Ciudad de Plata, tarde del 5 de noviembre
Esta vez, lo primero que percibo es la voz de Marla. La luz blanca me ciega cuando trato de mirar a mi alrededor, aunque pronto me acostumbro y la reconozco, sentada a mi vera, con unas ojeras que demuestran lo mal que se lo he hecho pasar estos días.
Hola —susurra cuando me descubre despierta.
Sus dedos fríos me rodean la mano, la aprietan con suavidad. Ahora percibo el peso de las sábanas, mi posición horizontal y la multitud de tubos que me salen del cuerpo.
Se han visto obligados a drenarte y a realizar una cura de descontaminación.
Intento incorporarme, necesito verme, descubrir qué me han hecho en realidad.
Te habían destrozado —dice Marla al tiempo que se levanta para avisar de que estoy consciente y tal vez precise calmantes, no para el dolor, sino para que no me vuelva loca por el shock .
De una máquina cercana a la cama nacen dos arterias artificiales que entran y salen de mí, veo ese líquido azulado que bombea a mi interior, que seguramente he rechazado varias veces y por eso sigo enchufada; si no, todo esto no sería necesario.
¿Qué más han cambiado? —logro decir con la voz rota, metálica.
Marla se vuelve y sus ojos reflejan lástima.
Perdiste el otro pulmón y han reemplazado la caja torácica, el corazón sigue siendo el tuyo, por eso…
No acaba la frase porque un androide entra en la habitación, pero sé que se refiere al bombeo, que mi corazón orgánico no desea trabajar con sangre sintética.
El auxiliar revisa las constantes en una pantalla e inyecta un líquido transparente a un gotero enganchado a la vía común. Después de tranquilizar a Marla e ignorarme a mí, nos deja de nuevo a solas.
La doctora pasará más tarde, quizá por la mañana te den el alta —explica con una sonrisa conciliadora.
¿Y no me lo podía decir a mí?
Sé que no, que esa máquina ya no me percibe como humana y, por lo tanto, no me trata como a tal.
Estás en recuperación, no querrá importunarte.
Su sonrisa se tuerce. Recoloca un mechón rizado y brillante en el moño que recoge su melena en la nuca.
Evita mirarme. En este momento concreto sé que algo le ronda la mente y no me lo dice.
Lo que sea que ha inyectado el androide auxiliar hace efecto, las líneas se desdibujan y oigo dos voces superpuestas:
Lo siento, pero he de irme.
Nunca te dejaré, Elo.
Clara vibra, se oscurece, la veo en el cuarto, aunque sé que no está aquí.