Casa del abuelo, Pico de Lobre, mañana del 3 de noviembre
De nuevo llega la mañana. No ha terminado todo y eso me hunde en la miseria.
Me duele hasta el último músculo y, aun así, no me muevo del suelo.
Examino mis opciones: subir al coche y volver a la ciudad, aunque no sé qué me encontraré al salir de la casa; visitar a Tomás para decirle que su hija ha muerto, así como sus vecinos, que soy la única superviviente y debería dejar el pueblo por su propio bien; llamar de nuevo a la guardia local y a Marla, pedir ayuda y subir a la cueva para recuperar los restos de la que fue mi amiga.
Trepo por el banco para mirar por la ventana. Me dejé la puerta del patio abierta, podría haber entrado cualquier cosa, supongo que los símbolos de Clara poco hacen contra lo que vi allí arriba.
Fuera todo parece igual que estas últimas mañanas. El tejado gotea por la lluvia de la noche y el patio es un barrizal, el cielo está claro y azul y radiante. Sin embargo, hay algo que no me cuadra.
No recuerdo gran cosa de lo que sucedió, pero tengo claro que vi morir a Clara, que algo terrible les pasó a los niños y a sus padres.
Recuerdo un silencio atroz y vísceras. Cuando intento ahondar, una punzada candente me atraviesa el ojo derecho desde atrás, como si mi cerebro me torturara para obligar a detenerme. Y lo consigue.
Estoy cubierta de barro, sangre y algo negro; todo seco hace una amalgama que me cubre la piel, el pelo y la ropa. Me da igual. Respiro hondo y salgo directa a la calle.
El paseo hasta casa de Tomás es tranquilo y no me cruzo con nadie ni nada. La puerta reventada y las pisadas en el barro delante de la casa me chivan que no soy su primera visita.
El interior está bastante ordenado, pese a las huellas que me indican que ha habido una persona con botas y tres criaturas allí adentro.
De Tomás no hay ni rastro. En medio del salón, del círculo dibujado en el suelo, veo un montón de cenizas.
Los cirios se han consumido, aunque el aroma a hierbas flota en el ambiente.
Vuelvo al exterior, donde todo está en silencio.
El viento acaricia las ramas de los árboles arrancándoles murmullos a ráfagas, pero nada más, ni un gorjeo, ningún sonido que alerte de la presencia de vida.
Y es ahora cuando comprendo qué andaba mal: no he visto ni escuchado un solo animal desde que he despertado por la mañana.
Continúo adelante, camino hacia el bosque, pero no por la carretera, sino atravesando el pueblo. Llego a la altura del colmado, también cerrado, y me dispongo a seguir hasta el arco donde la puerta de la muralla es una entrada directa a la robleda cuando alguien me llama desde arriba:
Oye, no vayas para allá. Es peligroso.
Alzo la vista y asomada a una ventana veo a la dueña de la tienda.
He de ir a ver, en el pueblo no queda nadie —respondo.
Todos se han ido. Hasta los muertos han huido de aquí y la guardia local no responde. Estamos perdidos. —Dice las últimas palabras con la vista perdida sobre los tejados.
Es posible… ¿Por qué no se va usted de aquí? ¿Tiene vehículo?
La mujer niega y se dispone a cerrar la ventana.
Este es mi hogar, todo lo que tengo. Aquí es donde quiero reposar, no escondida tras muros y sometida a ideas que no entiendo. Tú eres la que debería irse mientras pueda.
Y así me deja, sola de nuevo en medio de la calle.
Sigo adelante por pura inercia, hasta que veo la estructura de la muralla, la reja del portal, que en realidad solo es decorativa y no sirve para cerrar nada, la bandera del pueblo que ondea en lo alto de la torre del vigía.
Una masa vegetal calcinada con restos de algo que no sabría definir marca el límite entre la calle de adoquines y la tierra circundante.
Han excavado y me doy cuenta de que a los lados, junto al muro, hay restos blancos, que imagino deben ser sal.
En cambio, frente a mí solo hay tierra y esa masa que apesta a rastrojo quemado.
A la vista no está, pero para quien sabe mirar y conoce su paradero es fácil ver el juego óptico que esconde la entrada a la escalera de caracol.
Arriba el viento se recrudece, no me quiere aquí.
Miro abajo, alrededor, contemplo el pueblo y el bosque.
En la robleda tampoco detecto pájaros o sonidos de animales.
No entiendo qué ha sucedido durante la noche, pero, si no fuera por la dueña del colmado, me creería la última en la Tierra.
Busco el móvil en los bolsillos de la chaqueta y del pantalón, así es como descubro que lo he vuelto a perder, supongo que en algún momento de la tarde de ayer.
No sabría decirlo porque ni siquiera lo recuerdo con claridad.
Las últimas horas se desdibujan y se mezclan con recuerdos pasados, me veo con Clara siendo niñas, metidas en nuestras locas aventuras, y de pronto huelo a flores y a sangre y todo se emborrona.
Desciendo las escaleras y vuelvo sobre mis pasos.
La mujer del colmado vigila desde su ventana, pero esta vez no la abre, no me dice nada.
Paso junto a la casa de Tomás y me despido de él con tristeza, le digo adiós a ese hombre que tanto me quiso pese a no tener obligación alguna.
También me gustaría despedirme de Clara, mas algo en mi interior me lo impide y una idea romántica me cruza la mente: que quizá no hace falta que le diga adiós porque es parte de mí.
Niego con vehemencia, cabreada conmigo misma por no llorarla, por no dejarme vencer por la tristeza y permitir que esas ideas que nos implantan en la ciudad borren el dolor real de que ella no volverá. Ahora sí, la he perdido.
Entro de nuevo en la casa del abuelo. Recojo mis cosas rápido y mal. Me aseo con una toalla mojada frente al espejo y después la tiro en el bidet con la ropa sucia, la chaqueta vieja y todo lo que dije que lavaría.
Meto las maletas en el coche y apago el calentador, desconecto las bombonas de butano, también la de la cocina, y apago las brasas de la chimenea.
Bajo al sótano y miro todos esos recuerdos en cajas, la cuna que quizá fue de mamá, puede que también mía.
Dejo la casa sin electricidad. Cierro con llave.
Paro el coche frente a la casa y cierro también el patio. Miro hacia las ventanas por si veo al abuelo una última vez, aunque cuando me he levantado también he sentido la casa vacía. Como decía la mujer de la tienda, hasta los muertos han dejado el pueblo.
Arranco y regreso a la carretera, ese pasillo de alquitrán, entre el bosque y la roca, del que parece que no llegué a salir nunca. Y me lo imagino: el golpe bajo la lluvia, el volantazo y el choque contra el muro. Me veo a mí misma desangrándome lentamente con la cabeza aplastada en el cristal.
Acelero cuando advierto el cartel de Pico de Lobre. No siento que me marche, tampoco que regrese a ningún lado, simplemente hay vacío en mí.