Pico de Lobre, carretera de la montaña, mañana del 3 de noviembre
Fue muy rápido, pese a que el proceso para llegar hasta este momento haya requerido de miles de años.
El lodo descendió, el suelo se embebió de él, los acuíferos se contaminaron, las raíces lo absorbieron y los animales inhalaron sus vapores.
En cuestión de horas la naturaleza se había renovado, fortalecido, cambiaba sus vestiduras mansas por otras que sus células recordaron; porque las posibilidades siguen ahí, los seres humanos las soñáis, ¿no es cierto?
Os veis a vosotros mismos en escenas que desechasteis: respondes las palabras exactas en esa conversación donde dudaste, te reencuentras con esa persona que te dio por perdido…
Las bestias se dispersaron, algunas fueron al bosque, y otras, en dirección a otras poblaciones.
Clara, sin embargo, regresó a la cueva, entró a las aguas y se hundió en ellas.
Descendió hasta el centro, hasta el ojo negro que observa, y entró en su pupila, una ranura, fisura entre dimensiones, la puerta abierta a donde las posibilidades se abren como un álbum de fotos, un abanico de colores, un museo de lo que pudo haber sido, puede ser y es. La cuna de lo que llamáis magia.
Desde su ventana, Matilda lo ha visto todo: a los fantasmas alejándose y a las bestias reunidas, presenció cómo el encantamiento que los protegía abandonaba el pueblo en forma de bruma luminosa, una aurora que se fundió en una noche precipitada.
También sintió el frío y el aroma a flores, ese olor extraño que parece bueno, pero ella recuerda de niña y sabe que no lo es.
Después pasó por allí Eloise, la hija de Teresa, la nieta de don Mauricio, tan inconsciente como siempre.
«Los años no la han cambiado nada», piensa la mujer.
Ahora se sienta en su butaca, la ha colocado frente a la ventana para ver el cielo, se ha preparado un té con esa agua que ella sabe envenenada y le ha añadido miel y limón para camuflar el sabor y el aroma.
Bebe el primer trago y siente que se le retuercen las tripas.
Es consciente de que dejará de ser quien es y ahora ya le da lo mismo, nunca le gustó demasiado la gente, sí su casa, el pueblo y los pocos vecinos que conocía de toda la vida, como Tomás. Así que se quedará.
El coche arranca, deja atrás el viejo lavadero y la capilla. Desde el asiento del conductor, Eloise fantasea con su muerte, con un final que le permita revivir a las personas que ama. Pero nada es tan fácil y ha de enfrentar su propio final, o al menos el que le corresponde aquí y ahora.
Las ruedas avanzan por la carretera reverberando en los muros de roca, el único sonido que enfrenta al viento y sus ululares, a los crujidos de los árboles.
Y la bestia, la primera de nuestra historia, lo escucha y lo reconoce.
Ese motor en concreto, la cadencia que genera el peso y la estructura sobre el río negro.
Algo en su interior la pone alerta y hace que salga a toda prisa hacia allí, en busca del ruido, de un dolor que tiene clavado en la memoria.
Pese a que la noche no ha llegado todavía, la criatura cruza el bosque rauda y llega a la carretera a tiempo para interponerse entre Eloise y su huida.
La mujer no alcanza a frenar, su corazón se desboca y el pavor la consume antes de que nada acontezca.
Algunos decís que es peor la previsión del miedo que el propio suceso. Pero en este caso os equivocáis.
Eloise choca, el pequeño utilitario da tres vueltas de campana antes de estrellarse contra la carretera.
Se ha roto el brazo y no puede moverse, atrapada por el cinturón y la carrocería deformada.
Las garras de la bestia abren con facilidad el metal, arrancan lo que no le sirve y lanzan el cuerpo de la humana unos metros más allá, como un gato que juega con su presa.
Sin embargo, la mujer se ve incapacitada y eso le quita la diversión, así que la criatura va al grano, le clava uno de sus aguijones para evitar que pierda los estímulos nerviosos, ya que los necesita, y la abre en canal.