Lo que no veo en el bosque Ciudad de Plata, madrugada del 7 de noviembre
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Ciudad de Plata, madrugada del 7 de noviembre

Despierto en el silencio impostado de la noche en la ciudad.

En la naturaleza el mundo nunca calla, aunque, si eliminas los animales y lo sometes todo a un control milimétrico, las horas de sueño se convierten en un ruido blanco de maquinaria; el zumbido del electromagnetismo y la radiación que mantiene nuestras murallas bien altas.

Vuelvo a recostarme en busca del sueño perdido, pero no regresa, estoy atada a la vigilia y lo sé.

Un gruñido agudo procedente de mis tripas me obliga a levantarme.

Bebo dos vasos de agua de golpe y como lo primero que encuentro, creo que pan duro, aunque lo hago a oscuras y mis papilas gustativas han dejado de funcionar en algún momento en las últimas horas.

Alzo la vista y consulto el reloj, una enorme esfera analógica, otra de las manías de Marla. El segundero está atascado, rebota sobre el cinco una y otra vez, repite sin tregua las dos y veinticinco de la mañana.

Me hallo detenida en el tiempo.

Salgo al rellano y subo las escaleras hasta el último piso. Durante el trayecto, las tripas danzan en mi abdomen, se retuercen y me dejan sin aire, me obligan a detenerme para recuperar el aliento.

Casi nadie sube hasta aquí y el último tramo está cubierto de un polvo denso, con las pisadas de quien decidió aventurarse a la azotea ya cubiertas por un nuevo manto blanco.

Más allá de la puerta metálica me espera el atardecer perpetuo y el jardín que corona todos los edificios. Pese a mantener la naturaleza fuera, PanKhloé encontró la manera de replicarla aquí adentro, en los muros, tejados y zonas abiertas. Una ciudad verde de origen patentado.

Y miro arriba, a ese cielo que no me permite ver el de verdad.

Esta noche hay lluvia de estrellas —susurro para nadie o, mejor dicho, para ella, para la amiga que me acompaña en sueños y siento aquí, pese a estar despierta.

De nuevo, un retortijón me dobla en dos y me estiro en el suelo húmedo y frío de la azotea, entre las aromáticas.

Me aprieto el vientre con ambas manos para contener el dolor cada vez más intenso, como agujas al rojo en el bajo vientre y las lumbares.

Desde aquí, las plantas parecen árboles, un bosque en medio de la ciudad.

Mis lágrimas riegan la tierra cuando escucho el primer pop, un punto que salta y es seguido por siete más: pop, pop, pop…

Una vibración distinta me emana de la garganta, profunda y antigua, nace de lo que queda de mi humanidad, de ese corazón que trata de bombear lo que no le pertenece, y el cielo se estremece, se agita como yo, las contracciones de mis músculos son las suyas.

La luz rojiza prende en una línea por encima de mí, una ranura tenue que se pinta de negro y de estrellas según aumenta.

El dolor desaparece. Conduzco mis dedos al interior cálido, el líquido me resbala por las muñecas y extraigo lo que sobra, los tubos y cables que se creen carne. En el interior, en lo más hondo, siento el movimiento con la yema de los dedos, cómo vacilan atemorizadas por lo que les espera.

Pero no hay nada que temer, solo es un nuevo día.

Y es tan hermoso que ellas cantan.