Lo que no veo en el bosque Génesis, la Tierra, entre el 6 y el 7 de noviembre
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Génesis, la Tierra, entre el 6 y el 7 de noviembre

La respiración del bosque se propaga, las raíces se extienden bajo tierra y los micelios crecen en todas direcciones.

Las esporas llenan el aire y cubren las superficies de ese tenue resplandor azulado.

Pese a la lucha, ya nada puede detener el Despertar y las criaturas ven la luz en toda la Tierra.

El verdor arrasa poblaciones, borra las carreteras y marcas humanas, cubre ciudades enteras y escarba en busca de debilidades, un método para entrar, aunque la radiación los mantenga justo a las puertas.

Porque la esfera estacionaria es eso, una barrera que mantiene a unos afuera y a otros atrapados en el interior, evita que llegue la anomalía y les afecte. Batallan contra la germinación de una semilla dormida que llevan invocando por siglos, el caos hecho carne en sus criaturas.

Cómoda en la oscuridad, Clara forma parte de algo mayor, una mente dormida tiempo atrás, una red neural de vida capaz de comunicarse, el palpitar de un planeta despierto que erradica la enfermedad, glóbulos blancos que fagocitan aquello dañino, lo absorben y transforman.

Aunque todavía hay reductos que oponen resistencia.

Sin embargo, en el cosmos interno que ahora habita, se oye un chasquido, una mutación que alberga posibilidades inciertas.

Eloise siente las voces que no puede oír, desconectada de una biología que le han robado; son mariposas detrás de su cabeza, en la jaula de su mente, que revolotean a punto de escapar.

No puedo ver más allá y cruzar la esfera, pero sí la siento a ella, la mujer máquina que querría ser bosque, la niña que forma parte de nosotras.

Eloise se sumerge en el sueño para entrar en nuestro territorio y flotar con su amiga lejos del dolor de la realidad impuesta, de toda esa gente que quiere ver, pero no escucha, y vuela muy por encima de los edificios y de la supuesta seguridad, de los soldados apostados justo en el límite, cara a cara con las bestias que aúllan y quieren entrar.

Los niños fantasma también avanzan en su camino, saltan por el tiempo como quien juega a la rayuela y toman la vida allí donde la encuentran; tantos desaparecidos que fueron olvidados, accidentes en carretera que pensaron era cosa del bosque.

La lluvia, ese líquido preciado que tanto anhelaban los humanos, ahora desborda los pantanos y acuíferos artificiales.

Han cerrado las depuradoras porque trabajaban más allá de su rendimiento y temen qué puede pasar al interior si no filtran el agua.

La inundación no logra franquear la frontera, como tampoco lo hacen las mutaciones, algunas de ellas calcinadas junto al nacimiento de la esfera.

Mas el umbral es delicado si se tocan las notas adecuadas.

Y en lo alto ya se perciben, llegan las Oriónidas, preparadas para regar la Tierra y esta vez romper las membranas que se resisten.

El cambio es una constante en el universo.