Cueva de la oscura, Pico de Lobre, noche del 2 de noviembre
Resbala por el barro oscuro y cae de bruces.
Su mente confusa ha retrocedido, vuelve a ser niña, no se recuerda adulta y huye de un terror que su cerebro bloquea.
Gimotea y se limpia los morros llenos de agua fangosa y mocos con la manga de la chaqueta, que le va muy grande y está tan sucia que no le sirve de mucho. Llama a su madre y a su abuelo.
Eloise intenta levantarse, mas se marea porque todo está sobredimensionado y ella flota en la noche, ingrávida; no comprende dónde se encuentra y qué sucede, el mundo está cambiado.
Sigue a gatas, con la lluvia golpeándole la espalda, el riachuelo que se divide en tres, el líquido negro se derrama en lenguas hacia el pueblo y la mujer-niña que cae, una y otra vez, se rasguña la barbilla y se ensucia con el lodo vivo que la rechaza porque no es del todo humana, ni orgánica, tiene algo dentro que no le gusta a la oscura.
Se ha visto obligada a huir, ¿qué ser no lo hubiera hecho en su lugar?
Debía sobrevivir y creía a su amiga muerta porque en ese momento lo estaba.
Si hubiera esperado unos minutos la habría visto respirar, cómo su sangre era bebida para que pudiera disfrutar de algo que no se derrama.
Y su piel se cose y repliega en una telaraña celular que le da forma.
Si se hubiera quedado un poco más habría visto el corazón de su amiga palpitar de nuevo; los pulmones, tomar aire al tiempo que volvían a formarse; las costillas cerrándose lentamente, compactas esta vez, y a la bestia que había medio devorado a Clara disfrutar de los últimos trozos de carne entre sus garras, mordisqueando con sus pequeños dientes, como una ardilla.
La guardabosques también tiene la mente nublada, le cuesta recordar quién es, pero sí siente que necesita algo y cree que es un libro.
Por suerte para Eloise, Clara tarda en recuperar el control de un cuerpo que no está entero todavía.
Ahora el agua negra le corre por las venas como antes lo hizo la hemoglobina y su voluntad es otra, sigue con el ferviente deseo de cuidar del bosque y mantener a salvo a los habitantes del pueblo, solo que ahora su forma de entenderlo es distinta.
La piel más pálida y azulada, con líneas oscuras que la atraviesan como ríos en un mapa, los ojos que brillan febriles, algunos órganos en su interior han mutado en orden a sus nuevas necesidades, también sus huesos.
Ahora Clara es otra, pese a ser la misma, y eso le permite tener una comprensión del mundo muy diferente.
Del mismo modo que una hormiga no entiende la ciudad humana y su funcionamiento porque existe en otro mundo pese a ser el mismo universo, ahora la guardabosques ve más allá de la conciencia que tuvo y cree necesario que la realidad también cambie.
La mujer-niña llega a la casa, traspasa la puerta alta que sella el muro y la deja abierta porque es pequeña y tiene miedo y no piensa en las consecuencias.
Entra a toda prisa, pero allí no está su madre, ya que su madre murió hace años, tampoco encuentra a su abuelo y se encoge una vez más junto al fuego.
Llora y se abraza las rodillas, se balancea adelante y atrás hasta que una mujer en camisón baja las escaleras y la abraza, le susurra que todo irá bien y ella la cree porque huele como su madre y es amable.
Eloise se duerme en brazos del fantasma de su abuela. Con el sello roto, el guardián de la casa ha ido en busca del libro y, como no es el único, Tomás ve interrumpidos sus cánticos por la aparición furiosa de su antiguo amigo y la de su hija y sus nuevos compañeros.
El anciano solo es eso, un hombre que lleva demasiados años a cuestas, tanto vivido, amado y sufrido, que vive cansado. Mientras que ante él tiene la energía consciente del hombre que encontró el libro y a los renacidos, con su hija a la cabeza.
Dame el grimorio, papá —dice Clara porque se lo debe, quiere ofrecerle la opción de elegir, de morir como humano o seguir a su lado.
Sin embargo, Tomás se niega, como también dice que no a Mauricio.
Al menos tiene un as en la manga, conocimientos que aprendió y no tuvo tiempo de enseñar.
Da un paso atrás, entra en el círculo y se sabe muerto.
No le importa, ha vivido mucho, solo siente no poder cambiar lo que le ha sucedido a Clara, lo que puede que le suceda a Eloise.
El anciano cierra los ojos y grita de la impresión cuando su cuerpo se desintegra como combustible para crear el vórtice que se lleva el libro.
Tomás expira y descansa al fin. Clara grita de rabia y de tristeza.
Mauricio se esfuma, como también lo hace la abuela de Eloise y todos los fantasmas que no han trascendido su estado de aparición.
Sin el libro y sus secretos las cosas se complican. Aunque en los buenos cuentos, para llegar al lugar deseado, suele tomarse el camino sombrío y pedregoso.