Ciudad de Plata, madrugada del 6 de noviembre
Despierto entre gritos y me veo rodeada por ellos. Los androides médicos comprueban mis constantes mientras manoteo para quitármelos de encima.
Era una pesadilla —repito una y otra vez—. Solo ha sido un sueño.
Parecen decepcionados, quizá esperaban poder hurgarme más por dentro. Uno de ellos acerca su sensor a mi muñeca y activa el alta en el sistema, también carga un viaje hasta casa. No le doy las gracias, tampoco lo espera.
Salen todos y me dejan ahí, con una muda limpia que no sé quién ha colocado a los pies de la cama y el terror todavía revoloteando en el ambiente junto al «pronto nos vemos» que Clara ha dicho antes de que despertara.
La ciudad nunca duerme, jamás está a oscuras. Las calles limpias, de edificios altos con jardines verticales, están en un constante ciclo de luz que solo se atenúa en las horas que se supone que debería ser de noche; la máxima oscuridad es un brillo rojizo de atardecer.
El vehículo común se detiene a recoger a un hombre que había solicitado transporte, se sienta frente a mí sin mediar palabra, se cierra la puerta y proseguimos el viaje. Nos paramos dos veces más antes de llegar a mi bloque, me despido por inercia, pese a saber que nadie lo espera.
Cuando abro la puerta de nuestro piso percibo el vacío. Huele a nuestra vida en común, el aroma de algo lejano. Me dirijo a toda prisa hacia el dormitorio y abro el armario. En sus baldas no queda nada.
El somier cruje cuando me dejo caer a peso muerto sobre la cama. Me cubro los ojos con ambos brazos y me esfuerzo por llorar, pero no lo consigo porque no tengo derecho a hacerlo. La abandoné, me largué y la hice pasar por un infierno, si no fuera por ella habría muerto en la carretera.
Las tripas se me retuercen y me hago un ovillo, abrazándome las piernas.
Me fui por miedo a perderla, por miedo a estar atrapada y olvidar mis sueños, a mí misma, y ahora estoy sola, sin derecho a intentar recuperarla.
Veo una nota sobre el que era su cojín preferido. El animal —un manatí, creo— se ríe claramente de mí. Alargo la mano. Papel y tinta, típico de ella. En un mundo donde ya nadie utiliza soportes analógicos, Marla se empeñaba en escribir a mano.
Puede que dejarte de este modo sea cruel, pero no puedo hacerlo de otra manera. Sé que si espero, te acompaño a casa y escucho tu historia, no me atreveré y no es justo.
Sigo amándote, te quiero más de lo que he querido nunca a nadie, aunque ya no creo que estemos hechas la una para la otra. Te fuiste en busca de algo que yo no podía darte y casi nos perdemos las dos en ese viaje.
De verdad espero que, pese al horror, hayas encontrado lo que buscabas y deseo de corazón que seas muy feliz.
Marla
Cierro los ojos y percibo el dolor punzante que llega desde el interior, que se desgrana en pequeñas porciones que fluyen, líquido que se hiela según avanza. Me dejo mecer por las sensaciones, por aquello que se retuerce. Y, ahora sí, las lágrimas brotan.