Carretera de montaña, mañana del 3 de noviembre
El ruido asusta a la bestia. Cualquiera pensaría que el cielo va a resquebrajarse, que la montaña se desmorona, de esa intensidad de ruido estamos hablando.
Grandes sombras oscurecen la carretera, descienden enormes vehículos con turbinas que cambian de posición y barren cualquier cosa que no esté anclada al suelo. El cuerpo de Eloise rueda sobre sus propios fluidos, con el interior desparramado.
Desde su escondite, la bestia ve cómo descienden soldados uniformados de gris de los monstruos de metal; parecen personas, pero no huelen a eso, no palpitan, sino que zumban.
Se sitúan para crear un perímetro seguro, armados con fusiles de estallido solar, que incineran cualquier criatura viva en la que impacten.
Dos de los soldados visten de blanco y, en lugar de armamento mortal, cargan con una camilla plegable y un maletín de primeros auxilios.
Estudian el cuerpo exánime de Eloise, le dan la vuelta, revuelven su interior y le inyectan un líquido azul directo al corazón.
La mujer abre los ojos de par en par y grita, incapaz de mover las manos para defenderse.
Los paramédicos la ignoran y dejan que se desgañite, toman muestras del mejunje naranja, meten todo en el interior de la caja torácica, lo sellan con una especie de grapa adhesiva y suben el cuerpo a la camilla.
La vuelven a un lado y vacían otra jeringuilla en la columna, esta vez verde radioactivo.
Eloise se ha rendido. Ahora llora observando la carretera que lleva hacia Pico de Lobre. Los paramédicos suben la camilla a la aeronave y los siguen los soldados. Las turbinas aceleran y cambian de posición para elevarlos, el halo defensivo se activa. Vuelven a la ciudad.
La calma regresa a la robleda, el viento ulula, las ramas gimen y las criaturas descansan por fin, hasta que caiga la noche.