se tomó un respiro, contemplando el triste hoyo que habíamos cavado—. ¿Y si seguimos mañana?
—Yo les ayudo —dijo Bors.
Los dos dimos un respingo. Yo al menos tenía la excusa de la convalecencia, pero a Angus casi se le cae el azadón de la mano.
—¿Bors? —Parpadeé con asombro—. ¡Pensaba que seguías enfermo!
—No. —Me miró y asintió despacio, y tuve la absoluta certeza de que Bors estaba recordando aquel momento en la habitación, en un sueño que no fue exactamente un sueño—. Me recuperé muy rápido.
—Me alegro —dije—. Pero no deberías…
Bors le quitó el azadón a Angus de la mano y lo clavó en la tierra con la fuerza distraída de un joven galaciano que levanta las vacas a pulso cuando es hora de llevarlas al establo. En cinco golpes rápidos logró agrandar el hoyo casi la mitad de lo que nosotros habíamos cavado hasta entonces.
—Ya le había aflojado la tierra —farfulló Angus.
—Claro que sí —contesté.
No habían pasado ni veinte minutos cuando el azadón dio con algo que no era tierra. Tela, por el ruido que hizo. Tela muy vieja que se desintegró casi en cuanto la tocamos. Retiramos la tierra que pudimos con la pala y luego empezamos a apartar el resto con las manos.
La señorita Potter salió de la cabaña, y yo pensé que iba a reñirnos —o al menos a mí— por estar de rodillas en el suelo frío, por muchas bufandas que llevara.
Sin embargo, suspiró, desapareció y volvió a salir por la puerta con las lámparas de aceite de la casa.
Después se arremangó y se arrodilló en el suelo con nosotros.
—Eugenia… —empezó Angus.
—Como intentes decirme que no debería cavar movido por algún tipo de galantería trasnochada, te doy un paraguazo.
—… Sí, señora.
(Procedí a traducírselo en voz baja a Bors, que soltó una fuerte carcajada y después se puso como un tomate. La señorita Potter había empezado a canturrear).
—¿Es un saco? —pregunté al ir revelando más tela.
—Creo que es una capa —dijo la señorita Potter—. Mire, ahí está el borde.
Con gesto delicado, introdujo los dedos por debajo del tejido encostrado de tierra y trató de levantarlo.
Un trozo rígido se quebró y se desprendió como una postilla. Por debajo, la lámpara de aceite iluminó unos dientes y una pálida superficie de blanco y gris que se curvaba, dibujando la forma aproximada de un pómulo.
Me senté sobre los talones y dejé escapar un largo suspiro.
— oOo —
Angus y Bors envolvieron el cuerpo de la moroi —o lo que quedaba de él— y prometieron llevárselo al padre Sebastian.
Bajo amenaza de la señorita Potter, volví a entrar en la cabaña, donde me obligó a beber té caliente, que por algún motivo los británicos opinan que está más rico con leche.
Como Angus estaba perdidamente enamorado de ella, lo dejé estar.
—Bors —dije mientras Angus ensillaba los caballos—, ¿qué te trae por aquí? No es que no me alegre de que hayas venido, que conste.
Si me esperaba alguna especie de conexión mística con mi misión de exhumar los huesos de la moroi, me llevé una decepción.
—Me dejé el hacha buena —explicó—. Y algo de ropa. He venido a recogerlo. La abuela… eh…
Parecía avergonzado.
—No pasa nada.
Ambos sabíamos —o, al menos, tenía buenos motivos para creerlo— que su abuela me había ofrecido a la moroi en su lugar. Ni siquiera la indómita viuda Botezatu tenía el valor de mirarme a los ojos después de aquello.
Lo cual me recordó otra cosa.
—Espera aquí un momento. Tu abuela también se dejó algo.
Subí las escaleras deshaciéndome de bufandas por el camino y metí el brazo debajo de la cama.
Había encontrado las tijeras allí el día después de que me dieran permiso para salir de la cama. Seguían envueltas en hilo rojo, aunque uno de los lados estaba raído casi por completo. Le quité un mechón de pelo rubio que se había quedado enganchado al metal.
No sabía lo que había ocurrido aquella noche después de abalanzarme entre la moroi y la viuda, y tenía la sospecha de que no lo sabría nunca. Así son las cosas a veces. Descubrí que tampoco me importaba demasiado.
Una de las puntas estaba manchada de sangre reseca. La limpié y se las entregué a Bors por encima del brazo, con el mango por delante, como ofreciendo una espada.
—Gracias —dijo Bors. Me miró como si estuviera a punto de añadir algo más, pero cerró la boca con firmeza y se guardó las tijeras.
—Dale recuerdos al padre Sebastian de mi parte —dije, y al fin cedí ante las demandas de la señorita Potter para que dejara de buscarme la muerte y me metiera en la cama de una vez.
— oOo —
Tres días después, Angus llevó a la señorita Potter a la estación.
Dejé que fueran solos para que pudieran despedirse en la intimidad.
Eso sí: antes de partir, la señorita Potter se me acercó a paso marcial, carraspeó y, con un marcado acento inglés, dijo en galaciano: «¡Hasta la próxima, joven canalla!
Si mueres antes que yo, nos acabaremos todo el licor del país en tu recuerdo».
Hice una profunda reverencia, le deseé todo lo mejor y, acto seguido, me llevé a Angus aparte.
—Tienes que quitarle ese libro —susurré.
—Me deshice de él hace días —opuso Angus, con tanto orgullo como consternación en la voz—. Tiene una memoria terrorífica.
Sea como fuere, solo estaba yo en casa cuando el padre Sebastian se presentó a caballo en el patio. Bors iba detrás de va con expresión un tanto atemorizada.
—He dado sepultura a la pobre alma que me enviaste —anunció el cura, descabalgando—. O lo que quedaba de ella, en cualquier caso.
—Entonces, vayamos dentro y tomemos una copa de vino —dije—. No tuvimos un banquete fúnebre, pero seguro que podemos improvisar algo.
Lo mejor que encontramos fue pan, queso y salchichas recalentadas, pero el padre Sebastian, que seguramente hubiera recibido mucho menos de feligreses mucho más devotos, no se quejó.
—¿Se sabe algo de quién fue? —pregunté, y serví el vino.
Me quedé de piedra cuando Bors me pidió un vaso pequeño, a lo que respondí poniéndole un culín generoso.
El padre Sebastian negó con la cabeza.
—Consulté todos los documentos de la parroquia de los últimos cien años —añadió—.
La Iglesia se molesta una barbaridad si entierras en suelo consagrado a la gente que no toca.
Pero aun en un pueblo tan pequeño como Oreja de Lobo, e incluso con registros tan dados al chismorreo como los nuestros, hay demasiadas personas que se escapan del registro.
Asentí con la cabeza. No me sorprendía.
—Si tuviera que conjeturar… —El cura unió las yemas de los dedos de ambas manos—. Hace unos ciento cuarenta años, un señor de la baja nobleza compró esta cabaña. La parroquia tiene registrados varios nacimientos entre sus sirvientas, o antiguas sirvientas, para los que no se da el nombre del padre.
—Ah. —Dejé en el plato el trozo de pan con queso—. Conque era de esos.
El padre Sebastian levantó las manos.
—No tengo pruebas, aunque admito que en las crónicas de la parroquia no sale muy bien parado. Parece ser que por la residencia familiar no querían ni verlo, así que pasaba casi todo el año aquí.
Lo cual no era prueba de nada, claro. Los huesos de la moroi habrían podido ser más antiguos o mucho más recientes. Quizás no importara, en cualquier caso. Como he dicho antes, las historias reales rara vez son limpias y ordenadas.
—Sea como fuere, decidí que en caso de duda siempre hemos de pecar de piadosos y la enterré en el camposanto de la iglesia. Mis superiores pueden enviarme cartas llenas de bilis o no; como prefieran.
—Por que siempre tengamos la oportunidad de pecar de piadosos —dije, alzando mi vino.
Concluido el festín improvisado, el padre Sebastian decidió retirarse. Se montó en su caballo y me miró desde lo alto de la silla.
—Por cierto, un dato interesante sobre ese señor…
—¿Sí?
—Murió bastante joven. De neumonía.
El padre Sebastian me clavó una mirada elocuente, y descubrí que por una vez no tenía nada que decir.
El cura asintió, quizás satisfecho, y dio la vuelta a su caballo.
—El joven Bors aquí presente tiene algo que pedirle. Yo le he dicho que usted no tendrá problema en escucharle. Vaya con Dios en sus viajes, teniente Easton. Bors, te veo el domingo.
Intenté hacer cálculos mentales de líneas cronológicas mientras el ruido de cascos se iba alejando.
¿Fue aquel señor el primero en morir? ¿Hubo más muertes después, hasta que la desenterraron y la volvieron a enterrar en la fresquera para que no saliera a caminar?
Y después había dormido… ¿Cuánto tiempo?
¿Un siglo y pico? Hasta que el tiempo cortó la corriente de agua, salió y encontró a Codrin.
Demonios, lo mismo también era responsable de la curiosa ausencia de ratones, pese a todos los nidos que había.
Deseché aquellos pensamientos y me volví hacia Bors, que estaba mutilando su sombrero de forma muy similar a como yo había destrozado el mío el día que hablé con la hija de Codrin.
—¿Qué tienes que contarme, Bors?
Angus me había dicho que le había pagado discretamente el salario hasta fin de año. Esperaba que estuviéramos bien lejos de allí cuando la viuda se enterara.
Bors dirigió la vista hacia la fresquera antes de volver a mirarme a mí.
—¿Se marcha?
—En un día o dos, creo. Ya me encuentro lo bastante bien para viajar.
La verdad era que si me había demorado era porque no quería abreviar el tiempo de Angus con la señorita Potter.
Bors escuchó con un asentimiento. Al cabo de un momento, casi con timidez, dijo:
—Si necesita un guarda en su ausencia… he pensado que quizás podría quedarme yo. Sé leer y escribir. Podría mandarle cartas y contarle lo que hace falta en la cabaña.
Me lo quedé mirando.
—No serán cartas largas —añadió, angustiado.
Bors podía escribirme cartas cual novelista ruso frustrado, si quería. Esa no era la cuestión.
—¿Quieres quedarte aquí? ¿Después de todo lo ocurrido?
Bors recorrió con la mirada la cabaña, el terreno y el patio del establo.
—No es culpa de la casa —dijo con tono razonable—. Ya estaba aquí antes que ella. No merece venirse abajo solo porque haya pasado algo malo aquí. —Tras otro de sus largos silencios, añadió—: A nosotros también nos ha pasado algo malo y tampoco merecemos venirnos abajo.
Cuando recuperé el habla, respondí:
—Bors, algún día serás un hombre muy sabio. El puesto es tuyo hasta que tú quieras.
—Gracias, señor. —Y después, con lo más parecido a la malicia que le había visto mostrar jamás, añadió—: Aunque no creo que la abuela venga mucho de visita.
Estallé en una carcajada, aunque me dolía el pecho, y Bors rio conmigo. Nuestras risas resonaron en el bosque y no hubo nada que se cerniera para silenciar su eco. Y, si no han muerto desde entonces, allí resuenan todavía.