Ciudad de Plata, mañana del 5 de noviembre
Estoy en un hospital, lo huelo. Me sé en la cabina de curas, percibo el zumbido leve, el calor eléctrico, también me siento conectada.
Las máquinas hacen que mi corazón bombee y los pulmones hagan su trabajo.
Sin embargo, el cerebro sigue atontado, puedo pensar, aunque las formas son manchurrones borrosos y no puedo hablar ni moverme; estoy atrapada en un cuerpo que se supone es mío, pero pueden apagar a voluntad.
Así se cura mejor, o eso dicen, más rápido.
No obstante, yo preferiría sufrir el postoperatorio y dar un paseo por el recinto.
Mis recuerdos son fragmentos y ensoñaciones.
Por algún motivo tengo la imagen de Clara zambulléndose en la oscuridad, de la realidad mutando a su alrededor, un baile extraño que retuerce la vida y avanza como oleaje sísmico.
Sé que no he presenciado tal cosa. El pueblo vacío, eso sí, las apariciones incomprensibles y las criaturas nacidas de cuerpos rotos, eso también.
Empiezo a dudar de si sufrí un ataque o me estampé contra el muro de roca, aunque el escozor en el pecho y el vientre me aseguran que no fueron piedras las que me causaron los daños.
El característico sonido de los androides médicos se aproxima con sus pisadas supuestamente silenciosas.
Toquetean la maquinaria, desconectan el soporte vital.
Una serie de pitidos me indica que están cambiando los parámetros de cuidado.
Deben considerar que mi cuerpo está en óptimo estado, pero, como imaginaba, no van a dejarme salir de aquí todavía, el sopor de los mórficos aleja el mundo y me devuelve a esa oscuridad líquida en la que mi mejor amiga nada, feliz de verme.