Ciudad de Plata, noche del 6 de noviembre
—La muerte no es más que una transición de estados. —Su voz es la misma pese a que contiene otras, un eco lejano que reverbera sutilmente con cada una de sus palabras.
Las borrascas se concentran sobre los núcleos humanos, algunas chocan e imagino ciclones que arrancan edificios enteros. Desde aquí arriba es difícil de precisar.
¿De verdad estamos en el espacio? —pregunto.
No. Tú estás en mí y yo dentro de ella.
Me llevo la mano al vientre hinchado, que no deja de retorcerse, y ella asiente.
Todas formamos parte la una de la otra.
Como una matrioshka —insinúo.
Ella sonríe.
Es más complicado que eso. Pero sí, como una de esas muñecas rusas, y todas estamos dentro de esa bola azul —dice señalando la Tierra—. Hemos de salvarla.
La mancha verde ya cubre la mitad de la parte alta de la esfera e imagino las raíces que deben crecer bajo tierra.
Yo estoy ahí abajo, lo sabes, ¿no? En la ciudad no vemos nada, todo es como siempre —le explico.
La puerta se abrirá.